Cuesta sobrevivir a la muerte. Es lo único que sé. La única certeza que tengo, dos años después de que te fueras, papá. Lo demás todo son dudas. ¿A donde te fuiste? ¿Donde ubico tu presencia de tantos años ahora que no estás? ¿Qué supone esta dualidad vida/muerte que nos hace tan fugaces? ¿Donde sitúo en mi mundo racional la irracionalidad que supone que alguien, en tan poco tiempo, dejara de ser?
Ciertamente nuestra mente no está preparada para asumir la desaparición de alguien. Menos de quien nos acompañó desde el momento en que nacimos. Es algo así como negarse a la negación. Sé que mi dolor es simple y llanamente un acto de posesión. Pero no querer tenerte al lado sería tan absurdo como decir que no te sigo pensando y queriendo.
A veces creo que tengo más dudas hoy que los meses posteriores a que te fueras, cuando intenté asimilar que la vida es así de caprichosa y a veces nos quita a las personas. Cuando defendía la idea de que, a pesar de haberte ido pronto, habías sido feliz. De que habías vivido la vida intensa que siempre quisiste. De que tu gobernaste tus días y no al revés. De que tuviste éxito en lo que quisiste. Y sentías esa felicidad.
Una parte de mi sigue creyéndolo. Sólo que ahora, aún cuando sé que no debería, actúo de forma egoísta. Quizás porque quisiera poderte contar cosas. Porque quisiera que estuvieras al otro lado del teléfono cuando llamo a casa.
Porque quisiera poderte explicar todo lo que vivo en esta nueva vida. En esta otra experiencia. Y sé que me preguntarías por todas aquellas cosas que sólo podrías ver a través de mis ojos. Y me escucharías atentamente. Y esperarías a que te lo contara en persona en la próxima visita a casa.
Soy egoísta también porque quisiera que me vieras feliz. En esta felicidad adquirida después de mucho tiempo. “No puede ser fácil el camino”, me dijiste una vez. Ciertamente no lo fue durante muchos meses. Pero de nuevo, como siempre termina pasando, todo tiene sentido de nuevo. Regresa la alegría, la motivación, los retos, las descubiertas. Volvemos a creer. Volvemos a ilusionarnos.
Y este es el consuelo. Saber que aunque no estés, aunque no sepa dónde buscarte, la vida, papá, no me va mal. Pero te extraño. Confieso que te extraño y que a veces me enfado. Y me pregunto si es normal negarme hoy más que ayer a que no estés. Serán cosas de la vida, como el nacer y el morir. Tan raras. Tan difíciles de explicar. Tan inalcanzables a la lógica.
¿Lo contradictorio? Que una vez más vuelvo a escribir cuando necesito hablarte a ti. De alguna forma las palabras que te escribo me desbloquean. Y sé que a partir de aquí podré escribir de nuevo. Como si al compartir el dolor, lograra que se fuera.
No necesito decirte más. Te quiero. Por tus valores. Por la energía con la que empezabas cada día. Por haberle dado alas a cada uno de mis sueños. Por haberme recordarme siempre que lo importante requiere esfuerzo.
Por haber luchado siempre por aquello en lo que creías. Por haber dejado a una familia unida. Por habernos enseñado a querer. Y porque, aunque a veces lo negara, me identifiqué siempre en tu rebeldía.
Estás en mi, papá. Hoy y siempre.
Tegucigalpa, 6/3/2014
jueves, 6 de marzo de 2014
viernes, 12 de julio de 2013
Las alegrías
La alegría es que sucedan cosas. Que nos rodeen personas. Mirar un día alrededor y darse cuenta que todos esos papeles que recoges significan momentos vividos. Que cada café que compartes hoy es con un nuevo alguien que ayer desconocías. La alegría es querer. A nuevas personas a las que hace unos meses nos separaban miles de kilómetros.
La alegría es descubrir que alguna magia llamada casualidad hace que en cada lugar aparezcan nuevos cómplices. Con los que empezarás un día compartiendo banalidades y a los que terminarás cediendo una parte de tu vida. Porque cada vez que queremos dejamos una parte de nosotros en ellos. Los amigos. Para que nos ayuden a hacer el camino más transitable. Para que se puedan llevar un fragmento de nuestra tristeza cuando ésta asoma. Para multiplicar las felicidades.
La alegría es reírse cada vez que suelta una de sus míticas frases en pleno estado de indignación. Compartir sus Belicidades. Verle hablar de ciudades bipolares. Sentirse identificadísima con esa necesidad de crear. Escucharle leer como un texto casi al azar te describe perfectamente. Pasar horas al lado de una piscina. Descubrir nuevas naturalezas con la bicicleta. Compartir las angustias de los que siguen viviendo lejos. Leer poemas sobre esa necesidad infame de romper la rutina. Compartir almuerzos.
La alegría es bailar bachata. Y que te hagan volar. Dejarse ir. Ver como otros bailan. Observar los nuevos amigos. Darse cuenta que todos tenemos la misma necesidad de sentirnos queridos, de pertenecer, de crear momentos-esencia. La alegría es comer gazpacho en el piso de alguien a quien en breve despedirás. Y hablar de cómo los esfuerzos iniciales por rodearte de amigos se convierte de repente en esa naturalidad-fascinación de querer pasar tiempo con ellos.
La alegría es usar una piscina prestada para abrir latas de cerveza. Y sentir que aunque pasen las horas, no pasa el tiempo. Observar como los minutos pueden llegar a pararse. Para regalarnos eternidades que compensan los momentos no-vividos, no-sentidos.
La alegría es reconocer espacios que un día te eran extraños. Ir caminando al trabajo bajo un cielo azul. Crear la rutina de tomar café con cómplices de países distintos con quien vives instantes/vidas muy parecidas. Y sentir que en esos veinte minutos diarios te regalas cada día un pedazo más de intimidad. La alegría es comer sentado en el césped. Escapar de las paredes que te impiden ver la luz del sol. Y luego tumbarte. Olvidando por un rato que extrañas enormemente el terreno. Que te sientes muy hecha para contar historias.
La alegría es que empiece a llover una noche mientras comes en un parque. Y que no te importe. Compartir canciones con mucho sentimiento. Comer empanadas cerca de Dupont cuando recién empezaba el verano. Debatir sobre las vidas-pensamientos inocentes que escogimos dejar atrás, verle debatir la conveniencia de esa pareja. Tomar vino y luego ver una película. Y observar cómo se va unas horas más tarde ebrio de vino. Ebrio de palabras. Ebrio, quizás también, de libertad.
La alegría es ver el mar después de muchos meses. Dejar la toalla en la arena y correr al mar. Bañarse. Sumergirte en bares y escuchar las historias de amor de alguien a quien conociste en otro país y reencontraste aquí. Apreciar las maravillas de mundos/personas que se cruzan. Leerle tus textos a alguien. Dejar que lea algunos fragmentos en voz alta. Mostrarle fotos de otros pasados. Otros cómplices. Otras vidas.
La alegría es sentir renacer la creatividad. Y cuestionarte. Cuestionar todo. Y sonreír. Darte cuenta que puedes hacerte creer que tu mundo está en el más absoluto orden. O asumir que vivimos en un continuo caos. Y seguir con la sonrisa intacta. Consciente de que nada es tan definitivo. De que no existen las realidades. Sino las decisiones asumidas como verdades.
Tener claro que la confusión no tiene porqué significar desequilibrio. Que podemos dejarnos ir también en las dudas. Reencontrarnos en el análisis sin castigo. En el pensamiento sin barreras. Que te permite ir más allá de las certezas. Escribir. Fotografiar instantes. Plasmar reflexiones. Inmortalizar momentos. Crear. Mirar hacia adentro. No temer.
La alegría es sentarse en la terraza una noche de viernes y dejar que pasen los minutos. Disfrutar la soledad mientras sabes que otros bailan, otros beben, otros se dejan querer. Otros tienen la vida mucho más encauzada. Y sentir paz. Sabiéndote en el lugar adecuado. Aun cuando estás en medio de un no-futuro, de una indefinición. Una vida no trazada.
Las alegrías no son felicidades. Son más cortas, menos profundas, más etéreas. Pero si logras crear muchas y las unes, una tras otra, verás que puedes formar fragmentos de fe-li-ci-da-des. Que pueden llegar a parecerse a la felicidad. Y descubrirás que aprendiste, por momentos, a cerrar los ojos, respirar y dejar de juzgarte.
Estamos vivos.
"Las cosas no valen por el tiempo que duran, sino por las huellas que dejan"
Washington, 12 de julio de 2013
sábado, 6 de julio de 2013
Las vidas no vividas
Escogemos, es parte de la inteligencia. Y al hacerlo dejamos atrás otras vidas. Las miles de vidas que hubiéramos podido vivir. Escogemos por los demás, también, cada vez que cerramos la puerta a un país, a una amistad, a un amor. Tanto como nos las cierran a nosotros. Nos cierra puertas la muerte. La negación por excelencia.
Pero también las personas. Al influir en nuestras decisiones para que tomemos un camino y no otro. La opción vivida se lleva el premio de convertirse en presente. Las otras las honraremos con la imaginación. Se acumularán en un lugar de nuestra mente donde quedarán todas las vidas que pudimos vivir y que nunca fueron.
No hay vidas perfectas. Hay momentos perfectos. A veces llegan porque los buscamos, vimos que asomaba una circunstancia-momento-situació n exquisita y tiramos de ella. Absorbemos todo su aroma porque sabemos que estamos necesitados de instantes mágicos. Porque ya aprendimos que mañana recordaremos lo vivido.
Otras veces escogemos el silencio. Huimos del ruido de las ciudades y nos encerramos en mundos interiores. Nos recogemos. Vividos desde otra intensidad. Mucho más interior. Más reflexiva. Más impregnada de nosotros y menos de ellos, los que forman parte de nuestra vida. Son, por igual, momentos mágicos.
Sin unos los otros no tendrían sentido. Sin la duda no tendríamos que enfrentarnos a nosotros. Sin enfrentamiento no creceríamos. Sin crecer, sin temblar, sin dudar, sin llorar, sin reir no existirían las sensaciones. Y sin sensaciones no habría vida.
Dudo. Medito. Crezco. Recuerdo. Proyecto. Vuelvo a dudar. Decido. Quiero. Elijo. Sueño. Dibujo mundos. Borro certezas. Abro paso a los quizás. Comparto. Acepto. Me interrogo. Cierro etapas. Abro futuros. Y al hacerlo, sigo dudando, pero sigo viviendo.
“Rechazo las certezas, las tribus, los rebaños, los comisarios políticos, los cardenales. Me encantan las dudas”, Ramon Lobo.
Washington, 6 de julio 2013
lunes, 24 de junio de 2013
Supongamos (que se pueden cerrar las heridas)
Supongamos que hay un día que hay que romper el bloqueo. Atreverse a teclear de nuevo más allá de los muros. Abrir la hoja en blanco. Dejar volar las letras. Reencontrarse. Afrontar el miedo a ser.
Supongamos que es verano, que ha pasado mucho tiempo desde que lo hiciste por última vez. Que no sabes muy bien qué rumbo cogerán las palabras. Que desconoces lo que quieres decir. Que quizás no te preocupe mucho hacia donde quieran ir las frases.
Supongamos que existen mundos muy oscuros, que hace mucho se instalaron dentro de ti. Agujeros profundos donde ni siquiera se puede ver el horizonte.Y que durante tiempo, mucho tiempo, no distinguiste los amaneceres de las noches. Supongamos que exista la tristeza. Que la negaste. Que viviste durante años en el lado/cerebro de las emociones donde nada malo puede suceder. En una permanente primavera que creíste una forma de ser. Hasta que la forma se hizo realidad.
Y la realidad no fue la vida sino la muerte. Supongamos que existe el morir. Aunque no logras entenderlo. Aunque sigas interrogándote. Si no entiendes, no puedes asumir (creíste). Decides no sentir. Te encierras. Supongamos que es posible cerrar las puertas a la vida. Y volverse gris. Dejarse invadir solo por la racional. Viviremos de acuerdo a las normas, asumiste. Supongamos que pudiste. ¿Se puede? Deberás. Porque sólo ahí, en ese estado, no se siente. No hay dolor.
Supongamos que mataste las sensaciones. ¿Muertas? Escondidas. Tiempo, mucho tiempo. Los meses suficientes para creerte que estamos hechos para sobrevivir. Que impera el hacer, no el ser. Que hay momentos en que manda el deber. Supongamos que existen instantes en que creíste haber ahogado tu creer. Que ni siquiera te diste cuenta de la traición. Que instalaste en la balanza de la vida lo que convenía a falta de lo escogido, lo deseado.
Supongamos que ninguna traición dura eternamente. Que ningún muro es tan alto como para asfixiar lo innato. Que decidiste coger un avión. Y caminaste día a día para reencontrarte. Que instalaste la foto de papá en un sitio donde pudieras recordarte que heredaste su energía. Que pasaste momentos duros. Que extrañaste/extrañas a los tuyos. Las caricias. Los abrazos de los que quedamos. Que lloraste. Echándolo profundamente de menos al año de haberlo perdido. Supongamos que ese mismo día nació también la vida. Otra vida. El perdón por haberse ido. Te llevo dentro. Lo he sentido cada uno de los días de todos los caminos que he emprendido desde ese 6 de marzo.
Supongamos que puede aceptarse la muerte sin ni siquiera haber entendido una décima parte de lo que supone la absurda idea de no volver a verte. Supongamos que se puede aprender a vivir sin ti aún cuando nadie nos haya dado instrucciones para ello. Que se puede ir rompiendo la tristeza en el momento preciso en que afrontamos de nuevo el sueño/realidad de regresar a los ideales. Supongamos que no es utopía que la edad no tiene por qué oxidar los sueños. Que los juegos de palabras pueden convivir con la razón.
Que podemos bailar también al son del equilibrio. Encontrando nuevas formas de paz. Viviendo dejándonos ir. Pero sin dejar que otros escapen. Queriendo con razón. Amando la vida sin saltarnos los marcos que elegimos. Siendo. No ejerciendo. Tejiendo nuevas alegrías. Encontrando nuevos amigos. Supongamos que no te he podido escribir durante mucho tiempo más que brevedades. Y que hoy que puedo te doy gracias por la vida que dejaste en mí. Por permitirse ser. Por llenarme de energía. Supongamos que puedo escribir a la vida cuando sigo llorando la muerte. Pero desde otro rincón. Desde otros abismos.
Supongamos que después de mucho tiempo, de saberlo pero no sentirlo, me di cuenta que el problema no es la muerte, sino la ausencia de vida.
*Supongamos que escribirte me hace más libre.
Washington, 24 de junio de 2013. Tu día. Mi lugar
lunes, 5 de septiembre de 2011
Pequeños grandes placeres
Era la segunda vez que le veía. Pero desde el primer café supe que le volvería a ver. La complicidad tiene esas cosas, te chiva siempre al oído el camino del porvenir. Y al ser enemiga de la edad, logra a la vez ejercer de puente.
Con los cómplices no existen los años, ni las diferencias culturales, ni los silencios, ni el tiempo, que suele marcar el ritmo de las relaciones. Con los cómplices todo se acelera. Y a la vez, todo puede desvanecerse muy rápido. Porque precisamente al ser cómplices no llevan consigo las redes del compromiso. Y tal y como vinieron, pueden irse. Dejando detrás el recuerdo de días o momentos especiales. Sólo eso. Tanto eso.
Domingo fue uno de esos días. Martín me recogió a las 10. Habíamos intercambiado un café y unos mails. Deseábamos repetir encuentro pero era fin de semana. Y algo en esta época de mi vida me impide permanecer en el mismo sitio los fines de semana. Necesito volar. Siempre lo necesité. Quizás ahora, cuando gran parte del trabajo se ejecuta desde casa, la necesidad de moverse sea más fuerte todavía.
Por eso, le propuse una “excursión”. Asumí el riesgo de las corrientes que no fluyen. De las incomodidades que ello conlleva. Solo ligeramente. Porque al imaginarme la salida para nada intuía que algo fuera a resultar difícil. No lo fue. En ningún momento y a pesar de la diferencia de edad.
Recorrimos el tramo entre Lleida y Sitges enredados en palabras. Sumergidos en debates profundos y a la vez relajantes. Hay tanto qué decirse cuando no se ha dicho nunca antes nada y se cree poder comprender tanto del otro. Hablamos y hablamos.
Solo una imagen, robada al horizonte, interrumpió la conversación:
- Al menos ya has visto el mar, me dijo –consciente de la importancia que ese espacio tiene para mí.
No dije nada, solo suspiré. Pequeños grandes placeres.
Luego llegó la cerveza delante del mar. Luego más palabras. Luego una paella. De postre, tarta de chocolate. Luego más palabras. Más debate. Menos secretos. Más facilidades. Luego el paseo en una playa abarrotada donde solo la tranquilidad interior podía alejarte de las masas. Luego la serena observación del mar. En silencio, sin que ello supusiera una incomodidad.
De regreso leí. Como si fuera la más natural de las acciones aún acompañada. Abrí el dominical que había comprado por la mañana y me sumergí en un fantástico reportaje sobre la especulación de las materias primas. Fuera, el día iba muriendo a medida que avanzábamos. El sol nos regalaba a cada minuto mejores tonalidades.
