He decidido prescindir de John, el motorista que hasta ahora me llevaba a los sitios. Siempre que visito un país intento viajar con los medios locales y no quiero que Uganda sea una excepción. Hasta ahora solo Guatemala lo fue. Evitaba allí los autobuses por el miedo que me generaba esa costumbre de las maras de balear estos vehículos en algunos barrios. Tampoco los necesité mucho por la cercanía de mi casa al periódico.
En Kampala viajar con matatus se presenta como un reto. Es sábado y me voy a Entebbe, donde colaboraré los fines de semana con el orfanato de una organización española. Rebbeca, una de las ‘anties’ del albergue me despierta a las 7. Desayuno en la terraza a pesar del aire fresco que todavía no abandona la noche. No me canso de disfrutar del panorama que ofrecen las terrazas de esta casa. Algo, en los árboles que rodean el edificio y la tierra que cubre el camino de piedras que lleva aquí, me hace sentir en casa. Puede que Kampala no sea sino un gran pueblo.
A las 8.30 salgo de casa. Le pregunto a un niño donde puedo coger el bus para el City Centre. Me señala el camino y a los dos minutos me pregunta: Good morning how are you?. Saludar, aún cuando ya se haya iniciado las conversaciones, parece una obligación en Uganda. En el camino, otros niños me miran. La eterna curiosidad de la otredad.
Llego a la esquina donde debe pasar el matatu. Le pregunto a varios conductores si van al centro. Me dicen que no, me miran. Me miran ellos, me miran los pasajeros y quienes aguardan su minibús. Le pregunto a uno de los chicos que esperan cual debo tomar y me dice que él me avisa. Cuando finalmente subo en uno de estos mini-buses le pregunto a mi vecino si voy bien para el Old Taxi Park, esa explanada donde llegué el primer día y de donde parten los autobuses a Entebbe.
Me responde que sí, y me dice que él me avisa cuando lleguemos. Cada día que pasa me sorprende más la amabilidad de esta gente. En América Latina muchas veces la cortesía lleva implícito un interés hacia el extranjero, a menudo sexual. En Uganda –y hasta el momento- solo me he encontrado con ayudas desinteresadas. A pesar de que sé bien que aquí el extranjero también es adulado.
De camino al Old Taxi Park se suceden los negocios informales. La calle está repleta de gente, vislumbro el mayor número de trastos expuestos al aire libre que nunca he visto hasta ahora. Se levanta el polvo, ese que cuentan que tanto castiga los pulmones de los capitalinos. Algunos trabajadores descansan en el suelo. Se ven puertas de hierro, sillas, vallas, neumáticos, estanterías, bidones…todo ello expuesto al lado de las calles. En una perfecta anarquía en la que destaca la belleza africana. La femenina sobre todo. Cuesta asumir esa mezcla de elegancia que caracteriza la vestimenta de muchas mujeres ugandeses con el desorden que impera en el ambiente.
Al llegar al Old Taxi Park el chico del matatu me lleva hasta los autobuses que van a Entebbe. Me choca la mano y se despide. Recorro el mismo trayecto que cuando llegué a la capital por primera vez. Solo que ahora, unos días más tarde, la realidad me supera menos. Y es desde esta asimilación cuando en realidad se empieza a disfrutar un país. Sentada al lado de la ventana, absorbo las imágenes, los olores.
Miro con todos los sentidos. Desde lo más profundo del respirar. África tiene nombre de mujer y son sus rostros, los de ellas, a los que uno no dejaría nunca de mirar. Puede que el deseo de ser invisible adquiera aquí todo su sentido. El ambiente huele a chimeneas. A ratos me duermo. Me despierto solo cuando el matatu frena en seco.
El día en el orfanato se convierte en un laberinto de sensaciones. En lo duro están las historias de los niños, la mayoría abandonados en mercados, en bosques, incluso en letrinas. Hay varios gemelos e incluso unos trillizos. “Aquí se consideran fruto de un embrujo”, me cuenta Arantza, una de las que tira adelante este proyecto, no sin dificultades.
“Te enfrentas con infinidad de problemas, muchos de ellos generados por el propio gobierno, pero además con muchos ugandeses que intentan engañarte”, agrega. Robert Fleming, el fundador del orfanato, se indigna además con la ineficiencia de Naciones Unidas, que tiene en Uganda varios cuerpos de paz. Se indigna por los vehículos que llevan, por su burocracia, por la lejanía a la realidad desde la que operan. “No sé donde están, no los veo en el campo, no los veo en los centros de salud, no los veo aquí”. Está profundamente enfadado.
En lo positivo están la infinidad de momentos increíbles que te regalan los niños, la visita a casa de Tony –uno de los ayudantes del orfanato- para conocer a su bebe recién nacido, el paseo hasta el lago Victoria, los minutos en los que sentada a orillas de ese increíble mar de sueños sigues sin concebir el hecho de estar acá, el trabajo de las chicas que llevan el orfanato, los paisajes, los cánticos de las iglesias que acompañan los despertares. La calidez de África. La sensualidad de su entorno. La capacidad de seguir maravillándonos. Me duermo respirando ese continente.
sábado, 25 de septiembre de 2010
viernes, 24 de septiembre de 2010
Diario de Uganda: Desarmar la mente
En Uganda se hablan unas 33 lenguas. La mayoría de ellas pertenecen al grupo lingüístico Bantu, como es el caso del Luganda, el Lusoga y el Lutori. Otros grupos como el Nilotic y el Cushitic se hablan en el norte y el este, donde en ocasiones solo unos miles de personas lo usan.
