martes, 27 de octubre de 2009

Desde el privilegio de las primeras impresiones

¿Se pueden imaginar la ciudad más anti-ciudad? Repleta de edificios sorpresivamente bajos en una urbe que es capital, sumida en un caos increíble aunque cada vez más familiar entre los ladrones de ciudades latinoamericanas, una metrópoli tan carente de glamour que ni los edificios gubernamentales pelean por querer destacar, una suma de edificios en apariencia organizados pero a la vez en absoluto desordenados. ¿Se imaginan el caos entre el caos? ¿La desidia escrita en las fachadas?

Ciudad donde no hace falta acudir a las cifras para detectar la alta presencia indígena, ciudad que llora pobreza por los poros de cada ciudadano apostado en paradas de comida itinerantes, en las manos castigadas de sus habitantes; ciudad de clases sociales demasiado fragmentadas que se leen en los rostros, en los vestidos y en las miradas. Esa mirada de quien te adula por la tela de tus ropas, por la blancura de la piel europea que uno quisiera a veces poder esconder…el odioso respeto por pertenecer a otra tierra, el irrenunciable halago hacia el blanco…Aquí antónimo de indio. De indígena.

La ciudad que respira gracias a sus árboles, a los bosques que la mecen en un abrazo por proteger lo débil entre lo más endeble, logrando así hacer de la pobreza –chozas entre vertientes de montaña- una miseria menos implacable. Vida vegetal donde escasea la dignidad humana. Verde para esconder el gris de las necesidades insatisfechas. Las más básicas hechas pedazos.

Esa es Ciudad de Guatemala. La tan temida urbe centroamericana, por acoger en su regazo a bandas juveniles cuyo nombre conoce el mundo entero. ¿Violenta? Hay quienes aseguran que sí, que acá la realidad no es mera ficción, otros que te hablan de la habitual precaución, españoles que nunca la sufrieron, guatemaltecos que han sido víctimas al menos una vez de asaltos. La realidad, como siempre, resulta ser el gran tesoro escondido en el manto de la experiencia personal. Sin la cual resulta imposible hablar con certidumbre.

Viajamos a estos países por esa necesidad imperiosa de ver con nuestros ojos las denuncias que queremos dejar escritas, en combinaciones de letras que pocas veces impactarán donde la voluntad política no quiera incidir. Huimos de la modernidad de países como Chile o Argentina por esa terquedad en conocer, de entre lo menos digno, lo más extremo. Y así, asegurarnos que cuando hablemos de derechos humanos tendremos grabados las imágenes de esas escenas donde el mero nombre es ilusión. De cuya ausencia queremos reportar, a menudo desde tronos de oro ¿Para qué engañarnos?

“Nos apasionan estos mundos pero en realidad cuando uno mira por la ventana ve un mundo tan decadente”, le comentaba a una compañera del periódico hace un rato. “Sí, pero te acostumbras”, me respondía. ¡Y cuanto te acostumbras! Pensaba. Te acostumbras des de antes de llegar, cuando dibujas en ese esquema mental de la ciudad el diseño de la peor urbe que podrías encontrarte. Esa ciudad, al lado de la cual, como muy bien me dijo una amiga hace un tiempo, Lima resulta ser un paraíso.

Paraíso o no, acostumbrarse –antes o después- es tan sólo el marco necesario para vivir la experiencia escogida. Porque por ella sacrificamos la estética de la arquitectura. Sacrificamos el amor, la familia, algunos amigos, la tierra, algunas comodidades.

Y todo, todo….por la necesidad de conocer otros mundos. Realidades que, cuanto más duras, sabemos que más nos enriquecerán. Porque frente a las huellas que acá podamos dejar nosotros, se grabarán para siempre, en nuestra consciencia, las experiencias aquí vividas.

De su gente. Y de su realidad. …Esta que en esos días empiezo a degustar. Tan apasionante por enmarcarse en mi vuelta al periodismo escrito justo donde lo social es la prioridad. Tan transitable por gozar de la suerte de encontrarme con esas personas que se van cruzando en el camino muy pronto, muy amigablemente…sin dejar que la soledad asome entre los miedos. Con el apacible gozo del viaje más tranquilo.

sábado, 24 de octubre de 2009

La llegada inminente

Las 10.10h. Veinte minutos más tarde de lo previsto y aún así, muy pronto para tomar el segundo vuelo del día. El anterior, NY-Atlanta resultó tan sólo un mero tránsito, la confusión de un pasaje afrontado con mucho sueño y más cansancio. Pero ahora, aunque las horas no desvanecen el agotamiento, ahora todo tiene otro color.