Asomaban los molinos de viento que tanto impactan cuando se cruza esa zona ya cerca de casa. El aire olía a fin de verano. Los pueblos perdidos de esos pequeños valles recordaban a postales. Respiraba serenidad. Había llegado al final de un día de consecutivos pequeños grandes placeres.
No ha sido el primero de este verano. Tan curioso. Tan repleto de sorpresas. Tan sereno. Tan vivido.
PS: Con Martín no hubo besos, ni abrazos. Ni tan siquiera el más mínimo asomo sexual. Los cómplices tienen eso también. A veces son amantes. A veces son grandes amigos.
“Procura que tus placeres sean múltiples y combina los que te recompensan a corto plazo con los que lo hacen a largo plazo”, Manuel Mas-Bagà.
domingo, 28 de agosto de 2011
Sucesión de afectos
Ray había alcanzado ese momento de la vida en que todo, lo bueno y lo malo, se lee desde el prisma de la distancia. Ese instante en que lo tenue sustituye lo pasional. Una época que pertenece a la experiencia, desde cuya atalaya es más fácil vislumbrar los errores y los aciertos.
Había escuchado que a muchos esa lucidez les llega cerca de los cincuenta años. Él tenía treinta pero extrañas circunstancias lo habían curtido en el arte de vivir. Gozaba del privilegio de saber qué quería. Tenía un buen trabajo, amplios círculos de amigos, el afecto de muchos, algunos viajes en la maleta, retos para alimentar el presente.
Magma era su equivalente en femenino. Había llegado al mismo puerto tras cruzar océanos distintos. Su vida había sido intensa. Cargaba con dos muertes. Y un pasado de largos peregrinajes. Algunos recorridos por vocación. Otros por esa necesidad inherente al ser humano de seguir luchando.
Había sido la más pasional de las hijas de Gringen, ese pequeño país escondido entre las montañas de Ungen, al norte del continente africano. Vivió allí toda su infancia hasta que el persistente recuerdo de los muertos la obligó a migrar. Aterrizó en Kadime justo un año después de perder a sus padres.
A diferencia de tantos que la habían precedido, la adaptación no fue difícil para Magma. Sintió desde el principio que debía estar allí. Quizá por ello llevó tan bien las primeras noches en la intemperie. Era verano. Las calles almacenaban de día el calor necesario para cubrirla de noche. Esa calidez, aún cuando emergía del asfalto, y la sensación de certeza, constituían el mejor somnífero.
A veces, cuando despuntaba el amanecer, sentía cercanas las miradas de algunos habitantes. Sabía que era momento de despertarse. Lo hacía sonriendo, consciente de lo satírico de vivir bajo la más absoluta normalidad eventos para otros absurdos. Pasó así algunas noches hasta que un día, mientras recorría la ciudad, encontró una puerta abierta. La misma curiosidad que había guiado casi todas las acciones la empujó a entrar.
Asomó la mirada entre espacios oscuros. Caminó lenta pero segura hasta cruzar el pasillo que daba a un comedor. No había nadie. Siguió recorriendo todas las habitaciones hasta descubrir que alguien debió de haberse ido corriendo de aquel lugar. Sobre la mesa figuraba el nombre de un hotel de una ciudad que desconocía. Debajo, las iniciales de un vuelo de la misma compañía que la había traído a ese continente.
Entendió que la partida debió de haber sido hacía pocos minutos. Siguió explorando rincones hasta regresar al comedor. Algo había en esa habitación que la retenía. Se tumbó al sofá, y cerró los ojos para intentar percibir qué era. Su madre le había enseñado a visualizar sensaciones en forma de animales. En su mundo cada ser simbolizaba una sensación. Interpretarlas había sido la clave de los habitantes de Gringen durante años.
Cuando se despertó habían pasado varias horas. Fuera estaba oscureciendo, así que decidió quedarse a pasar la noche. El día siguiente utilizó algunos billetes que había en la cocina para salir a comprar. Por la tarde recorrió algunos negocios en búsqueda de trabajo. Al tercer día lo encontró en uno de los restaurantes de la ciudad. El propietario era un argentino que había visitado Gringen. Cuando le preguntó donde vivía solo obtuvo de ella una sonrisa.
Transcurrieron así varios días, así que de repente una noche Ray regresó de su viaje. Cuando abrió la puerta Magma yacía dormida en el sofá. La vio tan solo entrar en el comedor. Se quedó mirándola unos minutos, luego se sentó a su lado y prendió el televisor. A los pocos minutos el sonido de fondo la despertó.
No se asustó al verle. Se movió despacio, le miró a los ojos y le dijo:
- ¿Qué tal el viaje?
- Bien, más cansado de lo que esperaba debido al retraso desde Zelad pero bien.
- Me alegro, ¿quieres comer algo?
- No gracias, nos sirvieron varias veces en el avión
Dicho esto se volvieron a mirar el televisor. Era tarde y pasaban una de esas películas que han recorrido las pantallas del mismo canal decenas de veces. El viaje había agotado a Ray, así que transcurridos diez minutos, se acercó a Magma, la besó en la mejilla y le dio las buenas noches. Ella iría después.
Al día siguiente desayunaron juntos. Él le preparó café. Ella le acarició con una sonrisa. No volvieron a encontrarse hasta la noche cuando de nuevo comieron juntos. Luego se sentaron, como ayer pero como por primera vez, a ver una película. Los brazos de él rodearon los de ella durante largo rato. Hasta que el sueño los venció y se acostaron,
Sucedió así durante veinte días sin que él le llegara a preguntar nunca nada. Las caricias dieron lugar a los besos y los cuidados. La mirada entre ellos no había cambiado. La envolvía la misma seguridad que el primer día. La misma serenidad. Esa extraña convicción que ampara el presente.
A las tres semanas de su primer encuentro hicieron el amor. Nunca estuvo escrito. Nunca fue lo importante en esa secuencia de afectos. Nunca lo intuyeron inmediato. Llegó, como todo lo demás, como la más normal de las cosas. Como ese encuentro, como tantas de las cosas que suceden sin que lleguemos a analizarlas.
El sabor del deseo les llevó a más. La pasión se entrelazó con la ternura hasta tejer días perfectos. No conocían el futuro. No hablaban de pasados desconocidos. No pronunciaban palabras que pudieran dañar al otro. Cada mañana, al levantarse, se regalaban la misma mirada que un día les convirtió en cómplices.
Pasaron los años. No tuvieron niños. No los vieron discutir jamás. No les conocieron malas palabras. Todavía hoy, al caminar por la plaza de Kadime, se les puede ver recorriendo el parque. Observando los nidos de pájaros. Sentándose a compartir lecturas. Mirando a través de las aguas de la fuente central. Enlazando la misma mirada cómplice. Fluyendo a través de días sin tiempo, de presentes sin mañanas, de intuitivos afectos...Conscientes del privilegio de saberse distintos.
“Fue el tiempo que pasaste con tu rosa lo que la hizo tan importante". El Principito
Había escuchado que a muchos esa lucidez les llega cerca de los cincuenta años. Él tenía treinta pero extrañas circunstancias lo habían curtido en el arte de vivir. Gozaba del privilegio de saber qué quería. Tenía un buen trabajo, amplios círculos de amigos, el afecto de muchos, algunos viajes en la maleta, retos para alimentar el presente.
Magma era su equivalente en femenino. Había llegado al mismo puerto tras cruzar océanos distintos. Su vida había sido intensa. Cargaba con dos muertes. Y un pasado de largos peregrinajes. Algunos recorridos por vocación. Otros por esa necesidad inherente al ser humano de seguir luchando.
Había sido la más pasional de las hijas de Gringen, ese pequeño país escondido entre las montañas de Ungen, al norte del continente africano. Vivió allí toda su infancia hasta que el persistente recuerdo de los muertos la obligó a migrar. Aterrizó en Kadime justo un año después de perder a sus padres.
A diferencia de tantos que la habían precedido, la adaptación no fue difícil para Magma. Sintió desde el principio que debía estar allí. Quizá por ello llevó tan bien las primeras noches en la intemperie. Era verano. Las calles almacenaban de día el calor necesario para cubrirla de noche. Esa calidez, aún cuando emergía del asfalto, y la sensación de certeza, constituían el mejor somnífero.
A veces, cuando despuntaba el amanecer, sentía cercanas las miradas de algunos habitantes. Sabía que era momento de despertarse. Lo hacía sonriendo, consciente de lo satírico de vivir bajo la más absoluta normalidad eventos para otros absurdos. Pasó así algunas noches hasta que un día, mientras recorría la ciudad, encontró una puerta abierta. La misma curiosidad que había guiado casi todas las acciones la empujó a entrar.
Asomó la mirada entre espacios oscuros. Caminó lenta pero segura hasta cruzar el pasillo que daba a un comedor. No había nadie. Siguió recorriendo todas las habitaciones hasta descubrir que alguien debió de haberse ido corriendo de aquel lugar. Sobre la mesa figuraba el nombre de un hotel de una ciudad que desconocía. Debajo, las iniciales de un vuelo de la misma compañía que la había traído a ese continente.
Entendió que la partida debió de haber sido hacía pocos minutos. Siguió explorando rincones hasta regresar al comedor. Algo había en esa habitación que la retenía. Se tumbó al sofá, y cerró los ojos para intentar percibir qué era. Su madre le había enseñado a visualizar sensaciones en forma de animales. En su mundo cada ser simbolizaba una sensación. Interpretarlas había sido la clave de los habitantes de Gringen durante años.
Cuando se despertó habían pasado varias horas. Fuera estaba oscureciendo, así que decidió quedarse a pasar la noche. El día siguiente utilizó algunos billetes que había en la cocina para salir a comprar. Por la tarde recorrió algunos negocios en búsqueda de trabajo. Al tercer día lo encontró en uno de los restaurantes de la ciudad. El propietario era un argentino que había visitado Gringen. Cuando le preguntó donde vivía solo obtuvo de ella una sonrisa.
Transcurrieron así varios días, así que de repente una noche Ray regresó de su viaje. Cuando abrió la puerta Magma yacía dormida en el sofá. La vio tan solo entrar en el comedor. Se quedó mirándola unos minutos, luego se sentó a su lado y prendió el televisor. A los pocos minutos el sonido de fondo la despertó.
No se asustó al verle. Se movió despacio, le miró a los ojos y le dijo:
- ¿Qué tal el viaje?
- Bien, más cansado de lo que esperaba debido al retraso desde Zelad pero bien.
- Me alegro, ¿quieres comer algo?
- No gracias, nos sirvieron varias veces en el avión
Dicho esto se volvieron a mirar el televisor. Era tarde y pasaban una de esas películas que han recorrido las pantallas del mismo canal decenas de veces. El viaje había agotado a Ray, así que transcurridos diez minutos, se acercó a Magma, la besó en la mejilla y le dio las buenas noches. Ella iría después.
Al día siguiente desayunaron juntos. Él le preparó café. Ella le acarició con una sonrisa. No volvieron a encontrarse hasta la noche cuando de nuevo comieron juntos. Luego se sentaron, como ayer pero como por primera vez, a ver una película. Los brazos de él rodearon los de ella durante largo rato. Hasta que el sueño los venció y se acostaron,
Sucedió así durante veinte días sin que él le llegara a preguntar nunca nada. Las caricias dieron lugar a los besos y los cuidados. La mirada entre ellos no había cambiado. La envolvía la misma seguridad que el primer día. La misma serenidad. Esa extraña convicción que ampara el presente.
A las tres semanas de su primer encuentro hicieron el amor. Nunca estuvo escrito. Nunca fue lo importante en esa secuencia de afectos. Nunca lo intuyeron inmediato. Llegó, como todo lo demás, como la más normal de las cosas. Como ese encuentro, como tantas de las cosas que suceden sin que lleguemos a analizarlas.
El sabor del deseo les llevó a más. La pasión se entrelazó con la ternura hasta tejer días perfectos. No conocían el futuro. No hablaban de pasados desconocidos. No pronunciaban palabras que pudieran dañar al otro. Cada mañana, al levantarse, se regalaban la misma mirada que un día les convirtió en cómplices.
Pasaron los años. No tuvieron niños. No los vieron discutir jamás. No les conocieron malas palabras. Todavía hoy, al caminar por la plaza de Kadime, se les puede ver recorriendo el parque. Observando los nidos de pájaros. Sentándose a compartir lecturas. Mirando a través de las aguas de la fuente central. Enlazando la misma mirada cómplice. Fluyendo a través de días sin tiempo, de presentes sin mañanas, de intuitivos afectos...Conscientes del privilegio de saberse distintos.
“Fue el tiempo que pasaste con tu rosa lo que la hizo tan importante". El Principito
lunes, 8 de agosto de 2011
Voces desde la consciencia
“Lo malo de la experiencia es que es enemiga de la espontaneidad y del arrojo”. Así de contundente lo escribía. Así de convincente abría ese día su post Laura Llo (www.laurallo.com). Era una más de sus reflexiones en voz alta acerca del difícil arte de amar. Otro excelente análisis de aquello sin lo que no podemos vivir. Pero que a la vez ya no dejamos que nos enturbie la mirada.
Nos hicimos mayores. Crecimos. Nos volvimos menos espontáneos, sí. Más cautos, puede ser. Más perversos con el dolor, al que cerramos la puerta en cuanto se atreve simplemente a asomar su mirada. No hay espacio para ti. En ningún ámbito de la vida. Pero menos. Y especialmente. En el amor.
Ya vivimos nuestra bohemia. Ya nos enamoramos de poetas. Ya hicimos el amor bajo las estrellas. Ya le rogamos a lo imposible que nos regalara algunos fragmentos de vida. Algunas horas con él. Una tarde de pasión. Una noche inesperada. Unas palabras que nos seducen doble porque les amamos a ellos y amamos las letras.
Ya nos quedamos horas frente a una terraza mirando un mar tan perdido como nuestro deseo. Ya peleamos contra lo prohibido. Ya le dimos una oportunidad a la distancia. Ya volvimos a empezar. Y erramos al hacerlo por querer vivir cerca todo aquello que hasta entonces había estado lejos.
Y volvimos a equivocarnos. Por cerrar las puertas, entonces, a la realidad solo con la condición de sentir. Sentir sin hacerle caso a las señales de alerta. Sentir por el simple derecho a sentir. Por la necesidad de cosquilleo. Y engañarnos, de nuevo, solo porque nos convenía a nosotros. Él nunca nos ofreció un futuro. Porque era y es un adicto a las mentiras. Y aún sabiéndolo, lo toleramos.
Ya intentamos comprenderles. Ya logramos desengancharnos de esa nuestra necesidad de amar músicos. Ya entendimos que no es suficiente la fascinación por vuestro mundo. Que no nos sirven las partituras vacías de contenido. Que exigimos música, sí. Pero si nos regaláis sinceridad tiraremos al mar las demás composiciones. Y escogeremos, con seguridad, cantos menos sonoros pero más reales.
Ya nos enamoramos de falsos vientos. De falsas promesas. Y así llegamos hasta hoy. A este presente de increíble lucidez, desde donde podemos mirar al pasado y recordar, con una sonrisa, momentos compartidos. Pero sin ninguna... ninguna pizca de nostalgia. Conscientes de que hay amores que solo se viven a cierta edad. Cuando la inocencia nos permite todavía asociar amor con sufrimiento. Cuando la intensidad nos abruma porque llega a pequeñas dosis.
Ya crecimos. Ya maduramos. Ya logramos el deseado equilibrio. De saber que se puede querer y no poseer. Que se debe luchar y no por ello entregarse. Que no sirve perderse entre un mar de sentimientos. Que es mejor navegar juntos entre espacios de libertad. Que la entrega solo tiene sentido cuando es compartida. Y que tan solo sobre bases firmes se construyen relaciones duraderas.
“Lo malo de la experiencia es que es enemiga de la espontaneidad". Sí. Lo bueno... Lo bueno es que nos sopla aquello que de verdad necesitamos. Y sobre todo... aquello que merecemos. Y sucede que en este convenio de merecimiento también hay estrellas. Y mares. Y canciones. Y poesía. Sueños que no se van al amanecer. Porque por fin supimos escoger.
Nos hicimos mayores. Crecimos. Nos volvimos menos espontáneos, sí. Más cautos, puede ser. Más perversos con el dolor, al que cerramos la puerta en cuanto se atreve simplemente a asomar su mirada. No hay espacio para ti. En ningún ámbito de la vida. Pero menos. Y especialmente. En el amor.
Ya vivimos nuestra bohemia. Ya nos enamoramos de poetas. Ya hicimos el amor bajo las estrellas. Ya le rogamos a lo imposible que nos regalara algunos fragmentos de vida. Algunas horas con él. Una tarde de pasión. Una noche inesperada. Unas palabras que nos seducen doble porque les amamos a ellos y amamos las letras.
Ya nos quedamos horas frente a una terraza mirando un mar tan perdido como nuestro deseo. Ya peleamos contra lo prohibido. Ya le dimos una oportunidad a la distancia. Ya volvimos a empezar. Y erramos al hacerlo por querer vivir cerca todo aquello que hasta entonces había estado lejos.
Y volvimos a equivocarnos. Por cerrar las puertas, entonces, a la realidad solo con la condición de sentir. Sentir sin hacerle caso a las señales de alerta. Sentir por el simple derecho a sentir. Por la necesidad de cosquilleo. Y engañarnos, de nuevo, solo porque nos convenía a nosotros. Él nunca nos ofreció un futuro. Porque era y es un adicto a las mentiras. Y aún sabiéndolo, lo toleramos.