Aunque si hay un idioma curioso este es el Karimojong. Hablado en el nordeste, en la región de Karamoja, esta lengua tiene un vocabulario de tan solo 180 palabras. Característica por las tradiciones tribales que rigen la vida de sus ciudadanos, esta región conserva antiguas prácticas, por lo que se trata de una zona profundamente estigmatizada entre los ugandeses.
Desde hace años la persistencia de algunas de estas costumbres ha hecho de la región una de las más conflictivas del país. Cuando me lo cuentan pienso de inmediato en el LRA, el grupo rebelde de Lord Joseph Kony que desde el inicio del gobierno de Yoweri Museveni en 1986 y durante 20 años ha aterrorizado la población del norte del país, causando miles de muertos y una población desplazada que solo recientemente está empezando a regresar a sus hogares.
El conflicto en Karamoja tiene algo que ver con el LRA en tanto que la proximidad de los distritos de Gulu y Kitgum, los más castigados por el grupo rebelde, permitió que muchas de las armas de esta zona se filtraran en Karamoja. Pero los enfrentamientos en esta región tienen que ver con algo mucho más cotidiano: el matrimonio.
Para que los hombres de esta zona puedan casarse necesitan reunir 100 vacas, que regalan a la familia de la futura esposa. La escasez de vacas, en una zona profundamente árida, ha provocado que muchos karamojong roben estos animales a sus vecinos para poder contraer matrimonio, enfrentamiento que muchas veces termina con la muerte de algunos de ellos.
El asunto, que ha empeorado debido a las sequías de los últimos años, se ve agravado debido a la proximidad de otras comunidades con las mismas costumbres en la vecina Kenia. “Es un tema muy complicado porque requiere cambiar la actitud de un pueblo”, me explica durante día de trabajo Lydia Aballa, una de las mujeres que integra Cecore.
“Después de muchos análisis hemos llegado a la conclusión que no se trata sólo de desarmar a las personas, sino de desarmar sobre todo la mente”, me cuenta. “Hay que cambiar las estructuras mentales, enseñar que el conflicto no se soluciona solo con el enfrentamiento”, agrega. “Pero además, y sobre todo, hay que proporcionar alternativas económicas”, sentencia.
No es la primera vez que escucho que detrás de un conflicto armado yace la lucha por los recursos naturales. Iraq, Angola o el Congo son otros ejemplos de guerras encubiertas, detrás de las cuales no está otra pelea que la propiedad de recursos naturales como el petróleo o los diamantes. El eterno problema de los países en vías de desarrollo que gozan de riquezas. El miserable destino de muchas regiones. La triste realidad de una "pobre África rica", como resumía de manera excelente un titular de la Vanguardia ese verano.
Lo hablamos con Lydia mientras me cuenta otros de los proyectos que lleva a cabo Cecore. Me habla de los sin-tierra, grupos étnicos minoritarios a quienes la creación de los parques naturales ha dejado muchas veces sin el derecho de explotar los recursos naturales. Me cuenta de la necesidad de enseñarles sus derechos más fundamentales. Me sitúa sobre un mapa Amudat, Moroto y Serere, los distritos donde todavía se aplica la ablación.
Hablamos del trasfondo de la guerra civil en Uganda, de la permanencia durante casi 25 años del mismo presidente, de las elecciones del próximo año, que raramente cambiarán el panorama político. Hablamos de los grupos rebeldes del sur de Sudán, de las consecuencias del genocidio ruandés, de la situación en Kenia. Mientras le escucho miro fuera del edificio de 10 plantas del centro de Kampala donde está situada la oficina de Cecore. Y recuerdo porqué siempre quise conocer esta región.
De vuelta a casa me lleva Fisher, uno de los expertos en armas pequeñas y minorías étnicas de la organización. Viajo con Justine, otra de las veteranas, que me enseña el camino a recorrer con matatu para no depender de los boda-boda. Durante el trayecto, una aventura por las calles sin asfaltar de esta ciudad-caos, me pregunta Fisher:
- ¿Eres católica?
- No
- ¿Qué eres?
- No soy nada…
- Y entonces ¿en qué crees?
- Creo en algunas personas, Fisher
Se queda meditando un rato:
- Pero entonces, ¿No rezas?
- No, no rezo
Medita un rato más:
- No lo puedo entender, ¿en qué personas crees?
- Creo en personas coherentes. En personas cuyos proyectos respecto.
- No lo entiendo
- Jajaja, no tienes qué entenderlo
Nos reímos. De fondo sigue sonando la música católica que lleva puesta desde que entramos en el coche. Me deja delante del albergue y espera a que me abran. Me desean ambos un buen fin de semana. Sonríen y se van. Cuando subo al albergue escucho un fuerte alboroto. Salgo a la terraza y veo a un centenar de niños reunidos en un terreno que hay enfrente del albergue, elevado por encima del nivel de la calle, de manera que los ojos de los niños quedan a la altura de los míos.
Han improvisado un partido de futbol en el que algunos juegan y muchos otros animan. En los lados se crean, además, pequeños grupos de chicos y chicas que se persiguen. La seducción en su máximo esplendor. Cojo una cerveza de la nevera, me planto delante y observo durante rato. Rodeada de árboles, presencio como va bajando el sol. Y siento que quizás no haya nada más perfecto en este momento que estar mirando a unos niños jugar mientras anochece en África.