Emerjo de la somnolencia que me llevó de Times Square al aeropuerto de Newark y de ahí a Atlanta en un vuelo no poco accidentado. Despierto de ese estado de resistencia al cansancio que te permite estar vivo sin sentirte con vida. Tal cual el piloto automático de ese avión en el que me siento rodeada por dos graciosas abuelas que se dedican a escribir impresiones en un bloque a rallas mientras abren la guía de Guatemala.

Quedan atrás los esfuerzos por arrastrar maletas, la vista de Manhattan en plena madrugada –tan épica, tan inacabable aunque se observara mil veces- la absurda pelea de un sobrepeso insignificante que me obligó a exhibir mis ropas ante otros viajeros, la despedida a la que empezamos a estar familiarizados –no porque sean menos dolorosas sino porque sabemos que cada vez que nos encontramos trazamos más vínculos comunes-, los controles policiales –más exhaustivos de lo habituales en ese país obsesionado por las fronteras-, el tren que tomé en una carrera por no perder el enlace con este último avión.

Todo queda atrás ahora. Todo lo angustiante. El deseo de aterrizar en esta nueva tierra se lo ha llevado todo por delante. Es el último trazo de un dibujo ideado a mediados de agosto. El último vuelo. Antes de resolver la incógnita sobre cómo será este nuevo destino. Guatemala. Llego ahí después de dos intensas semanas en otra tierra, Occidental como la mía pero sorprendente y alentadora. Regazo donde puede que esté escrito el jeroglífico de nuestro destino común. Y las puertas de una formación exclusiva. Los quizás. Los ansiados. Los mensajes que nos hacen caminar.

Nueva York nos recibió con un golpe de aire. Fueron días gélidos en los que la ciudad nos mostró el temprano rostro del frío que azota la City en invierno. Y aún así, ni el frío ni la lluvia, compañera de viaje durante la primera semana, nos impidieron caminar por algunos de los barrios más significativos de esa ciudad, eternamente inmortalizada a través de las pantallas.

Des de la céntrica Times Square hasta el financial district, pasando por Soho –cuna de las grandes firmas-, Chinatown –la ciudad donde uno puede olvidarse que está en NY-, Litlle Italy,… fueron decenas de horas las paseadas en calles siempre sorprendentes. Cruzamos el puente de Brooklyn, tan rememorado a través de las palabras. Caminamos galerías y galerías de museos: el inacabable Metropolitan y el saturado MOMA en una tarde de viernes.

Rozamos el Guggenheim tan sólo con la mirada exterior después de habernos deslumbrado ante la exquisita vista del NY escondido tras los parques del Central Park. Un must en la visita a la City. Un respiro entre tanto edificio desafiante, inalcanzable con la mirada. Techos, los que allí retan el visitante, que dibujan figuritas en lugar de personas. Vistas que proporcionan esa única escena que es Manhattan. Desde donde es posible, y sólo así, entender ese entramado de rascacielos que trazan el skyline de la ciudad. Imágenes que entendimos con el ascenso –mítico pero obligado- al simbólico Empire State.

Sólo desde ahí es posible entender que en esta ciudad todo mira hacia arriba. Más y más arriba. Y por eso, esta es la cuna de la música, del teatro, de la literatura….Del arte, en definitiva, aunque también de la multiculturalidad, donde una llamada puede ser atendida en más de 140 idiomas. Esta es la ciudad de todos aquellos que quieren abandonar el anonimato. La ciudad de los sueños. De las aspiraciones. Donde todo ocurre, lo bueno y lo malo, en cantidades australes.

Y así, paralelos a los sueños, corren ríos de deshechos en las calles, enjambres de personas recorren las venidas atados al vaso de café de una famosísima marca, corren las ratas en las infinitas bifurcaciones de un metro muchas veces confuso, demasiado antiguo, demasiado descuidado…

…Contradicciones…

…En una ciudad que recordaré por esa imagen de un skyline extrañamente familiar y a la vez tan desconocido, tan nuevo, tan explorable…aunque más que sus edificios será la música ahí escuchada la que decore el recuerdo de Nueva York. La sesión de jazz africano en un bar no tan perdido de Harlem y los ritmos, las voces, la emoción sentida escuchando Gospel entre tantos fanáticos entregados a la religión. Esa que sin compartir nos llevó a dejarnos arrastrar por los cantos, a formar parte –por unos minutos- de este entusiasmo compartido.