Ya intentamos comprenderles. Ya logramos desengancharnos de esa nuestra necesidad de amar músicos. Ya entendimos que no es suficiente la fascinación por vuestro mundo. Que no nos sirven las partituras vacías de contenido. Que exigimos música, sí. Pero si nos regaláis sinceridad tiraremos al mar las demás composiciones. Y escogeremos, con seguridad, cantos menos sonoros pero más reales.
Ya nos enamoramos de falsos vientos. De falsas promesas. Y así llegamos hasta hoy. A este presente de increíble lucidez, desde donde podemos mirar al pasado y recordar, con una sonrisa, momentos compartidos. Pero sin ninguna... ninguna pizca de nostalgia. Conscientes de que hay amores que solo se viven a cierta edad. Cuando la inocencia nos permite todavía asociar amor con sufrimiento. Cuando la intensidad nos abruma porque llega a pequeñas dosis.
Ya crecimos. Ya maduramos. Ya logramos el deseado equilibrio. De saber que se puede querer y no poseer. Que se debe luchar y no por ello entregarse. Que no sirve perderse entre un mar de sentimientos. Que es mejor navegar juntos entre espacios de libertad. Que la entrega solo tiene sentido cuando es compartida. Y que tan solo sobre bases firmes se construyen relaciones duraderas.
“Lo malo de la experiencia es que es enemiga de la espontaneidad". Sí. Lo bueno... Lo bueno es que nos sopla aquello que de verdad necesitamos. Y sobre todo... aquello que merecemos. Y sucede que en este convenio de merecimiento también hay estrellas. Y mares. Y canciones. Y poesía. Sueños que no se van al amanecer. Porque por fin supimos escoger.
viernes, 22 de julio de 2011
Sentires (I)
“Todo aquello que genera algún tipo de energía merece la pena”. Lo soltó así, sin más, como todo lo que él, poeta de entre los poetas, dice sin meditar mucho. O quizás habiéndolo meditado mucho en otras vidas. Otros momentos. Otros él. Otros Galeanos.
Le acababan de entrevistar en uno de esos programas elaborados con la seriedad suficiente como para que no parezcan programados para soñadores. “Singulares” se llama. En honor a todos aquellos que aparecen entrevistados. Y aunque toda la escenografía esté preparada al detalle, lo cierto es que no logran apaciguar los sueños.
Ese fue un día especial. Escuchar a Galeano siempre lo es. Logra, sin que sepamos entender cuáles son sus pócimas, calar en lo más hondo de uno. Logra, sin que podamos controlarlo, dejar pequeñas huellas en lo más frágil que existe, el tiempo. Y lo mejor es que logra hacerlo sin que ni siquiera la conciencia asome al oído a darte señas de que algo raro está sucediendo.
Y así, de repente, te das cuenta, que gritas al viento del verano que “todo aquello que genera algún tipo de energía merece la pena”. Puede que no esté hecho de materiales socialmente clasificados, que escoja rutas alternativas, que se manifieste en forma de sonrisas, que asimile el color de la ilusión, que aparezca en forma de persistencia, que lo soplen al viento del derecho a creer. Lo único importante es que genera energía.
Este es un verano peculiar. Como peculiar es decidirse a cumplir los sueños en un mundo que castiga el fracaso sin darse cuenta que es la antesala del ser. Porque no sé es hasta que se experimenta con aquello que no somos. Hasta que se tensa la cuerda del no-valor. Y entonces, castigados por un reflejo ajeno decidimos ser. Decidimos experimentar. Decidimos generar energía.
Es una energía rara. No la acompaña la comodidad. No es amiga de las facilidades. No se lleva bien con el vagabundeo. No es compasiva. Exige incluso cuando la señal horaria no está en modo ‘on’. Reclama tiempo y espacio. Exige dedicación. Pero si logras darle todo aquello que ordena, cuando te da permiso para descansar el reposo viene acompañado de una extraña sensación. Sensación de cumplimiento. Sabor a sueños. Intensidades nuevas.
Este es un verano peculiar. Hace menos de un mes nacieron dos proyectos: una empresa y una ONG. Son un experimento, elaborado con pizcas de todos aquellos países que me hicieron crecer, alimentado con los sueños de otros defensores de los sentires, mezclado en el laboratorio de los posibles, alcanzado en una época donde no somos tan niños como para no concebir qué es el esfuerzo ni tan mayores como para haber dejado de confiar.
Tenemos la ‘edad’ precisa para asumir la convicción de que a pesar de los obstáculos, defender los sentires es todavía una obligación. Porque aunque conlleve algunos fracasos, se lleva por delante cantidades ingentes de energía.
Y sucede que como él.. también pensamos que “todo lo que genera energía, merece la pena ser vivido”.
Feliz verano y felices sentires.
Entrevista a Galeano: http://www.tv3.cat/videos/3541530
Le acababan de entrevistar en uno de esos programas elaborados con la seriedad suficiente como para que no parezcan programados para soñadores. “Singulares” se llama. En honor a todos aquellos que aparecen entrevistados. Y aunque toda la escenografía esté preparada al detalle, lo cierto es que no logran apaciguar los sueños.
Ese fue un día especial. Escuchar a Galeano siempre lo es. Logra, sin que sepamos entender cuáles son sus pócimas, calar en lo más hondo de uno. Logra, sin que podamos controlarlo, dejar pequeñas huellas en lo más frágil que existe, el tiempo. Y lo mejor es que logra hacerlo sin que ni siquiera la conciencia asome al oído a darte señas de que algo raro está sucediendo.
Y así, de repente, te das cuenta, que gritas al viento del verano que “todo aquello que genera algún tipo de energía merece la pena”. Puede que no esté hecho de materiales socialmente clasificados, que escoja rutas alternativas, que se manifieste en forma de sonrisas, que asimile el color de la ilusión, que aparezca en forma de persistencia, que lo soplen al viento del derecho a creer. Lo único importante es que genera energía.
Este es un verano peculiar. Como peculiar es decidirse a cumplir los sueños en un mundo que castiga el fracaso sin darse cuenta que es la antesala del ser. Porque no sé es hasta que se experimenta con aquello que no somos. Hasta que se tensa la cuerda del no-valor. Y entonces, castigados por un reflejo ajeno decidimos ser. Decidimos experimentar. Decidimos generar energía.
Es una energía rara. No la acompaña la comodidad. No es amiga de las facilidades. No se lleva bien con el vagabundeo. No es compasiva. Exige incluso cuando la señal horaria no está en modo ‘on’. Reclama tiempo y espacio. Exige dedicación. Pero si logras darle todo aquello que ordena, cuando te da permiso para descansar el reposo viene acompañado de una extraña sensación. Sensación de cumplimiento. Sabor a sueños. Intensidades nuevas.
Este es un verano peculiar. Hace menos de un mes nacieron dos proyectos: una empresa y una ONG. Son un experimento, elaborado con pizcas de todos aquellos países que me hicieron crecer, alimentado con los sueños de otros defensores de los sentires, mezclado en el laboratorio de los posibles, alcanzado en una época donde no somos tan niños como para no concebir qué es el esfuerzo ni tan mayores como para haber dejado de confiar.
Tenemos la ‘edad’ precisa para asumir la convicción de que a pesar de los obstáculos, defender los sentires es todavía una obligación. Porque aunque conlleve algunos fracasos, se lleva por delante cantidades ingentes de energía.
Y sucede que como él.. también pensamos que “todo lo que genera energía, merece la pena ser vivido”.
Feliz verano y felices sentires.
Entrevista a Galeano: http://www.tv3.cat/videos/3541530
martes, 12 de julio de 2011
A Facundo
Siempre existe una razón por la cual regresamos al papel. Un motivo que rompe esa tregua que dimos a las letras. Una causa por la que sentimos que no puede pasar más tiempo sin que dejemos escapar ese laberinto de palabras que se asfixia dentro. Hoy la causa, como no podía ser de otra forma, es Facundo Cabral.
Era mediodía en España cuando leí el primer comentario en Facebook sobre su muerte. La primera reacción fue de incredulidad. No por el hecho en sí puesto que Cabral tenía ya 74 años y su muerte podía atribuirse a causas naturales. Sino por la forma. Y el lugar.
Cabral había sido asesinado en Guatemala, el único país de entre todos los que he vivido donde he podido oler la violencia. Donde demasiadas veces vi sus consecuencias. Donde en muchas ocasiones me tocó escribir sobre víctimas.
Y a la vez tierra de increíbles paisajes y de personas muchas veces excepcionales. De resistentes, de observadores, de luchadores. Hechos de tenacidad. Forjados de valor. Alimentados de valentía. Personajes salpicados de un pasado violento que lograron salir adelante. Héroes que raras veces aparecen en los medios. Porque solo la sangre tiene la exclusiva en un país donde conservar la fe en el hombre no garantiza una portada.
Cabral era una de estas personas. Uno de los más grandes defensores de la vida. Abogado de la paz y la humanidad. Vital hasta límites insaciables. Crítico con un sistema económico que consideraba absurdo. Irónico con lo trivial. Maestro de letras que trascenderán los días. Quizás por ello su muerte ha teñido de luto toda América Latina.
No lograba explicarme las razones que podían haber llevado unos sicarios a matar a un cantautor. A ese hombre que pocos días antes de recibir tres balas reivindicaba un mundo sin fronteras con la ya mítica ‘No soy de aquí ni soy de allá’.
Lejos de aquí, de esta Cataluña donde vivimos con la misma tristeza que todos los latinoamericanos la muerte de Facundo, mi amigo Arturo escribía sobre el concierto que dio en Ciudad de Guatemala. Estas son tan solo algunas de las palabras que se pueden leer en su blog http://bufandaalviento.blogspot.com/.
“Más de cuatro mil personas de edades diversas, en completo silencio, con el oído alerta para agarrar cualquier frase y matiz del “sabio”, con la emoción a flor de piel por ser para muchos “alguien importante en sus vidas”, con la mente abierta para rumiar cada palabra, con las heridas abiertas para ser lamidas por su mensaje de paz, de esperanza, de alegría, de confianza, de sencillez y de amor…
Su mensaje, más actual que nunca; su voz desafinada por momentos le daba aún más valor y autenticidad a su presencia. Los temas de siempre que nos llevan al desastre como individuos, sociedad, civilización y planeta estaban presentes.
Un grito a la sencillez en el consumo y replanteamiento de la escala de valores vitales, un canto a la amistad, a la vida más allá del mercado, a la autovaloración, a la hermandad planetaria como hijos de un mismo Dios.
Al sinsentido de las fronteras artificiales (tantas veces había recitado y cantado el poema “No me llames extranjero”)… en definitiva al cambio de nuestro “chip mental” (en el fondo a la renuncia del capitalismo como modelo de relación humana). Desde la ternura, desde la comprensión, como un profundo y poético acto profético”.
Conocí a Cabral en Lima el año 2007, en mis inicios como periodista, durante un homenaje que le hizo la Comunidad Andina (CAN). Hace cuatro años de aquello y aún a pesar del tiempo, conservo el recuerdo de esa impresión de gran hombre que solo otros como Pedro Casaldáliga o ángel Olaran me han despertado.
A todos ellos gracias por mantener viva la llama de la vitalidad. A pesar de la edad y las experiencias.
A ti, Arturo, gracias por esa genial crónica.
Era mediodía en España cuando leí el primer comentario en Facebook sobre su muerte. La primera reacción fue de incredulidad. No por el hecho en sí puesto que Cabral tenía ya 74 años y su muerte podía atribuirse a causas naturales. Sino por la forma. Y el lugar.
Cabral había sido asesinado en Guatemala, el único país de entre todos los que he vivido donde he podido oler la violencia. Donde demasiadas veces vi sus consecuencias. Donde en muchas ocasiones me tocó escribir sobre víctimas.
Y a la vez tierra de increíbles paisajes y de personas muchas veces excepcionales. De resistentes, de observadores, de luchadores. Hechos de tenacidad. Forjados de valor. Alimentados de valentía. Personajes salpicados de un pasado violento que lograron salir adelante. Héroes que raras veces aparecen en los medios. Porque solo la sangre tiene la exclusiva en un país donde conservar la fe en el hombre no garantiza una portada.
Cabral era una de estas personas. Uno de los más grandes defensores de la vida. Abogado de la paz y la humanidad. Vital hasta límites insaciables. Crítico con un sistema económico que consideraba absurdo. Irónico con lo trivial. Maestro de letras que trascenderán los días. Quizás por ello su muerte ha teñido de luto toda América Latina.
No lograba explicarme las razones que podían haber llevado unos sicarios a matar a un cantautor. A ese hombre que pocos días antes de recibir tres balas reivindicaba un mundo sin fronteras con la ya mítica ‘No soy de aquí ni soy de allá’.
Lejos de aquí, de esta Cataluña donde vivimos con la misma tristeza que todos los latinoamericanos la muerte de Facundo, mi amigo Arturo escribía sobre el concierto que dio en Ciudad de Guatemala. Estas son tan solo algunas de las palabras que se pueden leer en su blog http://bufandaalviento.blogspot.com/.
“Más de cuatro mil personas de edades diversas, en completo silencio, con el oído alerta para agarrar cualquier frase y matiz del “sabio”, con la emoción a flor de piel por ser para muchos “alguien importante en sus vidas”, con la mente abierta para rumiar cada palabra, con las heridas abiertas para ser lamidas por su mensaje de paz, de esperanza, de alegría, de confianza, de sencillez y de amor…
Su mensaje, más actual que nunca; su voz desafinada por momentos le daba aún más valor y autenticidad a su presencia. Los temas de siempre que nos llevan al desastre como individuos, sociedad, civilización y planeta estaban presentes.
Un grito a la sencillez en el consumo y replanteamiento de la escala de valores vitales, un canto a la amistad, a la vida más allá del mercado, a la autovaloración, a la hermandad planetaria como hijos de un mismo Dios.
Al sinsentido de las fronteras artificiales (tantas veces había recitado y cantado el poema “No me llames extranjero”)… en definitiva al cambio de nuestro “chip mental” (en el fondo a la renuncia del capitalismo como modelo de relación humana). Desde la ternura, desde la comprensión, como un profundo y poético acto profético”.
Conocí a Cabral en Lima el año 2007, en mis inicios como periodista, durante un homenaje que le hizo la Comunidad Andina (CAN). Hace cuatro años de aquello y aún a pesar del tiempo, conservo el recuerdo de esa impresión de gran hombre que solo otros como Pedro Casaldáliga o ángel Olaran me han despertado.
A todos ellos gracias por mantener viva la llama de la vitalidad. A pesar de la edad y las experiencias.
A ti, Arturo, gracias por esa genial crónica.
viernes, 3 de junio de 2011
Personalitat en estat pur
Vas arribar segon però no per això, amb menys força. Al contrari, la teva és una d’aquelles personalitats fetes per reivindicar-se. Caràcter en estat pur, fermesa en tots els teus actes. Convenciment de qui ets i del què vols. Potser perquè havent-hi qui és més gran que tu, necessites deixar constància dels desitjos i les accions. Res és a mitges dins teu. No hi ha espai pel dubte. Ho manifestes amb la paraula però sobretot amb el rostre.
Rostre de seguretat. Rostre de qui sap on va. I alhora rostre de qui es deixa i es fa estimar. Rostre de nen, en definitiva. Que necessita riure i córrer. Que busca que el persegueixin. Que gaudeix llançant-se entre coixins. Entre peces d’un sofà a un ritme que tots temem. La experiència ens diu que el cop és inevitable quan el salt és exagerat. Diríem que també tu ho saps. I no obstant, repetiràs. Tornaràs a pujar i tornaràs a caure. Com si no importés tant el dolor de l’acció com la insistència de repetir. Caràcter, en tots i cada un dels seus gestos.
Et lleves ja amb la força que et caracteritza. Crides a la mare d’hora. Reclames el teu lloc enmig d’un llit on deixes enganyar una mica més el son. Només una mica. Perquè als pocs minuts exigiràs menjar. I no una o dues vegades. Tantes com siguin necessàries perquè et facin cas. Sona alguna cosa semblant a ‘vu emozá’. Que reconeixem perquè t’hem sentit ja molts cops. I perquè l’amor té aquestes virtuts: et permet entendre allò que ningú més dedueix. Allò que només capten els què saben llegir-nos entre línies.
I si algun cop el teu reclam no és escoltat, tu, ferm des de primera hora, et desplaces al lloc del menjar. Puges a la teva trona. Et lligues i allà segueixes deixant clar que no retrocedeixes en les teves demandes. Altres cops utilitzes mètodes diferents com aquell d’aixecar les persianes gràcies a un interruptor automàtic i plantar-te al costat del llit. Bon diaaaaa, manifestes sutilment, com si no sabéssim que aquest és un crit que busca dur-te davant del plat.
Sovint recordo que ens vam conèixer tard. Havia instal·lat la costum contrària a l’amor dels pròxims de recórrer terres llunyanes poc després de que els menuts acabéssiu d’arribar. Una pràctica que acostumava a solucionar una pantalla d’ordinador. Amb tu menys amortitzada que amb el Martí. Potser perquè a tu només et serveixen les coses reals. No les distàncies. No allò que no es pot tocar.