Si escuchas una voz que te dice: No puedes pintar. Entonces como sea pinta y esa voz será silenciada, Vincent Van Gogh.
jueves, 23 de septiembre de 2010
Diario de Uganda: Primeras impresiones
Hay un momento inédito en todo viaje. Un instante que queda para siempre sellado en la memoria por acoger las primeras imágenes de un país. La postal con la que siempre asociaremos la llegada a ese nuevo entorno. Las primeras impresiones. Hoy escribo desde el privilegio de ese espacio-tiempo, cuando están a punto de cumplirse 24 horas desde que pisé por primera vez el África subsahariana. África, el destino que siempre quise conocer, el continente-enigma.
Llegué a Entebbe con un día de retraso. La mala visibilidad en Amsterdam y la huelga de controladores aéreos en Francia me obligaron a hacer noche en Holanda, sin más consecuencia que el incremento de esa alteración emocional que todo viaje ansiado despierta. Cuando finalmente volé, lo hice –sin embargo- desde una calma inesperada. Sabía que, de alguna forma, África representa no sólo un nuevo descubrimiento exterior para mí sino la continuación de una apuesta interna en una etapa impregnada de reflexión. Todo viaje emprendido solo significa, ante todo, un reto personal. Un encuentro con la soledad, el único escenario desde el que se puede escribir.
Volé consciente de ello en un viaje casi sin turbulencias, en un avión sin llenar, donde muchos optaron por dormir, lo que alentaba la serenidad en el ambiente. Pasé gran parte del vuelo leyendo un ensayo-intento-de-racionalizar la crueldad del genocidio ruandés, con ratos en los que saltaba a la historia de Uganda.
Delante, el ordenador de KLM iba indicando nuestra situación. Después de algunas ojeadas, el mapa nos ubicaba ya en el continente africano. Dejé escapar una sonrisa. Horas más tarde, aparecería el Lago Victoria, hablaría el capitán e iniciaríamos el descenso. Hasta que, de repente, alcanzamos velocidad cero, se abrieron las puertas y supe que estaba a metros de pisar una región, la de los Grandes Lagos, que siempre quise conocer. No podía contener ya la curiosidad.
Al bajar del avión me esperaba Dilia, la presidenta española de un orfanato en Entebbe con la que había contactado antes del viaje. Me llevaron a cenar con otros españoles y pronto nos acostamos. De noche, Uganda asomaba con las sombras de ese país increíblemente verde castigado durante años por un conflicto interno y la dictadura de un hombre que, como tantos gobernantes, han pasado a la historia por lo cruel de sus actos, Idi Amin.
Tumbada en la cama del orfanato, donde pasé la primera noche, algo me impidió dormirme pronto. Al despertar, el grupo de españoles que estaban de visita y con los que cené el día anterior, ya estaban de pie. Desayunamos juntos pero pronto los dejé. Tenía ganas de llegar a Kampala, dejar maletas y empezar a situarme. La primera sorpresa fue cuando el boda-boda al que llamó Dilia apareció. Esperaba una moto-taxi como las habituales de Perú y muchos otros destinos. En su lugar apareció simplemente una moto, donde debíamos caber el conductor, yo y la maleta de 23 Kg…
Evidentemente cupimos. Y no solo eso, sino que el trío –ninguna novedad en Uganda, donde el número tres parece ser el mínimo de pasajeros a llevar en moto- cruzamos un camino repleto de baches y llegamos al centre de Entebbe. Cambié algo de dinero y me subí a un matatu, ese minibús sin más paradas establecidas que las que solicite el pasajero.
A poco de iniciar el trayecto aparecen las primeras aguas del Lago Victoria, un símbolo literario donde exista. Discurren escuelas, negocios informales al aire libre, caminos de tierra que se adentran lejos de la mirada, suben y bajan continuamente pasajeros. Tengo al lado una mujer joven de unos 25 años que luego me será de gran ayuda. A su lado sube al rato un hombre con dos niñas. Una de ellas me mira.
La inocencia tiene en los pequeños ese descaro de curiosidad que los años roban. Soy la única blanca en el matatu. Le respondo a la mirada con una sonrisa que me devuelve. Su rostro tiene algo de osadía que su padre reprueba. Le muevo la cabeza en señal de aprobación. ¿Cómo no permitir su curiosidad cuando la más indiscreta en ese mini-bus soy yo? Miro fuera sin cesar, intentando absorber todo, consiente –no obstante- que lo percibido en ese momento supera al viajero. Solo las palabras podrán en orden, más tarde, las sensaciones.
A medida que llego a Kampala se incrementa el tráfico, asoma una ciudad caótica al fondo, con algunos edificios financieros a la derecha y un gran desconcierto, que no hace más que aumentar, al otro lado. De repente rodean el matatu centenares de personas, aparece un mercado a la izquierda y la carretera –un camino sin asfaltar- se convierte en un sinfín de mini-buses peleando por avanzar.
El conductor para a ratos el motor, la chica de al lado me pregunta si bajo en el parque. Le digo que sí, sin mucho convencimiento, sin idea realmente de donde se encuentra ese sitio al que me han indicado que debo bajarme. ¿Primera vez aquí? Primera vez en África, admito sonriendo. La sensación de estar perdida en medio de tanta gente desconocida y de una ciudad nueva solo puede enfrentarse con la risa. "Yo te llevo al parque", me dice.