Despega el avión de Atlanta. Escucho el ruido de las ruedas replegarse. Se dibuja en las ventanas la imagen vertical de cuando el avión se dirige muy arriba, más allá de las nubes. Vuelvo a viajar sola. Aunque su recuerdo es tan fuerte que casi puedo hablarle. Está sentado en cada momento que vivo.

Debo dormir. Aprovechar la somnolencia generada por el vuelo para robarle espacio al cansancio. Y así vivir de veras la llegada. Cierro los ojos. Sé que cuando los abra se abrirá ante mí un nuevo mundo. Una nueva vida. Experiencias…

miércoles, 7 de octubre de 2009

Refugio de paz


Tendría 16 años cuando cada mañana, al despertar, él prendía la radio, ponía play en el mismo CD, la misma canción y sonaba la misma frase: ‘Cumbia, cumbia…’. El ritmo conocido, repetitivo día tras día, hacía que mi hermana y yo nos miráramos y sonriéramos. Era la tortura musical de cada día, la canción con la que nos despertábamos a propósito de otro. Un episodio que hoy recordamos cuando reivindicamos aquella época en que los tres vivíamos todavía en casa

Hoy, cuando la vida nos ha llevado algunos a volar muy lejos de vez en cuando y a otros, a privilegiar lo cotidiano, cercano y familiar, rescato a menudo ese momento, al empezar el día, para brindar un alegato no a favor de esos tiempos pero sí de ese espacio que me vio nacer. Porque, a diferencia del pasado, que nunca regresa, algunos lugares permanecen a pesar de los días, convirtiéndose así en el mejor refugio de paz.

En ese baúl, donde no se esconden tesoros pero sí piedras preciosas de una infancia y una juventud, analizo las pasiones, apaciguo la nostalgia y aliento el camino del porvenir, redibujando hoy puentes de madera que un día construí con aire de las nubes. Camino sin más mirada observadora que la que está endeudada conmigo misma. Y duermo, en semanas como ésta, con la luz de la luna mucho más cerca que donde los rascacielos recortan pedazos de su imagen.

Aquí descanso, cuando me lo permite la obsesión por conocer. Y respiro, un aire mucho más puro que el que enturbia las calles de las ciudades. Tomo el fresco, como lo suelen decir en esos rincones de comarca, cada verano cuando el sol castiga demasiado de día. Y pongo a prueba la paciencia mientras otros dan rienda suelta a la curiosidad. ¿Esa es Slegna? ¿La hija de tal y cual? ¿La de can…? ¿Y a qué se dedica ahora? ¿Donde vive?

Esa soy yo, señores vecinos de mi pueblo. Apasionada por lo diferente, por eso que algunos han venido a denominar la alteridad. El ingrediente intrínseco de algunos que, con los años, vimos disminuir el sentido de nacionalidad porque, como bien me recordaran hace poco, un día nos dimos cuenta que ciudadanos ciudadanos sólo lo somos del mundo. Aunque suene a tópico.

Más tópico resulta hacernos creer que pertenecemos a un espacio delimitado por algo físico llamado fronteras, cambiante con los años y donde pueden salir cuantos quieran pero entran a cuenta gotas los otros, demasiado pobres, demasiado distintos. O pretender hacernos sentir iguales a los miembros de una unión política que en nada se conocen porque comparten poco más que intereses comerciales.

Sucede, creo, que el sentido de pertenencia, la patria, el amor por lo propio, no se compran con discursos políticos. Se sienten y se viven desde la bandera de la libertad. Y tampoco de la libertad que nos venden sino de esa que escogemos cada uno. La que nos permite elegir, a cada uno, de donde somos, cual es nuestra tierra y, sobre todo, donde nos sentimos en casa.

Y eso sí, no presenta duda alguna. Nos lo susurran los recuerdos, una calidez inexplicable, la necesidad de regresar –aunque partamos mil veces-, la naturalidad del vivir. Ésta, la casa que es hogar, es la verdadera patria. Ése, el pueblo que nos vio nacer, aún cuando rechacemos ser parte de él, es el verdadero refugio.