Així que un cop aquí, després de visitar nous móns, vam haver de fer un pacte de reconeixement. Un pacte breu que aviat va donar pas a l’amor incondicional. I és que en l’afecte, com en la negació, ets també extrem. No escatimes petons. No limites les abraçades. Tant sols tens una política, la de compensar aquells que més et donen. Potser per això en arribar a casa hi ha un favorit.
Àviaaaaaa, crides tan sols trepitjar els primers esgraons. No un cop, ni dos. Tants com sigui necessari per reclamar la seva atenció. Tants com dóna de si el camí fins als seus braços. És la recompensa de qui t’ofereix els dos valors més importants: temps i afecte. I la resta? La resta ens ho mirem conscients de que l’escena val cada dia un record.
Com tots aquells que vam néixer prop de la terra, a ella pertanys. Busques l’aire de forma constant. Necessites immenses dosis de carrer. Ho expresses amb la mateixa passió amb què reclames menjar ‘vu cadééee’ (vull carrer). I un cop pronunciat, és difícil no satisfer les teves sol·licituds. Cada cop existeixen menys trucs per desviar-te de les teves voluntats.
Et regeix la fermesa però alhora la curiositat. Potser per això vas impregnar-te tan aviat d’aquell ‘ualaaaa’ que ens segueix fent riure. I quan són els altres els què observen no pares fins a saber què miren, amb una altra de les teves ja típiques frases. ‘A vereeeeee’. Tant ha calat la frase, Max, que no hi ha moment que no pensi en tu quan la sento a fora. Potser això, el record tan viu, és la millor forma d’adonar-se que s’estima.
De ben menut vas provocar un terratrèmol en el germà gran, desorientat davant la teva presència. Però avui no tan sols ets company seu de joc sinó que et beneficies de la voluntat de qui et vol guiar. Veure’s junts és cada dia un espectacle de vida. Un reflex de la innocència. Un fascinant testimoni de que la vida, sense més plantejaments que el viure, és més vida.
En mirar-te recordo un pensament xinès que fa pocs dies em van regalar. Diuen que els nens són més feliços perquè respiren amb la panxa. Ho fan fins als 4 o 5 anys. Llavors, de sobte, un dia prenen consciència de la respiració i tot deixa de ser espontani. Comencen a créixer i a pensar. Comencen a ser menys nens.
Per això, per sort, falten encara molts dies. I una gran celebració. La que per fi m’obliga a escriure’t. La que salda un deute de dies. I la que ens permet gaudir-te un dia més, amb l’alegria de sempre, però amb major intensitat. Feliç aniversari !!
domingo, 28 de noviembre de 2010
Al amparo de mentes lúcidas
Ángel habla despacio. Sabe que los cambios no se logran a contrarreloj. Se lo han enseñado más de dos décadas de trabajo en el norte de Etiopía, en una de las zonas más áridas del continente, donde intenta aliarse con la tierra para ganar el combate de la supervivencia de más de 2.400 niños huérfanos.
La lucha no resulta fácil porque en Wukro, donde actúa, solo llueve dos meses al año, julio y agosto, lo que compromete cualquier intento de cultivar la tierra. Y, sin embargo, los campesinos de la zona la trabajan. La trabajan tanto que la agotan. Y es que donde el hambre apremia el pensar en dejar reposar la tierra es imaginar un mañana que puede no existir.
En Wukro amenaza la sequía. Pero amenaza también la lluvia. Pues la poca lluvia que cae llega casi siempre en forma de torrentes. La falta de infraestructura impide que se pueda almacenar.
“De ser capaces de acumularla podríamos mejorar un poco la tierra y garantizar la seguridad alimentaria de los niños”, admite Olarán, que en el tiempo que lleva en el país ha logrado ya recuperar 18 especies vegetales que se habían perdido. Lo ha hecho gracias al apoyo de varias organizaciones que han permitido construir infraestructura para crear un espacio de cultivo.
Pero sobre todo gracias a un esfuerzo sin límites y a una voluntad de hierro. Es misionero jesuita aunque no trabaja para difundir ningún credo. No habla de Dios. Ni de religiones. Habla de desigualdades. Y es consciente de que lo hace en un momento en que el Primer Mundo se recupera de sus propios excesos.
Sabe que despertar la solidaridad en tiempos de crisis no es el mejor desayuno de domingo. Y sin embargo, lo hace. Porque es muy consciente del abismo de crisis que separa ambos mundos. “Aquí llegar a final de mes puede ser un reto. Allí lograr terminar el día es toda una aventura”.
Lo dice con una inmensa serenidad. La de quien sabe lidiar con el paso del tiempo. Pero sobre todo la de quien está acostumbrado a persistir. Pues ha sido la constancia la que le ha permitido cultivar plantas en modalidades que los libros de agronomía no reconocían.
Lo cuenta mientras recuerda el asombro de un ingeniero indio que visitó las plantaciones y le dijo: “Me cuesta creer lo que veo. Me doy cuenta que debo olvidar todo lo que he aprendido en los manuales y aprenderlo de nuevo”. Se ríe divertido antes de sentenciar, ante un público atento, que “la ignorancia es muy atrevida”.
Por el valor de la persistencia y la importancia de formar para lograr el cambio, la suya es una “dulce revolución”. Así lo cree Josep Pàmies, otro defensor de la tierra, quien lamenta que ante el excesivo consumismo, “se tenga que aprender del origen de la vida, donde nada se ha pervertido”.
Ángel asiente. Acaba de descubrir una planta medicinal que sabe útil para el mundo Occidental. “Se trata de una especie que no he visto en otros países. Os la ofrecemos con toda la bondad. Solo espero y confío que las ansias de poder y la agresividad del Primer Mundo no la destruyan porque son nuestro alimento”, manifiesta.
Llega el turno de preguntas y alguien le interroga:
- Quisera saber si ellos (los etíopes) no conocen técnicas para mejorar los cultivos. ¿Por qué no utilizan los animales para arar, por ejemplo?
- No los usan porque los consideran sus hermanos. Cuando se lo pregunté me dijeron ¿Y si ellos mueren, qué haremos, comérnoslos?
No agrega nada más. Vive de acuerdo al principio de no imponer criterios a nadie. Quizás por ello evita pronunciar la palabra desarrollo. Afirma, convencido, que deben ser los pueblos quienes decidan cuando y como formarse.
Al término de la conferencia ha hablado durante más de una hora. Y todo el tiempo lo ha hecho con esa serenidad que caracteriza a los luchadores incansables. Sin intentar culpar a nadie, aunque sabe perfectamente –porque responde sin titubear cuando le preguntan por ello- quienes son los responsables de la venta de armas a la región que se ha cobrado miles de vidas.
Cita a países concretos. Y ni así pierde la calma. Habla de Etiopia pero también del Congo y las muertes por el tan preciado coltán, que nos ensucia –a todos- las manos de sangre. Recuerda que algún periodista, en algún medio, llamó a ese valioso material el ataúd de los niños congoleses.
Termina con una frase: “Si tenéis ocasión venid a Wukro, aunque no sea físicamente”. Luego se calla y sonríe de nuevo, hasta que terminan los aplausos. Se sabe querido. Se levanta y se acerca a la gente. Entre el público varias caras conocidas. En el ambiente, la reflexión que siempre deja escuchar una mente lúcida.
Hoy es día de elecciones en Catalunya. Mientras algunos hablan sobre el futuro del país, Ángel actúa. Durante las dos últimas semanas ellos han hablado mucho. Él ha actuado. En los próximos años ellos seguirán hablando y él empezará a recoger los frutos de su lucha…
Hay personas que luchan un día y son buenas. Hay otras que luchan un año y son mejores. Hay quienes luchan muchos años, y son muy buenas. Pero hay las que luchan toda la vida: esas son las imprescindibles. Bertold Brecht
La lucha no resulta fácil porque en Wukro, donde actúa, solo llueve dos meses al año, julio y agosto, lo que compromete cualquier intento de cultivar la tierra. Y, sin embargo, los campesinos de la zona la trabajan. La trabajan tanto que la agotan. Y es que donde el hambre apremia el pensar en dejar reposar la tierra es imaginar un mañana que puede no existir.
En Wukro amenaza la sequía. Pero amenaza también la lluvia. Pues la poca lluvia que cae llega casi siempre en forma de torrentes. La falta de infraestructura impide que se pueda almacenar.
“De ser capaces de acumularla podríamos mejorar un poco la tierra y garantizar la seguridad alimentaria de los niños”, admite Olarán, que en el tiempo que lleva en el país ha logrado ya recuperar 18 especies vegetales que se habían perdido. Lo ha hecho gracias al apoyo de varias organizaciones que han permitido construir infraestructura para crear un espacio de cultivo.
Pero sobre todo gracias a un esfuerzo sin límites y a una voluntad de hierro. Es misionero jesuita aunque no trabaja para difundir ningún credo. No habla de Dios. Ni de religiones. Habla de desigualdades. Y es consciente de que lo hace en un momento en que el Primer Mundo se recupera de sus propios excesos.
Sabe que despertar la solidaridad en tiempos de crisis no es el mejor desayuno de domingo. Y sin embargo, lo hace. Porque es muy consciente del abismo de crisis que separa ambos mundos. “Aquí llegar a final de mes puede ser un reto. Allí lograr terminar el día es toda una aventura”.
Lo dice con una inmensa serenidad. La de quien sabe lidiar con el paso del tiempo. Pero sobre todo la de quien está acostumbrado a persistir. Pues ha sido la constancia la que le ha permitido cultivar plantas en modalidades que los libros de agronomía no reconocían.
Lo cuenta mientras recuerda el asombro de un ingeniero indio que visitó las plantaciones y le dijo: “Me cuesta creer lo que veo. Me doy cuenta que debo olvidar todo lo que he aprendido en los manuales y aprenderlo de nuevo”. Se ríe divertido antes de sentenciar, ante un público atento, que “la ignorancia es muy atrevida”.
Por el valor de la persistencia y la importancia de formar para lograr el cambio, la suya es una “dulce revolución”. Así lo cree Josep Pàmies, otro defensor de la tierra, quien lamenta que ante el excesivo consumismo, “se tenga que aprender del origen de la vida, donde nada se ha pervertido”.
Ángel asiente. Acaba de descubrir una planta medicinal que sabe útil para el mundo Occidental. “Se trata de una especie que no he visto en otros países. Os la ofrecemos con toda la bondad. Solo espero y confío que las ansias de poder y la agresividad del Primer Mundo no la destruyan porque son nuestro alimento”, manifiesta.
Llega el turno de preguntas y alguien le interroga:
- Quisera saber si ellos (los etíopes) no conocen técnicas para mejorar los cultivos. ¿Por qué no utilizan los animales para arar, por ejemplo?
- No los usan porque los consideran sus hermanos. Cuando se lo pregunté me dijeron ¿Y si ellos mueren, qué haremos, comérnoslos?
No agrega nada más. Vive de acuerdo al principio de no imponer criterios a nadie. Quizás por ello evita pronunciar la palabra desarrollo. Afirma, convencido, que deben ser los pueblos quienes decidan cuando y como formarse.
Al término de la conferencia ha hablado durante más de una hora. Y todo el tiempo lo ha hecho con esa serenidad que caracteriza a los luchadores incansables. Sin intentar culpar a nadie, aunque sabe perfectamente –porque responde sin titubear cuando le preguntan por ello- quienes son los responsables de la venta de armas a la región que se ha cobrado miles de vidas.
Cita a países concretos. Y ni así pierde la calma. Habla de Etiopia pero también del Congo y las muertes por el tan preciado coltán, que nos ensucia –a todos- las manos de sangre. Recuerda que algún periodista, en algún medio, llamó a ese valioso material el ataúd de los niños congoleses.
Termina con una frase: “Si tenéis ocasión venid a Wukro, aunque no sea físicamente”. Luego se calla y sonríe de nuevo, hasta que terminan los aplausos. Se sabe querido. Se levanta y se acerca a la gente. Entre el público varias caras conocidas. En el ambiente, la reflexión que siempre deja escuchar una mente lúcida.
Hoy es día de elecciones en Catalunya. Mientras algunos hablan sobre el futuro del país, Ángel actúa. Durante las dos últimas semanas ellos han hablado mucho. Él ha actuado. En los próximos años ellos seguirán hablando y él empezará a recoger los frutos de su lucha…
Hay personas que luchan un día y son buenas. Hay otras que luchan un año y son mejores. Hay quienes luchan muchos años, y son muy buenas. Pero hay las que luchan toda la vida: esas son las imprescindibles. Bertold Brecht
lunes, 22 de noviembre de 2010
Donde se encuentran periodismo y literatura
Las noches traen consigo el soplo de una atmósfera especial que siempre me ha resultado inspiradora para escribir. Es la hora en que las ciudades se silencian y la vida reposa. En verano, aprovecho la brisa para teclear mientras, de lejos, me acaricia el reflejo de la luna. En invierno, el aura que se crea alrededor de los fanales ilumina el escenario ideal para sumergirse en mundos recónditos.
Amo las noches. Des de siempre. Algunas sorpresas llegan de noche. A veces tenemos tiempo de verlas llegar. Otras suceden cuando ya nos hemos rendido al acelerado parpadeo de los ojos. Desde que el mundo sucede mitad entre paredes y otra mitad en el marco del ordenador, algunas buenas noticias llegan por correo electrónico.
Lidia me deja colgado hoy una de estas agradables sorpresas a través de un link en facebook. Lo veo a primera hora pero no es hasta más tarde que lo abro y lo leo. Se trata de un artículo del País sobre Orsai, una nueva revista que se publicará en España a partir de enero.
Nace de un concepto revolucionario detrás del cual está el periodista argentino Hernán Casciari. Una revista que no se podrá encontrar en los quioscos sino que se vende bajo pedido. Se puede comprar de forma individual por 16 Eur (en España) o hacerse con un pack de 10 beneficiándose del 20% de descuento.
En los tiempos que corren la puesta en marcha de un nuevo proyecto periodístico despertaría incredulidad en muchos ámbitos. Y sin embargo Orsai logró vender desde que se abrieran las ventas el pasado mes de noviembre 4.000 ejemplares en ocho días, o lo que es lo mismo un ejemplar cada 30 segundos. Los interesados la recibirán a partir del próximo año.
Mientras husmeo en su página web el éxito de la nueva publicación doy con algunos nombres que me son familiares. Juan Villoro inaugura el número 1 de Orsai. Pienso en David, que aprobaría el nuevo proyecto solo con escuchar el nombre de este gran escritor mexicano.
Junto a él el primer fascículo abre con otro tema que me apasiona. El relato de una vida sesgada. Una historia de deportados. “El limbo, desde adentro”, lo han titulado temporalmente.
Orsai pinta bien. Lo pienso mientras aplaudo que por fin una revista española tenga el valor de publicar, casi en exclusiva, crónicas. Finalmente se dará una oportunidad al gran género de América Latina. Finalmente aterrizará en España el periodismo narrativo.
Lo dicen los fundadores en su propia página “esto es un canal que siempre estará abierto para narradores de ficción, cronistas y periodistas narrativos (noveles o experimentados)”. Si alguien se atreve a desafiar la forma de narrar historias podrá verse publicado. Y además, recibirá un año de suscripción gratuito y un pago por cesión de derechos de 500 Euros.
La crónica es el género de mi segunda patria. En América Latina conocí algunos de los cronistas que más me han hecho amar el periodismo. Allí gocé de las lecturas más reveladoras. Historias a veces sencillas que me enseñaron que no es la realidad sino la pluma la que sentencia el valor de una realidad. No importa como sea. Importa como la cuentes.
También allí me inyecté de esa extraña energía que te hace creer que todo es posible si se persiste. De esta materia están hechos quienes dieron a luz a revistas como la peruana Etiqueta Negra o la colombiana Gato Pardo, donde me sumerjo siempre que necesito rescatar el espíritu periodista.
Sin esos proyectos, sin la crónica resulta imposible entender el periodismo de ese continente. Lo decía, claramente, el escritor boliviano Edmundo Paz Soldán en marzo del 2008 en un artículo del País:
Algún día, cuando se escriba la historia literaria de la América Latina de principios de este siglo, se tendrá que reconocer que las grandes innovaciones de la prosa latinoamericana vinieron de la mano de los editores, de los cronistas, de los periodistas, de los escritores de non-fiction.
Siempre le he reprochado a España la incapacidad por conrear ese género. La falta de voluntad a la hora de tejer, en un mismo papel, literatura y periodismo. Puede que ese lamento tenga su fin ahora con la aparición de Orsai.
No he leído todavía el primer número. No obstante, aplaudo desde ya, el valor de querer contar historias. Levantarse con la noticia de que el periodismo narrativo se expande es, siempre, levantarse con una alegría.
Amo las noches. Des de siempre. Algunas sorpresas llegan de noche. A veces tenemos tiempo de verlas llegar. Otras suceden cuando ya nos hemos rendido al acelerado parpadeo de los ojos. Desde que el mundo sucede mitad entre paredes y otra mitad en el marco del ordenador, algunas buenas noticias llegan por correo electrónico.
Lidia me deja colgado hoy una de estas agradables sorpresas a través de un link en facebook. Lo veo a primera hora pero no es hasta más tarde que lo abro y lo leo. Se trata de un artículo del País sobre Orsai, una nueva revista que se publicará en España a partir de enero.