Bajamos, pago a una bici para que me lleve la maleta al parque –siguiendo el consejo de esa cómplice inesperada- en medio de centenares de miradas curiosas y de muy poco espacio por donde circular y observo. En breve llegamos al parque, me busca el matatu que me lleva a Rubaga, el barrio donde se encuentra el albergue pero pasa media hora en la cual no sé si reírme o preocuparme.
El conductor ni nadie alrededor conoce la dirección que les doy. Ubican la carretera que lleva allí pero no el sitio exacto al que debo bajar. Pago algo por una tarjeta telefónica que me permita llamar al albergue desde el teléfono de uno de los pasajeros. Pero salta un contestador automático. Todos quieren ayudarme, todos preguntan la dirección. Nadie sabe. Hasta que al final regresa el conductor diciéndome que ya le han indicado como llegar. Solo puedo creerle. Miro atrás en el momento de arrancar. Hay otras mujeres en el matatu. No pasará nada. No pasa nada.
Me dejan en la rotonda correcta. Allí se repite la escena conductor de moto-Àngels-maleta, aunque esta vez el equipaje viaja sin ser atado, delante de mí, que lo sostengo. Volvemos a recorrer baches, vuelvo a adentrarme en caminos sin asfaltar hasta que, por fin, diviso el albergue. "Bienvenida", me reciben varias caras sonrientes. Gracias. Icu Guesthouse es un acogedor albergue en medio de un entorno tranquilo y verde. Un oasis entre tanto caos. Un espacio desde el que se divisan las montañas que rodean Kampala. Un espacio donde sentirse en casa lejos del hogar.
Por la tarde me voy al centro de la ciudad. Quiero acercarme a ver a la gente de la organización con la que colaboraré. Desde el albergue me llaman a un conductor de ‘matatu’ de confianza y entonces sí, descubro que el peligro de Uganda no es su inseguridad ni sus calles, sino quienes conducen por sus calles.
Sin casco, con la conducción por la izquierda y casi obedecer a señales, los ugandeses han aprendido a lidiar con el caos de la capital haciendo increíbles y laberínticos movimientos entre los coches. Sentada detrás, intento entender a John, el "taxista", que me habla sin parar y al que no entiendo más que a ratos. El inglés africanizado tiene algo de complejo. Y entenderlo detrás de un matatu no es lo más fácil del mundo. Se me escapa la risa. Leo el surrealismo del momento ligado a lo inédito de la experiencia. Siento Uganda, siento la vida. Me siento viva. Me siento vida.
Al llegar al Centro de Resolución de Conflictos (Cecore) con los que trabajaré percibo esa timidez ugandesa de la que me hablaron en Entebbe las chicas españolas del orfanato. Las mujeres africanas hablan bajito, dan la mano sin firmeza y evitan la mirada. No está Lydia, la coordinadora de los voluntarios. Otra mujer me da información de la organización, me invita a consultar los documentos que quiera y me da la bienvenida. Husmeo algo de información que tienen sobre el papel de los medios en los conflictos de esa región, charlas de algún ponente y congresos organizados sobre el tema. Querré saber más sobre ese aspecto que hace algún tiempo que me interesa.
A las cinco John me espera delante del edificio donde está Cecore. Temía no reconocerle entre tanto "taxista"…Volvemos a surcar las calles, ahora más densas por coincidir con la hora en que cierran muchas empresas. Vuelve a crear laberintos entre coches y autobuses. Vuelve a hablarme sin parar. Vuelvo a no escucharle más que palabras. Vuelvo a reírme. Hasta que llego al albergue.
- Mañana te recojo a las 8.20, my friend, me dice John.
- Gracias. Hasta mañana.
Pienso en que tengo que comprarme un casco, como hizo otra voluntaria alojada en el albergue.
Llego a la habitación con dolor de cabeza. Conozco las señales de lo intenso. Martillean tanto que provocan dolor de cabeza. Me tumbo un rato, luego bajo y conozco a un holandés que recorre la región. Cuando se retira subo a escribir. Las palabras escritas desde esta habitación temporal tienen algo de mágico. Nacidas de la fascinación de las primeras impresiones, surgen solas, quizás alentadas por el maravilloso ocaso que se percibe aquí, acompañada detrás por una excepcional vista a las montañas.
Y mientras escribo aparece un ugandés. Me pregunta si no bajo a cenar. "Comí muy tarde", le respondo. "Ah, ok". Es propietario de una agencia de viajes al límite con Ruanda. "¿Viajarás por el país?", me pregunta. "Seguro, pero al final de mi estancia", le digo. "Este país tiene que ser increíble", agrego. Se alegra de que me guste. "Voy a cenar, luego estaré en la terraza, tomando algo". "Voy en 30 minutos, le digo". Inspira tanta tranquilidad que no puedo rechazar la bebida. Mañana habrá más África. ¡Salud!
'África tiene un aura especial y la tersura de un sueño infantil. África es también literaria, quizás el más literario de todos los continentes’, Javier Reverte en ‘El sueño de África.
Llegué a Entebbe con un día de retraso. La mala visibilidad en Amsterdam y la huelga de controladores aéreos en Francia me obligaron a hacer noche en Holanda, sin más consecuencia que el incremento de esa alteración emocional que todo viaje ansiado despierta. Cuando finalmente volé, lo hice –sin embargo- desde una calma inesperada. Sabía que, de alguna forma, África representa no sólo un nuevo descubrimiento exterior para mí sino la continuación de una apuesta interna en una etapa impregnada de reflexión. Todo viaje emprendido solo significa, ante todo, un reto personal. Un encuentro con la soledad, el único escenario desde el que se puede escribir.