Allí están los nuestros: conocidos y familiares pero sobre todo recuerdos. Y las imágenes, que tan pronto se grabaron en nuestro inconsciente, haciéndonos quienes somos por haber jugado al aire libre y haber surcado con motos los caminos sin asfaltar. Y haber nacido cerca de animales, entre árboles y descampados, en medio de una libertad que tal vez, muy paradójicamente, nos diera las alas para abandonar esta tierra e irnos lejos, muy lejos de aquí. Donde siempre regresamos…

miércoles, 30 de septiembre de 2009

Llantos

Viajaba de vuelta. De regreso de un destino por el que pasé de forma transitoria, siempre siendo consciente que era eso, un soplo de experiencia en el tiempo, que nunca decidí vivir con la consistencia que he mordido otras ciudades. Un paso más en la búsqueda de...de un imaginario que existe en tanto que se sueña, que se contruye y se edifica con los párpados de esa visión que llamamos futuro.

Tan transitorio hasta que paré el fluir del tiempo y decidí mirar por la ventana. Incliné la cabeza para poder observar bien el paisaje que discurría ante mí. Y me atreví a mirar. Durante diez minutos. Veinte quizás. Quieta, apoyada la cabeza en mis manos, observada por quienes iban pasando por la cafetería de este tren que une dos ciudades principales. Sin ni siquiera darle importancia a las suposiciones que podría despertar entre aquellos que no entienden que a veces uno simplemente necesita mirar. Pararse y mirar. Percatarse. Frenar la velocidad con la que escojo vivir la mayoría del tiempo.

Luego regresé al asiento asignado. Intenté leer. Pero pudo más el llanto de esa niña que viajaba pocos metros más atrás. Así que cogí los audífonos y me dejé llevar por la película de turno. Podía haber sido cualquier historia banal pero resultó tratar sobre el valor, ése que lleva algunos seres humanos a decidir hacer algo por los demás. Aún cuando la excusa sea la más obvia de todas cuanto existan: el amor. No vería más de 15 minutos. Los últimos 15 minutos. Y aún así intensos. Más para quienes seguirían el argumento.

Poco antes de terminar percibí el gesto con el que algunos fanáticos de exhibir el dolor en salas oscuras intentamos disimulamos el llanto. Era consciente que la mínima distancia que nos separaba haría que me percatara. Y aún así, no disimuló. Más aún, en cuanto terminaron las últimas escenas, se giró, me miró directo a los ojos y me pidió que le dejara pasar. Al verle, ver ese hombre llorar con una imágenes fingidas sentí una profunda ternura mezclada de ironía.

Hacía tiempo que no veía a un hombre llorar. No es defensa del tópico. Tampoco apología de él. El último creo que fue mi hermano al verse obligado a despedirme antes de una partida inminente. ÉL (amor) no llora. Dice que no le surgen las lágrimas y nos bendice a los que podemos. Prefiere escribir poemas en un pañuelo. Y ÉL (amigo eterno de cines), simplemente se ríe de mí cada vez que suelto emociones entre espectadores que aguantan, más o menos, pero que no tiran tan rápido de kleenex.

Con los años a veces observo con pánico que lloro menos. Que aguanto más los adioses, las despedidas de amigos con los que he compartido épocas que, mejores o peores, pero que ante todo no se repetirán. Y no sé si alegrarme porque he aprendido a fluir en los mares de sentimientos a los que estamos condenados los que llegamos un día a sitios de los que somos conscientes que desertaremos pronto.

O, por el contrario, lamentarme de eso por lo que abogo desde que descubriera el sabor de la intensidad: la pasión. Por ellos (amores), por ellas (amistades), por los momentos, por algunas imágenes, por las ciudades, por los vientos que susurran misterios, por las noches, por las palabras...Por todo aquello que nunca se paga y que, sin embargo, atesora lo más esencial del vivir.

¿Será que aprendemos a cubrirnos las espaldas de las lágrimas que acechan con su libertad cuando y donde quieran? ¿O que debemos aceptar que la madurez es, también, sentir menos o más espaciado? ¿O que algunas épocas se tiñen de sobresaltos continuos mientras en otras necesitamos la apaciguada calma para hacer trabajar otros sentidos? ¿Y que siguen siento infinitas las sensaciones?