Nace de un concepto revolucionario detrás del cual está el periodista argentino Hernán Casciari. Una revista que no se podrá encontrar en los quioscos sino que se vende bajo pedido. Se puede comprar de forma individual por 16 Eur (en España) o hacerse con un pack de 10 beneficiándose del 20% de descuento.
En los tiempos que corren la puesta en marcha de un nuevo proyecto periodístico despertaría incredulidad en muchos ámbitos. Y sin embargo Orsai logró vender desde que se abrieran las ventas el pasado mes de noviembre 4.000 ejemplares en ocho días, o lo que es lo mismo un ejemplar cada 30 segundos. Los interesados la recibirán a partir del próximo año.
Mientras husmeo en su página web el éxito de la nueva publicación doy con algunos nombres que me son familiares. Juan Villoro inaugura el número 1 de Orsai. Pienso en David, que aprobaría el nuevo proyecto solo con escuchar el nombre de este gran escritor mexicano.
Junto a él el primer fascículo abre con otro tema que me apasiona. El relato de una vida sesgada. Una historia de deportados. “El limbo, desde adentro”, lo han titulado temporalmente.
Orsai pinta bien. Lo pienso mientras aplaudo que por fin una revista española tenga el valor de publicar, casi en exclusiva, crónicas. Finalmente se dará una oportunidad al gran género de América Latina. Finalmente aterrizará en España el periodismo narrativo.
Lo dicen los fundadores en su propia página “esto es un canal que siempre estará abierto para narradores de ficción, cronistas y periodistas narrativos (noveles o experimentados)”. Si alguien se atreve a desafiar la forma de narrar historias podrá verse publicado. Y además, recibirá un año de suscripción gratuito y un pago por cesión de derechos de 500 Euros.
La crónica es el género de mi segunda patria. En América Latina conocí algunos de los cronistas que más me han hecho amar el periodismo. Allí gocé de las lecturas más reveladoras. Historias a veces sencillas que me enseñaron que no es la realidad sino la pluma la que sentencia el valor de una realidad. No importa como sea. Importa como la cuentes.
También allí me inyecté de esa extraña energía que te hace creer que todo es posible si se persiste. De esta materia están hechos quienes dieron a luz a revistas como la peruana Etiqueta Negra o la colombiana Gato Pardo, donde me sumerjo siempre que necesito rescatar el espíritu periodista.
Sin esos proyectos, sin la crónica resulta imposible entender el periodismo de ese continente. Lo decía, claramente, el escritor boliviano Edmundo Paz Soldán en marzo del 2008 en un artículo del País:
Algún día, cuando se escriba la historia literaria de la América Latina de principios de este siglo, se tendrá que reconocer que las grandes innovaciones de la prosa latinoamericana vinieron de la mano de los editores, de los cronistas, de los periodistas, de los escritores de non-fiction.
Siempre le he reprochado a España la incapacidad por conrear ese género. La falta de voluntad a la hora de tejer, en un mismo papel, literatura y periodismo. Puede que ese lamento tenga su fin ahora con la aparición de Orsai.
No he leído todavía el primer número. No obstante, aplaudo desde ya, el valor de querer contar historias. Levantarse con la noticia de que el periodismo narrativo se expande es, siempre, levantarse con una alegría.
martes, 16 de noviembre de 2010
La paciencia como estrategia
Desde siempre me ha gustado la afilada navaja con la que Ramón Lobo analiza la realidad. Es de los periodistas que no se muerden la lengua para decir lo que piensan. De los que buscan en las últimas causas las razones de los conflictos. No teme señalar a Occidente. No le asusta acusar. Apunta a políticos, a religiosos, a organismos internacionales por igual.
Como corresponsal en varios países en conflicto ha dejado algunos testimonios importantes. Seguí, durante el tiempo en que cubrió los comicios afganos del año pasado, su "Cuaderno de Kabul", un diario con ‘Historias de mujeres, hombres y niños atrapados en una guerra’, como él mismo ha bautizado la recopilación de estos relatos convertido ahora en libro.
Ramón Lobo tiene dos blogs. “Aguas Internacionales”, su espacio diario en El País, y “En la Boca del Lobo”, un exquisito rincón donde deja correr la poesía que envuelve sus narraciones más íntimas. En ambos es el gran analista que desmenuza realidades.
El último post en “Aguas Internacionales” habla sobre la Premio Nobel de la Paz birmana Aung Suu Kyi, recientemente liberada. Hemos leído sobre ella desde que pisara de nuevo las calles decenas de referencias. Hablan sobre su pasado, sus logros, sus promesas de futuro.
El texto de Lobo habla sobre paciencia. De una paciencia “como forma de estar en el mundo y modificarlo”, instrumento del logro de Aung San Su Kyi, que es a la vez “símbolo mundial de la resistencia contra la barbarie de una dictadura, de la honestidad frente a la corrupción de los traidores que empuñan las armas contra su pueblo”.
Lobo titula el post “la paciencia como arma política” y entre las frases que podemos leer están las siguientes. Un reconocimiento a quienes saben retar el paso del tiempo. Una acusación contra quienes gobiernan de espaldas a la realidad:
Paciencia. Paciencia es de lo que carece Occidente; siempre deprisa, con líderes políticos, económicos e intelectuales de aeropuerto en aeropuerto, de hotel de lujo en hotel de lujo, de centro de convenciones en centro de convenciones, sin pisar la calle, sin mancharse de polvo los zapatos, sin hablar con nadie que no sea como ellos. Siempre decidiendo el destino de las personas que no conocen, que no escuchan, que no existen y empujados por la prisa que marcan las encuestas de opinión convertidas en guías que desplazan a los valores.
Algunas palabras cobran sentido traer determinados viajes. A la vuelta de África la palabra paciencia viene cargada no solo con todo el significado de una estrategia de vida. Sino con el de un concepto con el que a menudo se construyen los logros más perecederos. Aprender a caminar es, a veces, la mejor forma de permanecer.
A Mercè, que intuyó el universo de sensaciones que viviría en el continente africano. Por la serenidad inyectada a lo largo de años de sabios consejos.
Como corresponsal en varios países en conflicto ha dejado algunos testimonios importantes. Seguí, durante el tiempo en que cubrió los comicios afganos del año pasado, su "Cuaderno de Kabul", un diario con ‘Historias de mujeres, hombres y niños atrapados en una guerra’, como él mismo ha bautizado la recopilación de estos relatos convertido ahora en libro.
Ramón Lobo tiene dos blogs. “Aguas Internacionales”, su espacio diario en El País, y “En la Boca del Lobo”, un exquisito rincón donde deja correr la poesía que envuelve sus narraciones más íntimas. En ambos es el gran analista que desmenuza realidades.
El último post en “Aguas Internacionales” habla sobre la Premio Nobel de la Paz birmana Aung Suu Kyi, recientemente liberada. Hemos leído sobre ella desde que pisara de nuevo las calles decenas de referencias. Hablan sobre su pasado, sus logros, sus promesas de futuro.
El texto de Lobo habla sobre paciencia. De una paciencia “como forma de estar en el mundo y modificarlo”, instrumento del logro de Aung San Su Kyi, que es a la vez “símbolo mundial de la resistencia contra la barbarie de una dictadura, de la honestidad frente a la corrupción de los traidores que empuñan las armas contra su pueblo”.
Lobo titula el post “la paciencia como arma política” y entre las frases que podemos leer están las siguientes. Un reconocimiento a quienes saben retar el paso del tiempo. Una acusación contra quienes gobiernan de espaldas a la realidad:
Paciencia. Paciencia es de lo que carece Occidente; siempre deprisa, con líderes políticos, económicos e intelectuales de aeropuerto en aeropuerto, de hotel de lujo en hotel de lujo, de centro de convenciones en centro de convenciones, sin pisar la calle, sin mancharse de polvo los zapatos, sin hablar con nadie que no sea como ellos. Siempre decidiendo el destino de las personas que no conocen, que no escuchan, que no existen y empujados por la prisa que marcan las encuestas de opinión convertidas en guías que desplazan a los valores.
Algunas palabras cobran sentido traer determinados viajes. A la vuelta de África la palabra paciencia viene cargada no solo con todo el significado de una estrategia de vida. Sino con el de un concepto con el que a menudo se construyen los logros más perecederos. Aprender a caminar es, a veces, la mejor forma de permanecer.
A Mercè, que intuyó el universo de sensaciones que viviría en el continente africano. Por la serenidad inyectada a lo largo de años de sabios consejos.
viernes, 12 de noviembre de 2010
Diario de Uganda: El legado en palabras (Hasta siempre África)
Hace algún tiempo escuché una de esas frases que permanecen intactas, durante años, en un rincón de la memoria. “La primera lección de un escritor es no preguntarse por qué escribe”.
La recomendación, que me llegó por la jefa de prensa de Amnistía Internacional en Perú, Nuria Frigola, acababa de ser pronunciada por el escritor peruano Alonso Cueto en la apertura de un taller de escritura a la que ella asistió.
Durante tiempo he recordado esas palabras. Hoy -tras haber hecho de las letras mi mejor aliado de este viaje- suscribo con mayúsculas la frase de Cueto. Solo que algo, en la forma de interpretar esa frase, ha cambiado para siempre con el descubrir de África.
Pues durante años estuve convencida de que Cueto se refería a lo aparentemente absurdo del acto de escribir. A esa acción solitaria de sentarse frente a un ordenador o ante unas hojas en blanco, a menudo hasta altas horas de la mañana, sin saber para quien tecleamos. Sin identificar qué nos mueve a un acto con el qué no le rendimos cuentas a nadie.
Creía entonces que la recomendación de Cueto se refería a la incapacidad de encontrar un por qué. Evasión por ignorancia. Hoy, sin embargo, creo que es la obviedad la que está detrás de lo absurdo de la frase. Quizás porque hoy, después de surcar caminos y palabras en la misma medida durante 50 días, sé mejor que nunca porque algunos escribimos.
No escribimos para que nos lean. Tampoco para dejar constancia de lo que vivimos. Ni siquiera para intentar impresionar a un tercero. Porque desconocemos, muchas veces, a nuestros lectores. Escribimos, quienes así lo sentimos, en un acto de incontenido impulso.
Escribir no es un ejercicio de solidaridad hacia nadie. No nace de la voluntad de compartir ni de ayudar a difundir realidades. No es ese acto de divulgación de injusticias que creímos durante años. Estas son solo algunas de sus funciones. No la razón principal. Escribir es el más egoísta de los impulsos. Escribimos porque tejer palabras es lo que verdaderamente nos hace felices.
Porque nos permite vivir dos veces una vida de por sí intensa. Porque tras lograr encadenar letras al ritmo de lo ansiado algo se sacia dentro nuestro. Como ya dijeron otros, es un dolor y una satisfacción al mismo tiempo. El deseo de lograr plasmar lo que instantes antes solo eran conceptos. Y el placer de dormirnos conscientes del logro de haberlo hecho realidad.
Escribimos porque las letras se convirtieron hace años en el más fiel compañero de sensaciones. Porque, con ellas, aprendimos a observar la realidad. Porque nos permiten darle nombre a lo etéreo en la misma medida en que nos ayudan a desentrañar las complejidades del vivir.
Porque aún cuando escribimos prosa elaboramos una poesía de la vida. Y ya no sabemos vivir sin ella. Porque, a pesar de que nos exija tanto como nos proporciona, sucumbimos a las letras desde el primer día que degustamos su sabor. Sellamos, entonces, un pacto de dependencia del que no siempre fuimos conscientes.
Mi experiencia en Uganda ha ido vinculada, desde el primer día, a esa necesidad de escribir. Ha sido la primera vez en la que he hecho del placer costumbre con tanta frecuencia. Y aún cuando la tecnología no lo ponía fácil y debía escribir con la poca luz de unas viejas velas, no he dejado de escribir.
No siempre he sido lo metódica que requiere un diario. A menudo los posts de este blog se han subido días más tarde. He tenido que actualizar, a veces, dos o tres días a la vez. Pero eso, que no deja de ser real, es tan solo la consecuencia de otra escritura, la mental.
Escribimos antes de sentarnos a escribir. Desde el momento justo en que estas ventanas que son los ojos se alían con la imaginación para trazar palabras. Escribimos mientras vivimos y esa, que es la primera escritura, es la única que hace posible la otra.
Le he robado en varias ocasiones la frase a Javier Reverte al decir que África es el más literario de los continentes. No he podido pisarlos todavía todos. Pero, si obviamos la comparación con otras tierras, solo puedo admitir lo poético de este país.
Pues cada uno de los colores, de los aromas, toda la intensidad que llena las calles de Uganda invitan a ser descritos en juegos de palabras. Algunas situaciones, los rostros de tantas personas, lo salvaje de la vida africana piden a gritos ser plasmados en hojas de papel.
Lo invisible del escritor adquiere en esta tierra todo su sentido. Quizás por ello sea aquí donde uno resuelve la pregunta (informulable) de porque escribimos. Escribir África fue una de las formas de devolverle a la tierra lo que esta me obsequió a cada instante. Y quizás este -el recuerdo de la tierra y el sello de las palabras- sean el mayor legado de mi primera incursión al continente negro.
Habrán más Áfricas. Y de nuevo las escribiremos.
"Il y a des écrivains qui ont besoin de géographies et d'autres de concentration: des voyageurs et des voyants" (Nicolas Bouvier)
La recomendación, que me llegó por la jefa de prensa de Amnistía Internacional en Perú, Nuria Frigola, acababa de ser pronunciada por el escritor peruano Alonso Cueto en la apertura de un taller de escritura a la que ella asistió.
Durante tiempo he recordado esas palabras. Hoy -tras haber hecho de las letras mi mejor aliado de este viaje- suscribo con mayúsculas la frase de Cueto. Solo que algo, en la forma de interpretar esa frase, ha cambiado para siempre con el descubrir de África.
Pues durante años estuve convencida de que Cueto se refería a lo aparentemente absurdo del acto de escribir. A esa acción solitaria de sentarse frente a un ordenador o ante unas hojas en blanco, a menudo hasta altas horas de la mañana, sin saber para quien tecleamos. Sin identificar qué nos mueve a un acto con el qué no le rendimos cuentas a nadie.
Creía entonces que la recomendación de Cueto se refería a la incapacidad de encontrar un por qué. Evasión por ignorancia. Hoy, sin embargo, creo que es la obviedad la que está detrás de lo absurdo de la frase. Quizás porque hoy, después de surcar caminos y palabras en la misma medida durante 50 días, sé mejor que nunca porque algunos escribimos.
No escribimos para que nos lean. Tampoco para dejar constancia de lo que vivimos. Ni siquiera para intentar impresionar a un tercero. Porque desconocemos, muchas veces, a nuestros lectores. Escribimos, quienes así lo sentimos, en un acto de incontenido impulso.
Escribir no es un ejercicio de solidaridad hacia nadie. No nace de la voluntad de compartir ni de ayudar a difundir realidades. No es ese acto de divulgación de injusticias que creímos durante años. Estas son solo algunas de sus funciones. No la razón principal. Escribir es el más egoísta de los impulsos. Escribimos porque tejer palabras es lo que verdaderamente nos hace felices.
Porque nos permite vivir dos veces una vida de por sí intensa. Porque tras lograr encadenar letras al ritmo de lo ansiado algo se sacia dentro nuestro. Como ya dijeron otros, es un dolor y una satisfacción al mismo tiempo. El deseo de lograr plasmar lo que instantes antes solo eran conceptos. Y el placer de dormirnos conscientes del logro de haberlo hecho realidad.
Escribimos porque las letras se convirtieron hace años en el más fiel compañero de sensaciones. Porque, con ellas, aprendimos a observar la realidad. Porque nos permiten darle nombre a lo etéreo en la misma medida en que nos ayudan a desentrañar las complejidades del vivir.
Porque aún cuando escribimos prosa elaboramos una poesía de la vida. Y ya no sabemos vivir sin ella. Porque, a pesar de que nos exija tanto como nos proporciona, sucumbimos a las letras desde el primer día que degustamos su sabor. Sellamos, entonces, un pacto de dependencia del que no siempre fuimos conscientes.
Mi experiencia en Uganda ha ido vinculada, desde el primer día, a esa necesidad de escribir. Ha sido la primera vez en la que he hecho del placer costumbre con tanta frecuencia. Y aún cuando la tecnología no lo ponía fácil y debía escribir con la poca luz de unas viejas velas, no he dejado de escribir.
No siempre he sido lo metódica que requiere un diario. A menudo los posts de este blog se han subido días más tarde. He tenido que actualizar, a veces, dos o tres días a la vez. Pero eso, que no deja de ser real, es tan solo la consecuencia de otra escritura, la mental.
Escribimos antes de sentarnos a escribir. Desde el momento justo en que estas ventanas que son los ojos se alían con la imaginación para trazar palabras. Escribimos mientras vivimos y esa, que es la primera escritura, es la única que hace posible la otra.
Le he robado en varias ocasiones la frase a Javier Reverte al decir que África es el más literario de los continentes. No he podido pisarlos todavía todos. Pero, si obviamos la comparación con otras tierras, solo puedo admitir lo poético de este país.
Pues cada uno de los colores, de los aromas, toda la intensidad que llena las calles de Uganda invitan a ser descritos en juegos de palabras. Algunas situaciones, los rostros de tantas personas, lo salvaje de la vida africana piden a gritos ser plasmados en hojas de papel.