Volé consciente de ello en un viaje casi sin turbulencias, en un avión sin llenar, donde muchos optaron por dormir, lo que alentaba la serenidad en el ambiente. Pasé gran parte del vuelo leyendo un ensayo-intento-de-racionalizar la crueldad del genocidio ruandés, con ratos en los que saltaba a la historia de Uganda.
Delante, el ordenador de KLM iba indicando nuestra situación. Después de algunas ojeadas, el mapa nos ubicaba ya en el continente africano. Dejé escapar una sonrisa. Horas más tarde, aparecería el Lago Victoria, hablaría el capitán e iniciaríamos el descenso. Hasta que, de repente, alcanzamos velocidad cero, se abrieron las puertas y supe que estaba a metros de pisar una región, la de los Grandes Lagos, que siempre quise conocer. No podía contener ya la curiosidad.
Al bajar del avión me esperaba Dilia, la presidenta española de un orfanato en Entebbe con la que había contactado antes del viaje. Me llevaron a cenar con otros españoles y pronto nos acostamos. De noche, Uganda asomaba con las sombras de ese país increíblemente verde castigado durante años por un conflicto interno y la dictadura de un hombre que, como tantos gobernantes, han pasado a la historia por lo cruel de sus actos, Idi Amin.
Tumbada en la cama del orfanato, donde pasé la primera noche, algo me impidió dormirme pronto. Al despertar, el grupo de españoles que estaban de visita y con los que cené el día anterior, ya estaban de pie. Desayunamos juntos pero pronto los dejé. Tenía ganas de llegar a Kampala, dejar maletas y empezar a situarme. La primera sorpresa fue cuando el boda-boda al que llamó Dilia apareció. Esperaba una moto-taxi como las habituales de Perú y muchos otros destinos. En su lugar apareció simplemente una moto, donde debíamos caber el conductor, yo y la maleta de 23 Kg…
Evidentemente cupimos. Y no solo eso, sino que el trío –ninguna novedad en Uganda, donde el número tres parece ser el mínimo de pasajeros a llevar en moto- cruzamos un camino repleto de baches y llegamos al centre de Entebbe. Cambié algo de dinero y me subí a un matatu, ese minibús sin más paradas establecidas que las que solicite el pasajero.
A poco de iniciar el trayecto aparecen las primeras aguas del Lago Victoria, un símbolo literario donde exista. Discurren escuelas, negocios informales al aire libre, caminos de tierra que se adentran lejos de la mirada, suben y bajan continuamente pasajeros. Tengo al lado una mujer joven de unos 25 años que luego me será de gran ayuda. A su lado sube al rato un hombre con dos niñas. Una de ellas me mira.
La inocencia tiene en los pequeños ese descaro de curiosidad que los años roban. Soy la única blanca en el matatu. Le respondo a la mirada con una sonrisa que me devuelve. Su rostro tiene algo de osadía que su padre reprueba. Le muevo la cabeza en señal de aprobación. ¿Cómo no permitir su curiosidad cuando la más indiscreta en ese mini-bus soy yo? Miro fuera sin cesar, intentando absorber todo, consiente –no obstante- que lo percibido en ese momento supera al viajero. Solo las palabras podrán en orden, más tarde, las sensaciones.
A medida que llego a Kampala se incrementa el tráfico, asoma una ciudad caótica al fondo, con algunos edificios financieros a la derecha y un gran desconcierto, que no hace más que aumentar, al otro lado. De repente rodean el matatu centenares de personas, aparece un mercado a la izquierda y la carretera –un camino sin asfaltar- se convierte en un sinfín de mini-buses peleando por avanzar.
El conductor para a ratos el motor, la chica de al lado me pregunta si bajo en el parque. Le digo que sí, sin mucho convencimiento, sin idea realmente de donde se encuentra ese sitio al que me han indicado que debo bajarme. ¿Primera vez aquí? Primera vez en África, admito sonriendo. La sensación de estar perdida en medio de tanta gente desconocida y de una ciudad nueva solo puede enfrentarse con la risa. "Yo te llevo al parque", me dice.
Bajamos, pago a una bici para que me lleve la maleta al parque –siguiendo el consejo de esa cómplice inesperada- en medio de centenares de miradas curiosas y de muy poco espacio por donde circular y observo. En breve llegamos al parque, me busca el matatu que me lleva a Rubaga, el barrio donde se encuentra el albergue pero pasa media hora en la cual no sé si reírme o preocuparme.
El conductor ni nadie alrededor conoce la dirección que les doy. Ubican la carretera que lleva allí pero no el sitio exacto al que debo bajar. Pago algo por una tarjeta telefónica que me permita llamar al albergue desde el teléfono de uno de los pasajeros. Pero salta un contestador automático. Todos quieren ayudarme, todos preguntan la dirección. Nadie sabe. Hasta que al final regresa el conductor diciéndome que ya le han indicado como llegar. Solo puedo creerle. Miro atrás en el momento de arrancar. Hay otras mujeres en el matatu. No pasará nada. No pasa nada.