Mientras intento resolver el enigma, recuerdo con curiosidad esa sensación que atravesó mi mente mientras le miraba a los ojos. Y el agradecimiento profundo de recordarme que algunos (hombres y mujeres) todavía lloran al perderse en una pantalla de imaginación que recrea el valor.

martes, 1 de septiembre de 2009

Mares


No nací al lado del mar, más bien al contrario, tierra adentro donde necesitabas al menos una hora para poder ver el inmenso espacio azul al que dejan lugar las arenas de nuestra costa. Fui sólo picoteando pedazos de su aroma, gotas de su sabor durante los años de mi juventud.

Guardo en la terraza costera del piso de un ex las mejores risas de ese momento, cuando las necesidades eran tan distintas y la materia indefinida. Lejos de lo que somos ahora. Atesoro también en un mar los recuerdos de otra costa, irlandesa, pisada a los 18 años con el hambre de vida cobijado en la mirada que todavía me persigue. Un año después lo tomaría por compañero. Era otro mar, más asequible. Más cercano. Igual sinónimo de libertad que todos los anteriores. Cobijaba los secretos de toda una ciudad: Barcelona.

Durante los seis años que pasé en la ciudad, entregué decenas de veces el secreto de lo interior a esas aguas. Era el baúl de los pensamientos regalados al aire que a menudo necesitamos soltar pero no demasiado alto. Él se los llevaba lejos, se iban sin destino. Me he pasado largas horas mirando el movimiento de las olas, observando la inmensidad de cada mar en el que me he asomado. En el Adriático, en el Pacífico, en el Mediterráneo o en el Atlántico, tan diferentes todos ellos, he olido con la misma furia la esencia de la inmensidad.

En los últimos meses he pensado y repensado el concepto de inmensidad. Y analizado si se encuentra mar adentro, donde todo es movimiento e intriga. Donde la constante es la búsqueda y la novedad. O por el contrario, en las aguas tranquilas de cerros vallados. Entre la calidez de quienes garantizan seguridad, donde nada se mueve demasiado si tú no lo autorizas. Y así no hay regresar que poner en orden, no hay vuelta que reparar. Puedes edificar dentro tu albergue de felicidad, que los aires de tormenta sólo mecerán lo mínimo de la estabilidad.

En estos días, que regreso a la casa y el pueblo donde nací, observo con extrema curiosidad la vida de aquellos que me rodean. Amigos y conocidos que han sentado ya las bases de los próximos años de su vida, los muros de la casa. Siempre tan en condicional como sorpresiva la vida, sin duda. Y al verlo, si bien pueden llamarme en un principio las tentaciones del confort, termino siempre huyendo de esa definida estabilidad.

Me miento a veces que quisiera mi hogar, mi alma gemela, tal vez, haber encontrado mi lugar en el mundo. Pero luego, al observar con los ojos de la sinceridad que todos poseemos, aunque a veces engañados, me encuentro en la misma necesidad de movimiento de hace 10 años cuando pisé las arenas de Rush, esa localidad irlandesa donde tantas veces me senté a mirar lo frenético de las olas. Y entonces me doy cuenta que mi estado es el movimiento y que el resto no es que uno no lo encuentra, sino que no lo quiere. Huir es la forma más fácil de rechazar lo que creemos querer pero en el fondo no deseamos.

Me muevo a menudo. Entre ciudades, entre amigos, entre páginas de libros sin los que no sé vivir, entre debates que enriquecen mi ser, entre calles y mares de ciudades con costa, entre dudas, entre peleas por el querer ser, entre sueños, entre palabras. Y por duro que a veces sea la incertidumbre que ese pasear conlleva, no podría vivir sin ello. Sin ese movimiento que a todo le da sentido. En su ausencia, se congela el júbilo, se congela el amor, la magia, el aire que mece los sentidos y la necesidad de vivir.

Se van las olas y llega el desierto…

domingo, 19 de julio de 2009

Prefiero La Duda


No tengo la solución al gran amor de mi vida. Siento, por un lado, que le amo como nunca he amado antes. Y aún así, me dejé seducir por una tierra desconocida antes que repetir esa su ciudad que me es ajena y triste la mitad del año. Me dejé fascinar antes por la curiosidad de nuevos mundos que caer rendida a los pies de otra parte de mí. La que siente, quiere, desea y se entrega al amor “¿Pero tú, donde quieres vivir?” , me preguntaba hace poco una amiga. “No lo sé, todavía no he encontrado mi lugar en el mundo”, le contesté con todo el sosiego que otorga la sinceridad.