Lo invisible del escritor adquiere en esta tierra todo su sentido. Quizás por ello sea aquí donde uno resuelve la pregunta (informulable) de porque escribimos. Escribir África fue una de las formas de devolverle a la tierra lo que esta me obsequió a cada instante. Y quizás este -el recuerdo de la tierra y el sello de las palabras- sean el mayor legado de mi primera incursión al continente negro.
Habrán más Áfricas. Y de nuevo las escribiremos.
"Il y a des écrivains qui ont besoin de géographies et d'autres de concentration: des voyageurs et des voyants" (Nicolas Bouvier)
lunes, 8 de noviembre de 2010
Diario de Uganda: Desde lo alto de Kampala
En Kampala no sopla la brisa. No está cerca el Mediterráneo. Ni siquiera asoma el mar. Soplan otros vientos. Procedentes de otras tierras, dejan otros aromas a su paso.
La noche ugandesa es cómplice de los vientos. Desde el centro de la ciudad su roce se percibe con dificultad. Es preciso subirse a los barrios más elevados para sentirlo de cerca. Para gozar la serenidad que su paso deja. Para ser partícipe del volar. Para sentirse libre como quien es capaz de surcar los cielos sin destino conocido.
Haz me ha llevado a Muyenga, una de las colinas desde las que se observa Kampala. Es de noche y en la terraza del Hotel Internacional el aire frío castiga los pies al aire libre. Venimos de tomar uno de estos cafés que sentencian eternidades.
Momentos reveladores que vivimos con la intensidad a la que obliga la fugacidad. Ya no creo en promesas sencillas. Las palabras son las aliadas de las mentes inquietas. Pero también el más efímero de los instrumentos cuando se dejan volar al aire. Sin acciones que las conviertan en realidad.
El último trago de amor sentó las bases de nuevas interpretaciones. Ahora, como siempre antes, pero con mayor cautela, vivo. Sigo viviendo intensamente. Pues, aunque parezca contradicción, también desde la serenidad es posible alcanzar los extremos. Puede que más. Porque se aprende a vivir con más consciencia.
La experiencia es ese grado que te enseña a gozar del presente mientras te observa, sentada a tu lado, la musa del realismo. Juntas equilibran el complicado mundo de las emociones. El recuerdo de una historia amarga llega siempre de la mano de nuevas palpitaciones. La experiencia reta constantemente la ilusión.
No es contradicción. No cuando el tiempo apremia. Cuando no se necesitan evaluar las declaraciones. Algunas aventuras solo se escriben en las telas de lo efímero. Consciente de ello, hoy te escucho y te disfruto. Eres una de esas mentes reveladoras con las que nos cruzamos solo de vez en cuando.
Por eso la conversación fluye. Por eso te he pedido que me llevaras a ver Kampala desde lo alto. Por eso mismo accediste. Conoces la fuerza de la noche, la importancia de la petición a pocos días de abandonar tu país. Porque vives, en cada segundo que transcurre, dos veces vida.
Eres un extraterrestre en tu mundo. Lo sabes bien. Demasiadas veces te sientes extranjero. Lo leo solo con observarte. Cada vez que te indignas con el mundo que te rodea. Y sin embargo eres preso de una contradicción que conozco bien: amar sin desear la tierra que nos ha visto nacer.
Calma. Inspiras calma. Luego entenderé porque. En solo cinco días sabré –no sé si consciente del riesgo que entraña- demasiado de tu pasado. Entenderé entonces el porqué de esa mirada. Demasiadas experiencias, demasiado duras, demasiado pronto.
Una vida sencilla es hoy, una vida cómoda, para ti. Normalidad es sinónimo, en ocasiones, de confort. Y hoy buscas ese bienestar. El simple despertar en una habitación con cama y el derecho a un trabajo. Todo lo demás, ya pasó, me contarás luego.
¿Pasó? Me pregunto. ¿Se pueden olvidar determinadas cicatrices? Olvídalo, me pides. No quieres hurgar más en esos años. Te miro y te admiro. Por lograr vencer las contradicciones. Pudieron hacerte un hombre vulgar y sin embargo te han hecho un hombre bueno. Solo cuando te atacan, atacas. Aunque nos pese, las secuelas de la ferocidad son inmunes al paso del tiempo.
Leo tu dolor mientras me tomo una de las últimas Bell. Sentados al lado, te miro pensando en la injusticia del pertenecer a mundos tan distinto. La distancia mínima que nos separa hoy no borra el abismo de infancias que tuvimos.
El lugar de nacimiento sigue siendo la más grande de las inmoralidades. Y a pesar de todo, sonríes. No olvidas pero te sobrepones. Proyectas. Sueñas. Caminas sin prisa. Paseas. Vives.
Te diré luego que una parte de mí amará siempre una parte de hombres como tú. Habla la mitad que le corresponde a lo espontáneo del sentir. La otra, la que analiza las compatibilidades de la vida diaria, le pertenece a las arenas movedizas de la realidad. La cotidianeidad es el 50% -no siempre compatible- del amar.
Lo sabes de sobras. Por eso, como yo, me miras consciente del presente. De la suerte del poder mirar en este instante en la misma dirección. Del valor del hoy y el ahora. Dejando esa mitad intacta en el recuerdo de la posteridad.
“He descubierto que dejarse ir es una excelente terapia, que los frenos no están para las rectas" (Ramón Lobo)
La noche ugandesa es cómplice de los vientos. Desde el centro de la ciudad su roce se percibe con dificultad. Es preciso subirse a los barrios más elevados para sentirlo de cerca. Para gozar la serenidad que su paso deja. Para ser partícipe del volar. Para sentirse libre como quien es capaz de surcar los cielos sin destino conocido.
Haz me ha llevado a Muyenga, una de las colinas desde las que se observa Kampala. Es de noche y en la terraza del Hotel Internacional el aire frío castiga los pies al aire libre. Venimos de tomar uno de estos cafés que sentencian eternidades.
Momentos reveladores que vivimos con la intensidad a la que obliga la fugacidad. Ya no creo en promesas sencillas. Las palabras son las aliadas de las mentes inquietas. Pero también el más efímero de los instrumentos cuando se dejan volar al aire. Sin acciones que las conviertan en realidad.
El último trago de amor sentó las bases de nuevas interpretaciones. Ahora, como siempre antes, pero con mayor cautela, vivo. Sigo viviendo intensamente. Pues, aunque parezca contradicción, también desde la serenidad es posible alcanzar los extremos. Puede que más. Porque se aprende a vivir con más consciencia.
La experiencia es ese grado que te enseña a gozar del presente mientras te observa, sentada a tu lado, la musa del realismo. Juntas equilibran el complicado mundo de las emociones. El recuerdo de una historia amarga llega siempre de la mano de nuevas palpitaciones. La experiencia reta constantemente la ilusión.
No es contradicción. No cuando el tiempo apremia. Cuando no se necesitan evaluar las declaraciones. Algunas aventuras solo se escriben en las telas de lo efímero. Consciente de ello, hoy te escucho y te disfruto. Eres una de esas mentes reveladoras con las que nos cruzamos solo de vez en cuando.
Por eso la conversación fluye. Por eso te he pedido que me llevaras a ver Kampala desde lo alto. Por eso mismo accediste. Conoces la fuerza de la noche, la importancia de la petición a pocos días de abandonar tu país. Porque vives, en cada segundo que transcurre, dos veces vida.
Eres un extraterrestre en tu mundo. Lo sabes bien. Demasiadas veces te sientes extranjero. Lo leo solo con observarte. Cada vez que te indignas con el mundo que te rodea. Y sin embargo eres preso de una contradicción que conozco bien: amar sin desear la tierra que nos ha visto nacer.
Calma. Inspiras calma. Luego entenderé porque. En solo cinco días sabré –no sé si consciente del riesgo que entraña- demasiado de tu pasado. Entenderé entonces el porqué de esa mirada. Demasiadas experiencias, demasiado duras, demasiado pronto.
Una vida sencilla es hoy, una vida cómoda, para ti. Normalidad es sinónimo, en ocasiones, de confort. Y hoy buscas ese bienestar. El simple despertar en una habitación con cama y el derecho a un trabajo. Todo lo demás, ya pasó, me contarás luego.
¿Pasó? Me pregunto. ¿Se pueden olvidar determinadas cicatrices? Olvídalo, me pides. No quieres hurgar más en esos años. Te miro y te admiro. Por lograr vencer las contradicciones. Pudieron hacerte un hombre vulgar y sin embargo te han hecho un hombre bueno. Solo cuando te atacan, atacas. Aunque nos pese, las secuelas de la ferocidad son inmunes al paso del tiempo.
Leo tu dolor mientras me tomo una de las últimas Bell. Sentados al lado, te miro pensando en la injusticia del pertenecer a mundos tan distinto. La distancia mínima que nos separa hoy no borra el abismo de infancias que tuvimos.
El lugar de nacimiento sigue siendo la más grande de las inmoralidades. Y a pesar de todo, sonríes. No olvidas pero te sobrepones. Proyectas. Sueñas. Caminas sin prisa. Paseas. Vives.
Te diré luego que una parte de mí amará siempre una parte de hombres como tú. Habla la mitad que le corresponde a lo espontáneo del sentir. La otra, la que analiza las compatibilidades de la vida diaria, le pertenece a las arenas movedizas de la realidad. La cotidianeidad es el 50% -no siempre compatible- del amar.
Lo sabes de sobras. Por eso, como yo, me miras consciente del presente. De la suerte del poder mirar en este instante en la misma dirección. Del valor del hoy y el ahora. Dejando esa mitad intacta en el recuerdo de la posteridad.
“He descubierto que dejarse ir es una excelente terapia, que los frenos no están para las rectas" (Ramón Lobo)
domingo, 7 de noviembre de 2010
Diario de Uganda: Un viaje de doble sentido
Todo viaje hacia alguna parte es, ante todo, un viaje hace adentro. Hacia uno mismo. Aún cuando el destino figure en nuestros sueños desde hace tiempo, decidimos emprender camino en el instante en el que se cruza necesidad de búsqueda interior y exterior.
África estuvo siempre entre los destinos que quise conocer. El África negra. El África subsahariana. La otra, a la que pertenece Marruecos, fue recorrida antes. En otros tiempos y con otras personas. Cuando la necesidad era completamente diferente y me sentía atada a otros sueños. Anhelos que dejé en el camino. Que simplemente mutaron.
La vida, finalmente, es cíclica. Y ya no se trata solo de lo que somos o no somos. Sino de aquello a lo que aspiramos en un momento determinado. De alguna forma u otra, lo que nos configura como seres humanos, como personas únicas, no cambia con los años. Solo evoluciona. La esencia estuvo allí desde hace tiempo. Con los años adquirimos nuevas partes de un nosotros que siempre nos identificó. Los ciclos, son los ciclos, los que dan prioridad a unas cosas u otras.
Viajé a Uganda para cumplir un sueño externo. El de pisar una tierra ajena cuyas imágenes me habían seducido desde hacía mucho tiempo. Imaginé que no iba a ser una experiencia fácil. El encuentro con la soledad nunca lo es. Y sin embargo, nos da la posibilidad de volver a encontrarnos con nosotros mismos.
Lejos de los deseos vinculados a los demás o incluso de la imagen que de nosotros mismos construimos sin ser del todo sinceros, los viajes en soledad nos dan la oportunidad de sentar a escucharnos. De reconocer la esencia de lo que nos hace quienes somos. Nos obliga a cuestionarnos qué queremos. Y porqué lo queremos. Nos permite despegarnos de las ambiciones profesionales, que tanto pueden encarcelarnos.
Uganda ha significado el conocimiento de una tierra increíblemente sensual vivida con la disposición de querer conocerla en todas sus dimensiones. Una experiencia que me ha devuelto a las sensaciones más salvajes del viajar. Cuando abrimos todos los poros de la piel para absorber cada uno de los pedazos de vida ajena que deja de ser ajena a medida que la aprendemos a leer.
Y sin embargo esto ha sido tan solo la mitad del viaje. El resto, la otra mitad ha sido un viaje interior. Cada vez que me preguntan porqué estoy en Uganda respondo en dos partes. La primera con lo material. El voluntariado que vine a realizar. La segunda responde a una necesidad mucho más ‘espiritual’, si esta palabra puede resumir el viaje interior. Necesitaba parar, les digo.
Necesitaba releerme. Despegarme de lo que creemos que son las necesidades. Aprender que somos no por lo que hacemos sino simplemente por lo que sentimos. Existimos antes de que nos ocupemos de algo o de alguien. Somos por sí mismos. Y somos en libertad. Al final nacemos y morimos solos. Y en medio del camino a veces, algunos más que otros, necesitamos redescubrirnos en esta soledad.
Poco después de haber llegado a Kampala, sentada en un restaurante esperando ser atendida, alguien reconoció este estado de ingravidez en mis pensamientos. Fue un cliente cualquiera. No lo conocía de antes. Ni siquiera lo vi cuando entró. Al sentarse enfrente mío me encontró mirando hacia adelante.
- Disculpe, le voy a tapar la vista, me dijo
- No se preocupe, no estoy mirando hacia fuera.
- Ah, esas miradas son las más interesantes, agregó
Sonreí. A veces la complicidad se teje en unas milésimas de segundos. Y alguien, un completo desconocido, entiende ese viaje interior que estás recorriendo.
Cada vez que he salido a caminar Uganda me he encontrado surcando pasajes exteriores e interiores en la misma medida. He absorbido todos los colores de este país al tiempo que recorría pedazos de vida pasada y trazaba un presente solo basado en vivir. Quizás nunca antes viví tan intensamente el presente.
Quizás nunca necesité hacerlo como ahora. Demasiadas veces vivimos en el anhelo, en construcciones futuras de nuestra vida. Sin ser conscientes que lo único verdaderamente real es el momento presente. Jamás el futuro será como lo imaginemos. Y sin embargo, será. De una u otra forma será.
Uganda me ha regalado decenas de increíbles presentes que solo un verbo explica. Vivir. Ni siquiera vivir para contarla, como resumió Garcia Márquez su autobiografía. Simplemente vivir. Escribir viene después. Cuando nos encontramos de nuevo con la esencia de nosotros mismos. Al entender que regresamos a ese ciclo en el que necesitamos la libertad.
Sabemos entonces que releímos el mundo. Que nos releímos a nosotros mismos. Sabemos, tras ese tiempo, que podemos hacer maletas, regresar al mundo que sí usa relojes y correr de nuevo. O caminar despacio. Ahora sabemos que podemos escoger. Porque tuvimos el tiempo de parar. Porque nos dimos el tiempo para meditar. Para ser sin tener. Para vivir.
Es domingo, luce un sol espléndido. Salgo a caminar y sucede, como muchos otros días, que solo conozco el punto de origen. El resto del trayecto lo marcan los pies. Y una necesidad sin límites de seguir caminando bajo este sol, sobre la tierra roja.
África estuvo siempre entre los destinos que quise conocer. El África negra. El África subsahariana. La otra, a la que pertenece Marruecos, fue recorrida antes. En otros tiempos y con otras personas. Cuando la necesidad era completamente diferente y me sentía atada a otros sueños. Anhelos que dejé en el camino. Que simplemente mutaron.
La vida, finalmente, es cíclica. Y ya no se trata solo de lo que somos o no somos. Sino de aquello a lo que aspiramos en un momento determinado. De alguna forma u otra, lo que nos configura como seres humanos, como personas únicas, no cambia con los años. Solo evoluciona. La esencia estuvo allí desde hace tiempo. Con los años adquirimos nuevas partes de un nosotros que siempre nos identificó. Los ciclos, son los ciclos, los que dan prioridad a unas cosas u otras.
Viajé a Uganda para cumplir un sueño externo. El de pisar una tierra ajena cuyas imágenes me habían seducido desde hacía mucho tiempo. Imaginé que no iba a ser una experiencia fácil. El encuentro con la soledad nunca lo es. Y sin embargo, nos da la posibilidad de volver a encontrarnos con nosotros mismos.
Lejos de los deseos vinculados a los demás o incluso de la imagen que de nosotros mismos construimos sin ser del todo sinceros, los viajes en soledad nos dan la oportunidad de sentar a escucharnos. De reconocer la esencia de lo que nos hace quienes somos. Nos obliga a cuestionarnos qué queremos. Y porqué lo queremos. Nos permite despegarnos de las ambiciones profesionales, que tanto pueden encarcelarnos.
Uganda ha significado el conocimiento de una tierra increíblemente sensual vivida con la disposición de querer conocerla en todas sus dimensiones. Una experiencia que me ha devuelto a las sensaciones más salvajes del viajar. Cuando abrimos todos los poros de la piel para absorber cada uno de los pedazos de vida ajena que deja de ser ajena a medida que la aprendemos a leer.
Y sin embargo esto ha sido tan solo la mitad del viaje. El resto, la otra mitad ha sido un viaje interior. Cada vez que me preguntan porqué estoy en Uganda respondo en dos partes. La primera con lo material. El voluntariado que vine a realizar. La segunda responde a una necesidad mucho más ‘espiritual’, si esta palabra puede resumir el viaje interior. Necesitaba parar, les digo.
Necesitaba releerme. Despegarme de lo que creemos que son las necesidades. Aprender que somos no por lo que hacemos sino simplemente por lo que sentimos. Existimos antes de que nos ocupemos de algo o de alguien. Somos por sí mismos. Y somos en libertad. Al final nacemos y morimos solos. Y en medio del camino a veces, algunos más que otros, necesitamos redescubrirnos en esta soledad.