Me dejan en la rotonda correcta. Allí se repite la escena conductor de moto-Àngels-maleta, aunque esta vez el equipaje viaja sin ser atado, delante de mí, que lo sostengo. Volvemos a recorrer baches, vuelvo a adentrarme en caminos sin asfaltar hasta que, por fin, diviso el albergue. "Bienvenida", me reciben varias caras sonrientes. Gracias. Icu Guesthouse es un acogedor albergue en medio de un entorno tranquilo y verde. Un oasis entre tanto caos. Un espacio desde el que se divisan las montañas que rodean Kampala. Un espacio donde sentirse en casa lejos del hogar.
Por la tarde me voy al centro de la ciudad. Quiero acercarme a ver a la gente de la organización con la que colaboraré. Desde el albergue me llaman a un conductor de ‘matatu’ de confianza y entonces sí, descubro que el peligro de Uganda no es su inseguridad ni sus calles, sino quienes conducen por sus calles.
Sin casco, con la conducción por la izquierda y casi obedecer a señales, los ugandeses han aprendido a lidiar con el caos de la capital haciendo increíbles y laberínticos movimientos entre los coches. Sentada detrás, intento entender a John, el "taxista", que me habla sin parar y al que no entiendo más que a ratos. El inglés africanizado tiene algo de complejo. Y entenderlo detrás de un matatu no es lo más fácil del mundo. Se me escapa la risa. Leo el surrealismo del momento ligado a lo inédito de la experiencia. Siento Uganda, siento la vida. Me siento viva. Me siento vida.
Al llegar al Centro de Resolución de Conflictos (Cecore) con los que trabajaré percibo esa timidez ugandesa de la que me hablaron en Entebbe las chicas españolas del orfanato. Las mujeres africanas hablan bajito, dan la mano sin firmeza y evitan la mirada. No está Lydia, la coordinadora de los voluntarios. Otra mujer me da información de la organización, me invita a consultar los documentos que quiera y me da la bienvenida. Husmeo algo de información que tienen sobre el papel de los medios en los conflictos de esa región, charlas de algún ponente y congresos organizados sobre el tema. Querré saber más sobre ese aspecto que hace algún tiempo que me interesa.
A las cinco John me espera delante del edificio donde está Cecore. Temía no reconocerle entre tanto "taxista"…Volvemos a surcar las calles, ahora más densas por coincidir con la hora en que cierran muchas empresas. Vuelve a crear laberintos entre coches y autobuses. Vuelve a hablarme sin parar. Vuelvo a no escucharle más que palabras. Vuelvo a reírme. Hasta que llego al albergue.
- Mañana te recojo a las 8.20, my friend, me dice John.
- Gracias. Hasta mañana.
Pienso en que tengo que comprarme un casco, como hizo otra voluntaria alojada en el albergue.
Llego a la habitación con dolor de cabeza. Conozco las señales de lo intenso. Martillean tanto que provocan dolor de cabeza. Me tumbo un rato, luego bajo y conozco a un holandés que recorre la región. Cuando se retira subo a escribir. Las palabras escritas desde esta habitación temporal tienen algo de mágico. Nacidas de la fascinación de las primeras impresiones, surgen solas, quizás alentadas por el maravilloso ocaso que se percibe aquí, acompañada detrás por una excepcional vista a las montañas.
Y mientras escribo aparece un ugandés. Me pregunta si no bajo a cenar. "Comí muy tarde", le respondo. "Ah, ok". Es propietario de una agencia de viajes al límite con Ruanda. "¿Viajarás por el país?", me pregunta. "Seguro, pero al final de mi estancia", le digo. "Este país tiene que ser increíble", agrego. Se alegra de que me guste. "Voy a cenar, luego estaré en la terraza, tomando algo". "Voy en 30 minutos, le digo". Inspira tanta tranquilidad que no puedo rechazar la bebida. Mañana habrá más África. ¡Salud!
'África tiene un aura especial y la tersura de un sueño infantil. África es también literaria, quizás el más literario de todos los continentes’, Javier Reverte en ‘El sueño de África.
martes, 7 de septiembre de 2010
Instantes de felicidad

Existen espacios convertidos en eternidad como aquel Macondo creado por uno de los mayores representantes del Realismo Mágico. Existen juegos asociados a nombres como aquella Rayuela ante la cual Horacio Oliveira se quedaba pensativo, analizando el sentido de un cielo que no lograba alcanzar. Existen poemas convertidos en lemas como el tan reivindicado ‘No te Salves’, donde hace tiempo encontramos la razón del vivir.
Y existen días asociados para siempre a la felicidad, momentos que quisiéramos eternizar, instantes tejidos de las mismas partículas que configuran la alegría. Días como aquel 4 de septiembre de 2010 que muchos de nosotros almacenamos desde ya en el baúl de las experiencias inolvidables. No para que no las borre la memoria sino porque –adrede- las emplazamos en ese rincón donde podamos encontrarlas cuando necesitemos recordar la esencia de la vida.
Porque al final, ese día, que tuvo mucho de celebración y muy poco de tradicional, que aglutinó muchas risas y algún que otro llanto, fue en esencia una reivindicación de VIDA.
Vida entre los más pequeños, ladrones de momentos, símbolos de la inocencia, del descubrir. Testigos del amor, fruto de la calidez que nace para que otros la hagan crecer. Entre todos los pequeños, ellos –los propios- vestidos de blanco, riéndose continuamente sin entender esa fiesta en la que, por un día no eran los protagonistas. ‘La fiesta mayor de los papás’, la bautizó Martí.