No. No sé aún el nombre de la ciudad que cobija el secreto de mi permanencia. Ni conozco el hombre que se sentará un día a mi lado a narrarme historias y se quedará para siempre, robándome las ansias de volar hacia otras partes. O si ya lo encontré y simplemente lo dejé volar yo a él. Tampoco tengo identificado, en la incierta bola de cristal del futuro, el sitio donde quedarán escritos mis análisis, mis textos, mis crónicas. Todas esas historias que quiero volcar en un papel.

Pero sé aquello que no quiero. Y tal vez por ello, aún cuando mi interior me inquieta con eternos cuestionamientos, mi exterior, reflejado en la voz de aquellos que me conocen, se tiñe de afirmaciones de seguridad insensata. Y así, sigo escuchando en todas las ciudades por las que paso esa frase de la que, cada vez más, me río: “¡Es que tu sabes tan claro lo que quieres!”. No, señores, no sé todo lo que quiero. Ni estoy convencida de acertar cuando dejo huir algo o alguien que tal vez forme parte de mí más que cualquier otra cosa.

Pero sé lo que me mueve. Conozco el hilo de la pasión porque es el único que me gobierna, cuando no apremia la economía, que al final, no es más que un sendero que hay que conocer para saber huir de él. O para aprender que, en paralelo, se pueden recorrer otros caminos. Los verdaderamente importantes. He aprendido a identificarlos. A capturar las letras y las discusiones que me dan vida. Y desecho, así, todas las cárceles que podrían capturarme con fáciles tentaciones. Prefiero la aventura. La vida sincera. Sincera a los deseos y a las creencias. Porque es la que hace que aparezcan gusanos en el estómago.

No sé porque es todo tan difícil”, me decía hace poco una buena amiga. La familia al otro lado del Atlántico, la pareja que le es compañía pero no amor, los amigos que se alejan, las ciudades que no siempre llenan. “No sé porque todo es tan difícil a veces pero sé que tenemos aquello que a tantos les falta: motivación”, le contesté.

Y sí, resulta que el camino que casa la sinceridad con las pasiones presenta más obstáculos que la rendición a un modelo. Pero no, querida, esa no es nuestra forma de vivir. Y tal vez por ello, aún cuando nuestro camino sea el más incierto –porque está desposeído de propiedades, de parejas, de países a los que establecerse, de trabajos permanentes- nuestra idea de lo que queremos es la más firme. Aunque nazca sólo de la base de aquello que no queremos.

De las tantas frases de ese idolatrado Kapuscinski al que este año me he acercado más que nunca, permanece en mi mente una idea: la de la fascinación constante ante la novedad. Él, que tantas guerras recorrió y tantos mundos conoció, escribía una vez “Cuando estoy entre los nómadas del Sáhara les muestro todo mi respeto, pues si yo, sin conocer su cultura y sin saber eso que les permite sobrevivir, me encontrara en su lugar, simplemente me habría muerto”.

Esa frase, un alegato absoluto a la pasión por descubrir, me viene a la mente después de recordar la frase de un amigo que me ha repetido, en las últimas semanas, la palabra “aburrimiento”. Tan fuerte me golpeó la declaración de que se aburría en la vida, que tuve que pedirle, hace poco, una aclaración. Porque lejos de asociarlo con la apatía, lo que me despertaba su declaración era una profunda tristeza. Bañada por el miedo de quien ya no va a volver a sentir nada con intensidad nunca más. “¿Y…la vida es eso? Me pregunto si la vida es sólo eso”, me contaba en un entorno nocturno que representaba la antítesis total a la desidia.

No conozco exactamente los detalles de su vida –por evidencias históricas más compleja que la mía- ni el porque exacto de ese aburrimiento, “temporal”, me confesó después. Podría asociarlo, como le dije, con su edad, más avanzada que la mía. Y darle razón, así, a todos aquellos que nos quieren alumbrar con el encaje perfecto entre juventud e inocencia. O la sensación esa, que tan bien resumió Picasso al recurrir en sus últimos días al mismo estilo que tenía en su adolescencia. Y aceptar así, que la rebeldía es pasajera. Y la pasión se pierde con los años.