Poco después de haber llegado a Kampala, sentada en un restaurante esperando ser atendida, alguien reconoció este estado de ingravidez en mis pensamientos. Fue un cliente cualquiera. No lo conocía de antes. Ni siquiera lo vi cuando entró. Al sentarse enfrente mío me encontró mirando hacia adelante.
- Disculpe, le voy a tapar la vista, me dijo
- No se preocupe, no estoy mirando hacia fuera.
- Ah, esas miradas son las más interesantes, agregó
Sonreí. A veces la complicidad se teje en unas milésimas de segundos. Y alguien, un completo desconocido, entiende ese viaje interior que estás recorriendo.
Cada vez que he salido a caminar Uganda me he encontrado surcando pasajes exteriores e interiores en la misma medida. He absorbido todos los colores de este país al tiempo que recorría pedazos de vida pasada y trazaba un presente solo basado en vivir. Quizás nunca antes viví tan intensamente el presente.
Quizás nunca necesité hacerlo como ahora. Demasiadas veces vivimos en el anhelo, en construcciones futuras de nuestra vida. Sin ser conscientes que lo único verdaderamente real es el momento presente. Jamás el futuro será como lo imaginemos. Y sin embargo, será. De una u otra forma será.
Uganda me ha regalado decenas de increíbles presentes que solo un verbo explica. Vivir. Ni siquiera vivir para contarla, como resumió Garcia Márquez su autobiografía. Simplemente vivir. Escribir viene después. Cuando nos encontramos de nuevo con la esencia de nosotros mismos. Al entender que regresamos a ese ciclo en el que necesitamos la libertad.
Sabemos entonces que releímos el mundo. Que nos releímos a nosotros mismos. Sabemos, tras ese tiempo, que podemos hacer maletas, regresar al mundo que sí usa relojes y correr de nuevo. O caminar despacio. Ahora sabemos que podemos escoger. Porque tuvimos el tiempo de parar. Porque nos dimos el tiempo para meditar. Para ser sin tener. Para vivir.
Es domingo, luce un sol espléndido. Salgo a caminar y sucede, como muchos otros días, que solo conozco el punto de origen. El resto del trayecto lo marcan los pies. Y una necesidad sin límites de seguir caminando bajo este sol, sobre la tierra roja.
sábado, 6 de noviembre de 2010
Diario de Uganda: Titulares para la cena
Hacer planes en Uganda resulta inútil. Uno puede intentarlo y creer que se van a cumplir. Pero en lo más profundo de sí mismo sabe que están sujetos a todos los cambios posibles. Parte del viaje consiste en asimilar esas desviaciones en el camino.
El día de ayer iba a ser tranquilo. Una visita a la mezquita de Gadaffi durante la plegaria del viernes y otra a la principal radio televisión de Uganda, Ugandan Broadcasting Corporation (UBC). Lo primero, una experiencia que terminó siendo más espiritual de lo que podría haber imaginado, me sirvió para comprobar que aún quienes nos creemos libres de prejuicios, no tenemos idea de cuán influenciados vivimos por ellos.
Lo segundo resultó ser la confirmación de que, aunque el orden de los factores cambie, aunque los tiempos sean otros, las cosas terminan sucediendo en Uganda. Solo así se puede entender que de los caóticos estudios de grabación de UBC acaben saliendo los boletines de noticias puntuales.
De los dos edificios que integran esta corporación, el espacio televisivo es el más surrealista. La redacción está compuesta por una quincena de escritorios desordenados donde merodean jóvenes periodistas. El jefe de redacción se sitúa en medio, en una mesa diminuta desde la que nos cuenta como se 'organizan' diariamente.
Enfrente, justo al otro lado, se encuentra la sala de edición, compuesta mayormente por hombres que se divierten con nuestra visita. Desde el pasado verano España está asociada para muchos africanos al mundial de futbol. Aunque la relación futbolística de este continente con Europa se remonta a antes de esta victoria. Los ugandeses, como los latinoamericanos, son fervientes seguidores tanto de la liga española como de la inglesa.
La visita en la UBC nos deja el dulce sabor de la conversación con Haz Ashley, el coordinador técnico de los estudios de radio, con el que tendremos ocasión de hablar más adelante. Extrañamente agudo, Haz resulta ser una de las pocas personas que a simple vista intuyes transparentes. Una especie en extinción en un mundo que a veces parece gobernado por las apariencias.
Los planes para ese viernes tenían que haber terminado allí, pero de repente el Alto Comisionado Adjunto de Trinidad y Tobago llamó a Kamilah y nos encontramos intercambiando opiniones sobre Uganda en un restaurante cerca de Garden City. La conversación sobre las costumbres de los karamojong atrapó de tal manera a ambos que quisieron ver las imágenes que Kamilah tomó en el norte.
¿Conclusión? Una pizza y un proyector en casa de un amigo. Nada de formalidades y muchas risas. De fondo, las imágenes de los guerreros del norte, comunidades que no entienden de edades, que expresan los años con la altura, que nombran a sus hijos con la época del año en la que nacen, que conservan bailes tradicionales. Comunidades que no entienden de países porque la única nacionalidad a la que pertenecen es su tribu. Y éstas hace años que fueron menospreciadas por líneas divisorias sin sentido.
De regreso a casa, el Alto Comisionado nos acerca al Old Taxi Park. Miro alrededor, paisajes que pronto abandonaré. Observando fuera, donde las calles no dejan nunca de respirar vida, veo de repente acercarse un vendedor de periódicos.
“Saturday Monitor”. ¿Comooooo?? Son las 8 de la noche y Uganda vende ya las noticias del día siguiente. Me pregunto a qué hora cerrarán las redacciones si las imprentas han mandado a la calle ya los titulares del día siguiente. Como siempre África es imprevisible. Distinta. Sorprendente hasta el punto de obligarte a reinterpretar las pautas que rigen el mundo. A releer la vida.
Hace dos días la correa del reloj se rompió, convirtiendo el hecho en metáfora del tiempo
El día de ayer iba a ser tranquilo. Una visita a la mezquita de Gadaffi durante la plegaria del viernes y otra a la principal radio televisión de Uganda, Ugandan Broadcasting Corporation (UBC). Lo primero, una experiencia que terminó siendo más espiritual de lo que podría haber imaginado, me sirvió para comprobar que aún quienes nos creemos libres de prejuicios, no tenemos idea de cuán influenciados vivimos por ellos.
Lo segundo resultó ser la confirmación de que, aunque el orden de los factores cambie, aunque los tiempos sean otros, las cosas terminan sucediendo en Uganda. Solo así se puede entender que de los caóticos estudios de grabación de UBC acaben saliendo los boletines de noticias puntuales.
De los dos edificios que integran esta corporación, el espacio televisivo es el más surrealista. La redacción está compuesta por una quincena de escritorios desordenados donde merodean jóvenes periodistas. El jefe de redacción se sitúa en medio, en una mesa diminuta desde la que nos cuenta como se 'organizan' diariamente.
Enfrente, justo al otro lado, se encuentra la sala de edición, compuesta mayormente por hombres que se divierten con nuestra visita. Desde el pasado verano España está asociada para muchos africanos al mundial de futbol. Aunque la relación futbolística de este continente con Europa se remonta a antes de esta victoria. Los ugandeses, como los latinoamericanos, son fervientes seguidores tanto de la liga española como de la inglesa.
La visita en la UBC nos deja el dulce sabor de la conversación con Haz Ashley, el coordinador técnico de los estudios de radio, con el que tendremos ocasión de hablar más adelante. Extrañamente agudo, Haz resulta ser una de las pocas personas que a simple vista intuyes transparentes. Una especie en extinción en un mundo que a veces parece gobernado por las apariencias.
Los planes para ese viernes tenían que haber terminado allí, pero de repente el Alto Comisionado Adjunto de Trinidad y Tobago llamó a Kamilah y nos encontramos intercambiando opiniones sobre Uganda en un restaurante cerca de Garden City. La conversación sobre las costumbres de los karamojong atrapó de tal manera a ambos que quisieron ver las imágenes que Kamilah tomó en el norte.
¿Conclusión? Una pizza y un proyector en casa de un amigo. Nada de formalidades y muchas risas. De fondo, las imágenes de los guerreros del norte, comunidades que no entienden de edades, que expresan los años con la altura, que nombran a sus hijos con la época del año en la que nacen, que conservan bailes tradicionales. Comunidades que no entienden de países porque la única nacionalidad a la que pertenecen es su tribu. Y éstas hace años que fueron menospreciadas por líneas divisorias sin sentido.
De regreso a casa, el Alto Comisionado nos acerca al Old Taxi Park. Miro alrededor, paisajes que pronto abandonaré. Observando fuera, donde las calles no dejan nunca de respirar vida, veo de repente acercarse un vendedor de periódicos.
“Saturday Monitor”. ¿Comooooo?? Son las 8 de la noche y Uganda vende ya las noticias del día siguiente. Me pregunto a qué hora cerrarán las redacciones si las imprentas han mandado a la calle ya los titulares del día siguiente. Como siempre África es imprevisible. Distinta. Sorprendente hasta el punto de obligarte a reinterpretar las pautas que rigen el mundo. A releer la vida.
Hace dos días la correa del reloj se rompió, convirtiendo el hecho en metáfora del tiempo
viernes, 5 de noviembre de 2010
Diario de Uganda: Un rasguño y proseguimos
Hay situaciones extremas, situaciones cómicas y situaciones peligrosas. En algunos sitios las tres van de la mano. En las calles de Kampala casi siempre se solapan.
Luego está lo que Javier Pérez Reverte bautizó como La Situación. El escenario con el que Teresa Mendoza, la protagonista de 'La Reina del Sur' denominaba a los momentos claves en los que uno sabe que la vida cambia. Que en un segundo el futuro se convierte en pasado y ya nada volverá a ser lo mismo.
Cuando uno se monta en un boda-boda sabe que está expuesto a las tres situaciones. Quizás por ello no deja nunca de controlar los camiones y coches que pasan a menos de un metro. Y sobre todo las decenas de otros boda-boda que te rozan mientras te adelantan convirtiendo las distancias mínimas en una ironía destinada a los manuales de conducción.
No hace falta ser muy astuto para deducir que la mayoría de ugandeses conducen sin autorización. Sin haber pasado ningún examen. Lo gracioso del caso es que, a menudo, caminando por las calles del centro, uno se encuentra con un coche destartalado cargando un flamante cartel en la parte superior en el que se exhibe: Coche de auto-escuela. ¿Aprender normas de tráfico en una ciudad donde escasean los semáforos y los pasos de peatones?
La Situación se presenta mientras camino hacia Garden City. Acabo de preguntar una dirección cuando al girarme escucho un fuerte estruendo. Un boda-boda se ha aplastaado literalmente al coche de enfrente. Mientras miro atrás si vienen más vehículos, sufriendo por el pasajero, que se ha caído al suelo, observo el conductor del coche.
Frena, mira por el retrovisor, mueve la cabeza en señal de irónica desaprobación y sigue adelante. Detrás, el pasajero se levanta rápido, se arregla la ropa, mira en ambas direcciones y…¡se sube de nuevo al boda-boda! Vamos, le dice al conductor, que arranca el motor y sigue dirección al destino previsto.
Lo que en Europa involucraría a seguros y terminaría en gritos aquí se queda en unos rasguños en la piel, la ropa arañada y un movimiento de cabeza. Todo ha transcurrido en un minuto. Y en un minuto se desvanece. Prosigue el tráfico. Prosigue la vida. Y La Situación queda atrás como lo que puedo ser y no fue.
Luego está lo que Javier Pérez Reverte bautizó como La Situación. El escenario con el que Teresa Mendoza, la protagonista de 'La Reina del Sur' denominaba a los momentos claves en los que uno sabe que la vida cambia. Que en un segundo el futuro se convierte en pasado y ya nada volverá a ser lo mismo.
Cuando uno se monta en un boda-boda sabe que está expuesto a las tres situaciones. Quizás por ello no deja nunca de controlar los camiones y coches que pasan a menos de un metro. Y sobre todo las decenas de otros boda-boda que te rozan mientras te adelantan convirtiendo las distancias mínimas en una ironía destinada a los manuales de conducción.
No hace falta ser muy astuto para deducir que la mayoría de ugandeses conducen sin autorización. Sin haber pasado ningún examen. Lo gracioso del caso es que, a menudo, caminando por las calles del centro, uno se encuentra con un coche destartalado cargando un flamante cartel en la parte superior en el que se exhibe: Coche de auto-escuela. ¿Aprender normas de tráfico en una ciudad donde escasean los semáforos y los pasos de peatones?
La Situación se presenta mientras camino hacia Garden City. Acabo de preguntar una dirección cuando al girarme escucho un fuerte estruendo. Un boda-boda se ha aplastaado literalmente al coche de enfrente. Mientras miro atrás si vienen más vehículos, sufriendo por el pasajero, que se ha caído al suelo, observo el conductor del coche.
Frena, mira por el retrovisor, mueve la cabeza en señal de irónica desaprobación y sigue adelante. Detrás, el pasajero se levanta rápido, se arregla la ropa, mira en ambas direcciones y…¡se sube de nuevo al boda-boda! Vamos, le dice al conductor, que arranca el motor y sigue dirección al destino previsto.
Lo que en Europa involucraría a seguros y terminaría en gritos aquí se queda en unos rasguños en la piel, la ropa arañada y un movimiento de cabeza. Todo ha transcurrido en un minuto. Y en un minuto se desvanece. Prosigue el tráfico. Prosigue la vida. Y La Situación queda atrás como lo que puedo ser y no fue.
jueves, 4 de noviembre de 2010
Diario de Uganda: Una mzungu en Bujagali Falls
Ser blanca y querer visitar los sitios turísticos con medios locales no siempre combina en la mente ugandesa. Los locales nos asocian con dinero y por lo tanto con taxis privados. Medios cómodos que reduzcan el espacio y el tiempo para llegar a los sitios.
Pero sucede que algunos mzungu no queremos llegar rápido. Porque en este momento y en este lugar no tenemos prisa. Nos interesa más el camino que el destino. Y aunque nos cueste hacerlo entender sabemos que lo conseguiremos.
Lo logramos hoy cuando con kamilah decidimos llegar a las cascadas de Bujagali con un matatu. El viaje de ida y vuelta con un taxi cuesta 20.000Sh. Hacerlo en matatu reduce 10 veces el coste. Pagamos 1.000Sh por trayecto.
Se disminuyen los costes y se multiplica la experiencia. Con capacidad para 10 personas, la pequeña furgoneta termina albergando a 20 más una decena de paquetes. La imagen de los hombres empujando cajas en la parte trasera merece una foto. Acabábamos de negarnos a tomar el matatu anterior por considerar que iba sobrecargado cuando nos damos cuenta que éste termina en las mismas condiciones.
Cuando arranca el vehículo se mueve a derecha e izquierda en una perfecta inestabilidad. Por suerte la carretera es estrecha y el conductor no puede correr aunque quisiera. Viajamos delante, ante la mirada curiosa de locales más acostumbrados a surcar estos caminos para ir a trabajar la tierra.
Llegamos al cruce donde se abre el camino hasta la entrada de las cascadas de Bujagali. Nos queda por recorrer un kilómetro de tierra que nos lleva más de lo previsto. En Uganda a menudo las metáforas nacen en la realidad para infiltrarse en las palabras.
Algunas imágenes parecen surgidas ante sí para convertirse en narración. Predestinadas a quedar inmortalizadas, como este edificio alzado con pedazos de barro que funge, a la vez, como escuela e iglesia. Rodeada a esa hora de la mañana por una decena de niños que no saben retener el impulso de llamarme mzungu.
Mzungu aquí y mzungu más adelante cuando vemos aparecer ese cartel que nos provoca una risa espontánea. “Hassan’s–Mzungu Guest House”.La curiosidad del texto nos hace entablar conversación con los propietarios.
- ¿Conocen California? ¿Son de allí?
- No, señor, no somos de allí pero sabemos donde está el lugar.
- Ah, ok. Mi hijo vive allí, con una americana.
Con una mzungu, pienso. Y de repente entendemos la lógica. Del cartel. No de la realidad que en ese momento aparece en la mente como una fotografía integrada por dos vidas. La de esta familia ugandesa que exhibe su ropa fuera de la choza, expuesto al violento sol africano. Y la otra vida, la de un ugandés en Estados Unidos. Tan cerca en vínculos de sangre. Y tan lejos en comodidades. Un abismo de vidas.
Seguimos caminando solo para descubrir que, tal y como auguró Kamilah anoche, los ugandeses del área rural reinventan a cada suspiro el sentido de la hospitalidad. Pues solo unos metros más adelante, en un nuevo encuentro inesperado, Cassías nos invita a ir a su casa.
Cassías es un entrañable campesino que carga hierba para los animales. Tendrá unos 60 años, escritos en todas y cada una de las arrugas que asoman en el rostro. Es energético y, en el camino a su casa, no para de preguntarnos qué tal es su inglés.
A la llegada le ordena a la vaca que se aparte, nos presenta a la mujer y a su hijo y nos pide que le tomemos fotos. Aunque lo intenta no puede contener la felicidad de tener visitantes en casa.