Vida también entre las parejas ya consolidadas, reflejo de tanta lucha por lograr encarrilar dos personalidades en un mismo tren a un destino no siempre común. Vida en los otros, almas todavía libres enzarzadas en el juego de la seducción. Protagonistas de tantas risas pasadas las diez de la noche, escenario de pasiones, mezcla de juegos que siguen proporcionándonos diversión.
Vida en los regalos, que ese día no eran los habituales paquetes con lazos, sino todos aquellos amigos sin los cuales no tendríamos nada que celebrar. Compañeros de viaje a quienes debemos muchos de los mejores instantes, brazos donde depositamos los secretos de todo lo bueno y lo malo. Espacios que atesoran el privilegio de compartir una gran parte de nuestro mundo.
Vida con la música, la que puso color a vuestra llegada y la que acompañó los mejores momentos del día. Vida en el agua, elemento indispensable y destino de tantos sorprendidos. Vida en la noche, que nos permitió acercarnos a vuestra infancia y recordar el inicio de vuestra historia a través de imágenes.
Vida en la muerte, en los ausentes que, no obstante, nunca nos abandonan, que son el recuerdo de lo que ansiamos, a quienes representamos y tenemos siempre presentes.
Vida en la rebeldía. En el negarse a una celebración oficial, a sellar el amor a manos de una institución. Y a la vez vida en la tradición, representada por la familia, el pilar sin el cual no seríamos los mismos.
Y de trasfondo, como escenario de todo ello, una protagonista: la felicidad, a quien encontré al día siguiente, sentada al borde de una piscina donde hacía algunas horas habíamos ahogado tantas risas. Dentro, en el agua saltó él ¿el novio? con amigos y cantó esa frase que hoy nos admite recordar con especial fuerza. ‘¡¡Soy feliz, soy feliz!!’.
Y mientras le escucho rememorar el momento pienso en Benedetti y su 'Defensa de la alegría' donde nos invitaba a "Defender la alegría como una trinchera/defenderla del escándalo y la rutina/de la miseria y los miserables/de las ausencias transitorias
y las definitivas/ defender la alegría como un principio/ defenderla del pasmo y las pesadillas/de los neutrales y de los neutrones/de las dulces infamias/y los graves diagnósticos".
Existen espacios convertidos en eternidad, existen juegos asociados a nombres, existen poemas convertidos en lemas y existen celebraciones-no bodas donde se encuentran para la eternidad amigos, risas y vida…¡Instantes eternos de felicidad!
¡¡Gracias por el maravilloso día que nos hicistéis pasar!!
sábado, 14 de agosto de 2010
Huelga de fe
Hoy me levanté transparente, miré fuera y la calle estaba teñida de color gris. Me froté los ojos y volví a asomarme en la ventana. Nada. Gris. El asfalto: gris. Los techos: grises. Marta, la vecina: gris. Lóbulos: grises. El pelo: gris ¿El sol? Blanco. Una mancha diminuta sobre un cielo negro. Me miré las manos: todavía transparentes. Sobre el horizonte: oscuridad. En los rostros de los demás: abatimiento.
Sin entender ni intentar entender, me duché con agua tibia –algún fallo no me dejaba modular la temperatura- me vestí y me enfrenté al espejo. Nada distinto: la misma transparencia. Ropa sobre una imagen vacía. Una somnolencia nacida de la incomprensión y la certeza de haberme colado en un sueño me llevaron a la cocina. Mamá no había abierto las ventanas hoy. Tenía su lógica con lo raro del día. La llamé pero no contestó nadie.
Al acercarme a su habitación encontré el hueco de su cama. Como si alguien se la hubiera robado. Subí las escaleras para ver si David se había levantado pero en lugar de su habitación encontré una sala repleta de espejos. Bajé de nuevo, me preparé el desayuno y salí a la calle. Cuando llegué a la panadería, me esperaban ya con el pan preparado. No tuve que decir palabra. Tampoco pude darles las gracias a Ana, normalmente tan atenta. Hoy profundamente silenciosa. Me entregó el encargo y al instante se volteó y cruzó a la otra sala.
Al salir me di cuenta de que todo seguía gris. Tonalidades de gris distinguían las facciones de esa nueva realidad que asumía sin más. Apatía en los rostros de los habitantes. Silencio en las miradas, vacías las carreteras. Recogí el periódico en el quiosco tras esperar en una cola de mentes cabizbajas. Sin querer adopté la misma postura. Marionetas del desencanto de un nuevo orden establecido. Asumido sin más.
Recogí los pedazos de actualidad y me dirigí a casa, que seguía sin rastro de la familia. Busqué el móvil pero en su lugar encontré el viejo teléfono inoperativo. Bueno, comamos. Suelen decir que con el estómago lleno la realidad se ve de otro color. Una creencia en vano. Las musas del optimismo estaban hoy también escondidas.
Sin muchas expectativas de cambio me dirigí al despacho. Tenía que terminar de corregir los trabajos de los alumnos de primero. Al abrir la carpeta, sin embargo, encontré todas las hojas en blanco. Arriba a la parte derecha N/N, la misma identificación de las víctimas sin nombre del genocidio de Marvia. Me levanté de golpe, me fui a la cocina y abrí el periódico, que seguía soterrado bajo la bolsa de la compra. ¿Podía la humanidad estar sufriendo algún cambio anunciado? ¿Podía estar viviendo en ese mundo augurado por McArthy?