Pero resulta que, aunque dude de muchas cosas, huyo más de ciertas ideas. Y si bien a menudo no sepa porque rechazo esa nuestra visión euro céntrica con la que adoptamos el juicio de lo bueno y lo malo de otras culturas; o me crispe con los análisis tan politizados bajo los cuales se ejerce el periodismo; o me indigne con todos aquellos que critican la inmigración sin conocer la desesperación del hambre; o evite las críticas de quienes confunden manipulación con desconocimiento,…Aunque desconozca porque sucede todo eso, hoy sé que prefiero la duda. Porque es ella quien me lleva al cuestionamiento. A la rebeldía en forma de conocimiento. A la búsqueda –finalmente- por intentar comprender.

Por eso cuando ese amigo me receta tranquilidad ante la incomprensión –a veces del mundo exterior, otras de los propios sentimientos- le respondo con todo el afecto: “No quiero esa tranquilidad”. Prefiero la duda que me hace sentir viva.

A X.F. amiga sincera y “compañera” de rebeldía, por tantos momentos de indignación y de análisis. Por las risas desmadradas que protegieron la desesperación del momento y la complicidad de saber que nunca estamos solos.

jueves, 9 de julio de 2009

Décimas de segundo


El sonido del teléfono móvil. Un número que revela intención. El pálpito de la espera al borde del final. La tecla verde. El “dígame”. La frase que resguarda un destino. Mi próximo destino. Escrito en la voz de alguien. Y hecho público…en décimas de segundo.

O tal vez un correo. Enviado desde una dirección usual. La clave del futuro encriptada mientras se abre esa bandeja. La pulsación de saber que aguarda el misterio de un país. El nombre del próximo billete de avión. La cuenta atrás. En segundos, décimas de segundos. Y después, la consciencia…el final de la espera.

La mirada intensa, la sonrisa, un juego, la autorización a acercarse. El beso que abre un camino al amor. La historia más mágica…O el rechazo. Escrito en el gesto hacia atrás. Una débil negación. Historias que podrían ser. O historias que se niegan. Y la decisión tomada…en décimos de segundo.

La apuesta por el éxito en manos de tres personas. Un jurado a quien convencer. Un propósito del que no se puede dudar. El convencimiento de que las maletas esperan allí, al otro lado del océano. El discurso convincente. Las preguntas. A veces más interrogativas. Un reto por superar. Un rail que dirigir. El tren…ese que nunca se desvía. Pero que puede hacerse más sólido hoy o fluir hacia más adelante. Sólo…en décimas de segundo.

El temblor de la tierra. Sentido como nunca antes percibí el gruñido de esa nuestra pachamama. Sin tiempo a reaccionar. Sin la oportunidad de entender la gravedad del momento. Temblores. A ratos más fuertes. La amenaza escrita en las ondas de un movimiento. Las calles peleando por romperse. El equilibrio de los edificios donde nada puede equilibrar un miedo. Los breves instantes de un terremoto. Acumulación de segundos que llevan a la desaparición de una ciudad. El terror y las secuelas. En tan sólo un breve, brevísimo espacio de tiempo.

Lentos parpadeos que batallan por comunicar. Una sensación de ahogo. El último suspiro a punto de brotar. La alerta del adiós forzado. Últimas comunicaciones. Con la paz de saberse a tiempo de despedirse. La elección de dejarla ir. Con el consentimiento de que así, será libre más tiempo. Y que aquí, también podremos vivir sin ellos, los que se van. Más allá. Y cruzan esa puerta…en décimas de segundos.

Y en el mismo breve espacio de tiempo, incalculable para los sentidos, abandona él su confort. El refugio de una alimentación satisfecha, el afecto garantizado, la consciencia evitada por los ojos cerrados. Nueve meses de escondite. Nueve meses de confort. Hasta que –de repente- en el último esfuerzo de ese largo dolor, rompe el muro del abrigo. Su saludo es el llanto. Su manto el abrazo. Grandes emociones condensadas …en décimas de segundos.

Instantes que esconden la esencia del todo, de lo verdaderamente importante. Instantes que a menudo perdemos mientras corremos hacia otra dirección. No siempre conocida. Menos todavía predecible. Pensando que los días son tan efímeros que es mejor aprovecharlos corriendo. ¿Y si las mejores cosas sucedieran mientras estamos sentados?