Llegamos a las cascadas de Bujagali sobre las 12, una hora en la que el sol se siente fuerte sobre la piel. Como las Fuentes del Nilo, este emplazamiento ha perdido parte de su belleza por la construcción de una presa. Y sin embargo, sigue siendo el Nilo. Y los rápidos que asoman en esta parte siguen seduciendo.
El hecho de que no sea fin de semana nos ahorra la visita rodeados de mzungus que llegan en paquetes organizados. Encontramos, sin embargo, otros visitantes improvisados. Alumnos musulmanes de dos escuelas de la zona seducidos muy pronto por la posibilidad de fotografiarse junto a una turista blanca.
“Queremos una foto contigo mzungu”, me dicen medio tímidos mirando la cámara de Kamilah. Hay días de soledad y días de multitudes. Y hoy, sin duda, a pesar de que el Nilo invite a la reflexión, son los demás los que marcan los ritmos. Accedemos a las fotos, con la imprudencia de no recordar que los niños siempre quieren más. Y hoy quieren más imágenes de si mismos con esos extranjeros.
Hay algo de genuino en la inocencia del momento que te impide cortar de raíz con la petición. Algo que tiene que ver con la fascinación por lo diferente. Finalmente ellos son materia exótica para ti de la misma forma que tu lo eres para ellos. La naturaleza del viajero se rige por normas no escritas. Y negar el derecho del local a disfrutarte va en contra de ellas.
El camino de vuelta a la ciudad es más tranquilo. Caminamos cansadas. Serenas. Entramos a Jinja con el matatu, recogemos maletas en el hotel y embarcamos de nuevo rumbo a Kampala. El trayecto sucede tranquilo. Estoy terminando una novela apasionante. Viajo sumergida en la lectura cuando de pronto, a pocos kilómetros de Kampala, se suelta una gallina.
“Grrrrrrrrr”, grita. “Ahhhhhh”, grito yo, del susto. Había sido una vuelta tranquila. Pero me olvidé que en Uganda la calma no existe. Y es lo imprevisible lo que rige el camino. Me río tan fuerte que todo el autobús me mira. Luego pensaré que aún cuando uno cree que el viaje ha terminado, éste marca sus propios tiempos. La vida, al final, sucede a su propio ritmo, ajena a nuestras decisiones.
Pero sucede que algunos mzungu no queremos llegar rápido. Porque en este momento y en este lugar no tenemos prisa. Nos interesa más el camino que el destino. Y aunque nos cueste hacerlo entender sabemos que lo conseguiremos.
Lo logramos hoy cuando con kamilah decidimos llegar a las cascadas de Bujagali con un matatu. El viaje de ida y vuelta con un taxi cuesta 20.000Sh. Hacerlo en matatu reduce 10 veces el coste. Pagamos 1.000Sh por trayecto.
Se disminuyen los costes y se multiplica la experiencia. Con capacidad para 10 personas, la pequeña furgoneta termina albergando a 20 más una decena de paquetes. La imagen de los hombres empujando cajas en la parte trasera merece una foto. Acabábamos de negarnos a tomar el matatu anterior por considerar que iba sobrecargado cuando nos damos cuenta que éste termina en las mismas condiciones.
Cuando arranca el vehículo se mueve a derecha e izquierda en una perfecta inestabilidad. Por suerte la carretera es estrecha y el conductor no puede correr aunque quisiera. Viajamos delante, ante la mirada curiosa de locales más acostumbrados a surcar estos caminos para ir a trabajar la tierra.
Llegamos al cruce donde se abre el camino hasta la entrada de las cascadas de Bujagali. Nos queda por recorrer un kilómetro de tierra que nos lleva más de lo previsto. En Uganda a menudo las metáforas nacen en la realidad para infiltrarse en las palabras.
Algunas imágenes parecen surgidas ante sí para convertirse en narración. Predestinadas a quedar inmortalizadas, como este edificio alzado con pedazos de barro que funge, a la vez, como escuela e iglesia. Rodeada a esa hora de la mañana por una decena de niños que no saben retener el impulso de llamarme mzungu.
Mzungu aquí y mzungu más adelante cuando vemos aparecer ese cartel que nos provoca una risa espontánea. “Hassan’s–Mzungu Guest House”.La curiosidad del texto nos hace entablar conversación con los propietarios.
- ¿Conocen California? ¿Son de allí?
- No, señor, no somos de allí pero sabemos donde está el lugar.
- Ah, ok. Mi hijo vive allí, con una americana.
Con una mzungu, pienso. Y de repente entendemos la lógica. Del cartel. No de la realidad que en ese momento aparece en la mente como una fotografía integrada por dos vidas. La de esta familia ugandesa que exhibe su ropa fuera de la choza, expuesto al violento sol africano. Y la otra vida, la de un ugandés en Estados Unidos. Tan cerca en vínculos de sangre. Y tan lejos en comodidades. Un abismo de vidas.
Seguimos caminando solo para descubrir que, tal y como auguró Kamilah anoche, los ugandeses del área rural reinventan a cada suspiro el sentido de la hospitalidad. Pues solo unos metros más adelante, en un nuevo encuentro inesperado, Cassías nos invita a ir a su casa.
Cassías es un entrañable campesino que carga hierba para los animales. Tendrá unos 60 años, escritos en todas y cada una de las arrugas que asoman en el rostro. Es energético y, en el camino a su casa, no para de preguntarnos qué tal es su inglés.
A la llegada le ordena a la vaca que se aparte, nos presenta a la mujer y a su hijo y nos pide que le tomemos fotos. Aunque lo intenta no puede contener la felicidad de tener visitantes en casa.
Llegamos a las cascadas de Bujagali sobre las 12, una hora en la que el sol se siente fuerte sobre la piel. Como las Fuentes del Nilo, este emplazamiento ha perdido parte de su belleza por la construcción de una presa. Y sin embargo, sigue siendo el Nilo. Y los rápidos que asoman en esta parte siguen seduciendo.
El hecho de que no sea fin de semana nos ahorra la visita rodeados de mzungus que llegan en paquetes organizados. Encontramos, sin embargo, otros visitantes improvisados. Alumnos musulmanes de dos escuelas de la zona seducidos muy pronto por la posibilidad de fotografiarse junto a una turista blanca.
“Queremos una foto contigo mzungu”, me dicen medio tímidos mirando la cámara de Kamilah. Hay días de soledad y días de multitudes. Y hoy, sin duda, a pesar de que el Nilo invite a la reflexión, son los demás los que marcan los ritmos. Accedemos a las fotos, con la imprudencia de no recordar que los niños siempre quieren más. Y hoy quieren más imágenes de si mismos con esos extranjeros.
Hay algo de genuino en la inocencia del momento que te impide cortar de raíz con la petición. Algo que tiene que ver con la fascinación por lo diferente. Finalmente ellos son materia exótica para ti de la misma forma que tu lo eres para ellos. La naturaleza del viajero se rige por normas no escritas. Y negar el derecho del local a disfrutarte va en contra de ellas.
El camino de vuelta a la ciudad es más tranquilo. Caminamos cansadas. Serenas. Entramos a Jinja con el matatu, recogemos maletas en el hotel y embarcamos de nuevo rumbo a Kampala. El trayecto sucede tranquilo. Estoy terminando una novela apasionante. Viajo sumergida en la lectura cuando de pronto, a pocos kilómetros de Kampala, se suelta una gallina.
“Grrrrrrrrr”, grita. “Ahhhhhh”, grito yo, del susto. Había sido una vuelta tranquila. Pero me olvidé que en Uganda la calma no existe. Y es lo imprevisible lo que rige el camino. Me río tan fuerte que todo el autobús me mira. Luego pensaré que aún cuando uno cree que el viaje ha terminado, éste marca sus propios tiempos. La vida, al final, sucede a su propio ritmo, ajena a nuestras decisiones.
miércoles, 3 de noviembre de 2010
Diario de Uganda: Reinventar la hospitalidad
Han pasado casi dos meses desde que pisé por primera vez esta tierra. Lo preceden otros viajes en otras tierras. Con otras personas, otros protagonistas. Experiencias donde siempre las personas escribieron las conclusiones del viaje. Pues es la gente, al final, la que sentencia la exploración de mundos lejanos.
He viajado desde que tenía 13 años. Y siempre he regresado a casa con muchos más conocidos y algunos amigos a los que el tiempo no ha dado sepultura. Sé que tiene mucho que ver, en ello, mi carácter abierto. Soy una apasionada de las personas. A pesar de haber atravesado épocas de profunda introspección he aprendido que las necesito tanto como a las palabras.
Por alguna extraña razón vinculada al embrujo que envuelve este país, África eleva esta pasión a la décima potencia. Me encuentro hablando con improvisados amigos en los matatus, en las esquinas de Kampala, detrás de los hombros de los boda-bodas.
Y luego, de repente estoy sellando estas conversaciones con intercambios de correos. Tomando, al final, cafés con esos nuevos personajes en encuentros donde la protagonista raramente soy yo. Tampoco ellos. Son las risas, que de alguna forma se han convertido en la forma más sincera de leer Uganda.
Sentada en la terraza de un modesto hotel de Jinja, al que hemos llegado con Kamilah, después de dos horas de autobús, me encuentro de repente inmersa en una de estas situaciones. Solo que la conversación nace ahora del más absurdo de los comentarios. Unos calcetines negros graciosos, unas risas, una marca de cerveza que no he probado y de repente conocemos a Uncle Ben.
- ¿Y? ¿Qué les parece la Bell?
- ¡La mejor que he probado hasta el momento, Sebbo!
Sebbo es la traducción de señor en Luganda, el idioma local más hablado. Y la Bell, exquisita en el punto perfecto para no embriagar, casa perfectamente con la elegancia de la palabra. Es menos suave que la Nile y más fuerte que la Tusker.
Uncle Ben debe ser un personaje conocido en la zona. Vestido de blanco, con una panza que habla por sí sola de su situación económica, es saludado por muchos de los habitantes de este municipio. Intercambiamos información indispensable. Lugares de procedencia, razones del viaje y la ineludible pregunta: ¿Y qué les parece Uganda?
"Uganda me apasiona, Sebbo. Este es un paraíso natural, que no siempre humano". Se ríe. Conectamos pronto. Está sentado con su sobrino Jeremy y un amigo. Se tiene que ir pronto pero le encarga a Jeremy que nos lleve a Las Fuentes del Nilo. "¿Es tan espectacular como dicen, Sebbo?" Increíble. Vayan y me cuentan.
Uncle Ben le deja el coche a Jeremy que nos regala una tarde espectacular. Primer contacto con el nacimiento del Nilo, agradables conversaciones, risas y momentos de silencio. El lugar requiere de calma. No es por nada que Gandhi lo eligió como uno de los sitios donde quiso que desperdigaran sus cenizas tras su muerte.
Las Fuentes del Nilo perdieron parte de su encanto cuando la construcción de la presa de Owen en los años 50 eliminó el espectacular paisaje de las cascadas de Ripon, que visualizó el explorador británico John Speke en 1862. Sin embargo, el mero hecho de estar al inicio del largo trayecto que el Nilo recorre hasta el Mediterráneo sigue haciendo del lugar un espacio insólito.
Jeremy se divierte con nuestras apreciaciones del lugar. No hay como ver gozar al extranjero con lo propio. Redescubrir lo que es rutina en ojos del otro. Disfruta tanto que se entusiasma y nos lleva con el coche a otros rincones, espacios desde donde descubrimos nuevos ángulos del mismo corriente.
Para terminar el recorrido Jeremy nos lleva a una sombría orilla, un rincón donde la belleza del Nilo se mezcla con la crudeza de la vida. Un suburbio en el que se produce carbón. Donde la comunidad no bebe del Nilo sino que vive de su corriente. De poder transportar el carbón y venderlo en la otra orilla.
Pienso, como tantas otras veces, en lo literario del continente. La belleza visual no debería poder mezclarse con la vulgaridad de algunas formas de vida. Con las ojeras que produce la pobreza en estos habitantes que nos miran sin entender qué hay de excepcional en ese paraje.
Regresamos al hotel mientras empieza a bajar el sol. Uganda me regala en este último tramo de estancia días perfectos. En el trayecto de vuelta nos miramos con Kamilah. Cómplices de viaje. Conscientes de que a veces la suerte llama a tu puerta. O que quizás, sin querer, la abracemos con el simple deseo de querer absorber lo más simple del viaje.
Por la noche nos acercamos al bar del hotel y sin querer queriendo terminamos jugando a billar con otras, nuevas amistades improvisadas. A las 11 nos retiramos, cansadas de un día eterno. Poco antes de dormirme, con los ojos ya cerrados Kamilah hace balance. "Esta gente simplemente reinventa la hospitalidad". Sonrío mientras siento pesados los párpados y ligera la felicidad.
He viajado desde que tenía 13 años. Y siempre he regresado a casa con muchos más conocidos y algunos amigos a los que el tiempo no ha dado sepultura. Sé que tiene mucho que ver, en ello, mi carácter abierto. Soy una apasionada de las personas. A pesar de haber atravesado épocas de profunda introspección he aprendido que las necesito tanto como a las palabras.
Por alguna extraña razón vinculada al embrujo que envuelve este país, África eleva esta pasión a la décima potencia. Me encuentro hablando con improvisados amigos en los matatus, en las esquinas de Kampala, detrás de los hombros de los boda-bodas.
Y luego, de repente estoy sellando estas conversaciones con intercambios de correos. Tomando, al final, cafés con esos nuevos personajes en encuentros donde la protagonista raramente soy yo. Tampoco ellos. Son las risas, que de alguna forma se han convertido en la forma más sincera de leer Uganda.
Sentada en la terraza de un modesto hotel de Jinja, al que hemos llegado con Kamilah, después de dos horas de autobús, me encuentro de repente inmersa en una de estas situaciones. Solo que la conversación nace ahora del más absurdo de los comentarios. Unos calcetines negros graciosos, unas risas, una marca de cerveza que no he probado y de repente conocemos a Uncle Ben.
- ¿Y? ¿Qué les parece la Bell?
- ¡La mejor que he probado hasta el momento, Sebbo!
Sebbo es la traducción de señor en Luganda, el idioma local más hablado. Y la Bell, exquisita en el punto perfecto para no embriagar, casa perfectamente con la elegancia de la palabra. Es menos suave que la Nile y más fuerte que la Tusker.
Uncle Ben debe ser un personaje conocido en la zona. Vestido de blanco, con una panza que habla por sí sola de su situación económica, es saludado por muchos de los habitantes de este municipio. Intercambiamos información indispensable. Lugares de procedencia, razones del viaje y la ineludible pregunta: ¿Y qué les parece Uganda?
"Uganda me apasiona, Sebbo. Este es un paraíso natural, que no siempre humano". Se ríe. Conectamos pronto. Está sentado con su sobrino Jeremy y un amigo. Se tiene que ir pronto pero le encarga a Jeremy que nos lleve a Las Fuentes del Nilo. "¿Es tan espectacular como dicen, Sebbo?" Increíble. Vayan y me cuentan.
Uncle Ben le deja el coche a Jeremy que nos regala una tarde espectacular. Primer contacto con el nacimiento del Nilo, agradables conversaciones, risas y momentos de silencio. El lugar requiere de calma. No es por nada que Gandhi lo eligió como uno de los sitios donde quiso que desperdigaran sus cenizas tras su muerte.
Las Fuentes del Nilo perdieron parte de su encanto cuando la construcción de la presa de Owen en los años 50 eliminó el espectacular paisaje de las cascadas de Ripon, que visualizó el explorador británico John Speke en 1862. Sin embargo, el mero hecho de estar al inicio del largo trayecto que el Nilo recorre hasta el Mediterráneo sigue haciendo del lugar un espacio insólito.
Jeremy se divierte con nuestras apreciaciones del lugar. No hay como ver gozar al extranjero con lo propio. Redescubrir lo que es rutina en ojos del otro. Disfruta tanto que se entusiasma y nos lleva con el coche a otros rincones, espacios desde donde descubrimos nuevos ángulos del mismo corriente.
Para terminar el recorrido Jeremy nos lleva a una sombría orilla, un rincón donde la belleza del Nilo se mezcla con la crudeza de la vida. Un suburbio en el que se produce carbón. Donde la comunidad no bebe del Nilo sino que vive de su corriente. De poder transportar el carbón y venderlo en la otra orilla.
Pienso, como tantas otras veces, en lo literario del continente. La belleza visual no debería poder mezclarse con la vulgaridad de algunas formas de vida. Con las ojeras que produce la pobreza en estos habitantes que nos miran sin entender qué hay de excepcional en ese paraje.
Regresamos al hotel mientras empieza a bajar el sol. Uganda me regala en este último tramo de estancia días perfectos. En el trayecto de vuelta nos miramos con Kamilah. Cómplices de viaje. Conscientes de que a veces la suerte llama a tu puerta. O que quizás, sin querer, la abracemos con el simple deseo de querer absorber lo más simple del viaje.
Por la noche nos acercamos al bar del hotel y sin querer queriendo terminamos jugando a billar con otras, nuevas amistades improvisadas. A las 11 nos retiramos, cansadas de un día eterno. Poco antes de dormirme, con los ojos ya cerrados Kamilah hace balance. "Esta gente simplemente reinventa la hospitalidad". Sonrío mientras siento pesados los párpados y ligera la felicidad.
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