No answers. El periódico, como las pruebas del Instituto, estaba vacío. Comprendido, las respuestas se han exiliado hoy. Sin más ganas de intentar entender nada me tumbé al sofá, prendí el televisor y dejé que transcurriera la tarde. A última hora del día reaccioné del letargo en el que me había sumido y decidí salir a cenar algo. Quizás con la llegada de la noche, los colores se habían invertido y ahora la calle brillaba con los faroles del Centro.
Expectaciones quebradas. Ilusa. Nada había cambiado, las calles estaban desiertas, la luna era ahora de un tono más oscuro pero seguía iluminando una ciudad apática. En los árboles, en las ventanas, en las pocas luces de los bares todavía abiertos parecía asomar la cara de la desidia.
Me dirigí hasta el Sunset, el bar de moda. Al entrar me encontré con una imagen desoladora. Las luces estaban prendidas al mínimo, no lograba localizar los camareros detrás de la barra, el suelo repelía suciedad. Al fondo el billar parecía olvidado, como si años luz separaran el día de ayer en que el grupo de argentinos pasaron horas jugando en él, como cada martes.
Cuando ya casi me iba, intrigada porqué la puerta del establecimiento estaba abierta, lo vi. Era Tom, el canario que había llegado a la ciudad de joven. Desde hacía cinco años sufría cáncer y ya la última vez que lo vi asomaba en su rostro las señas de la muerte. Esta noche su cara tenía la misma tonalidad gris que la ciudad pero su boca dibujaba una sonrisa enorme. Miraba a su alrededor y sonreía, sin parar. Pensé que había cruzado el limbo de la locura, que entre la enfermedad y la incomprensión de lo que estaba pasando se había dejado, simplemente ir. Aproveché que no me había visto y me fui a casa.
Cuando llegué, comí algo, me senté un rato y después de haberlo dudado un buen rato, agarré la guía telefónica. Localicé el teléfono de la casa de Tom y lo llamé. Tardó en contestar pero al final descolgó:
- ¿Diga?
- Hola Tom, soy Mila, la hija de Mario.
- Ah hola , ¿Cómo estás?
- Mmm…bien, aunque un poco desconcertada
- ¿Por qué? ¿Qué pasó?
- Verás Tom, esta oscuridad. Y los vacíos, las ausencias… No nos conocemos mucho pero te acabo de ver en el Sunset riéndote y verás, eras el único al que he visto sonreír hoy. No sé, ¿Tu entiendes lo que está pasando?
- Ah, esooo. Sí, no te preocupes, me dijo con la más serena de las voces. Solo métete en la cama. Mañana cuando despiertes encontrarás una cortina justo en el momento preciso en que dejas los sueños y entras en la consciencia. A la derecha encontrarás una paleta de pintor: escoge el color que más te apetezca. Que tengas buenas noches…
Solo los escépticos viven ciegos al arcoiris del mundo
Sin entender ni intentar entender, me duché con agua tibia –algún fallo no me dejaba modular la temperatura- me vestí y me enfrenté al espejo. Nada distinto: la misma transparencia. Ropa sobre una imagen vacía. Una somnolencia nacida de la incomprensión y la certeza de haberme colado en un sueño me llevaron a la cocina. Mamá no había abierto las ventanas hoy. Tenía su lógica con lo raro del día. La llamé pero no contestó nadie.
Al acercarme a su habitación encontré el hueco de su cama. Como si alguien se la hubiera robado. Subí las escaleras para ver si David se había levantado pero en lugar de su habitación encontré una sala repleta de espejos. Bajé de nuevo, me preparé el desayuno y salí a la calle. Cuando llegué a la panadería, me esperaban ya con el pan preparado. No tuve que decir palabra. Tampoco pude darles las gracias a Ana, normalmente tan atenta. Hoy profundamente silenciosa. Me entregó el encargo y al instante se volteó y cruzó a la otra sala.
Al salir me di cuenta de que todo seguía gris. Tonalidades de gris distinguían las facciones de esa nueva realidad que asumía sin más. Apatía en los rostros de los habitantes. Silencio en las miradas, vacías las carreteras. Recogí el periódico en el quiosco tras esperar en una cola de mentes cabizbajas. Sin querer adopté la misma postura. Marionetas del desencanto de un nuevo orden establecido. Asumido sin más.
Recogí los pedazos de actualidad y me dirigí a casa, que seguía sin rastro de la familia. Busqué el móvil pero en su lugar encontré el viejo teléfono inoperativo. Bueno, comamos. Suelen decir que con el estómago lleno la realidad se ve de otro color. Una creencia en vano. Las musas del optimismo estaban hoy también escondidas.
Sin muchas expectativas de cambio me dirigí al despacho. Tenía que terminar de corregir los trabajos de los alumnos de primero. Al abrir la carpeta, sin embargo, encontré todas las hojas en blanco. Arriba a la parte derecha N/N, la misma identificación de las víctimas sin nombre del genocidio de Marvia. Me levanté de golpe, me fui a la cocina y abrí el periódico, que seguía soterrado bajo la bolsa de la compra. ¿Podía la humanidad estar sufriendo algún cambio anunciado? ¿Podía estar viviendo en ese mundo augurado por McArthy?
No answers. El periódico, como las pruebas del Instituto, estaba vacío. Comprendido, las respuestas se han exiliado hoy. Sin más ganas de intentar entender nada me tumbé al sofá, prendí el televisor y dejé que transcurriera la tarde. A última hora del día reaccioné del letargo en el que me había sumido y decidí salir a cenar algo. Quizás con la llegada de la noche, los colores se habían invertido y ahora la calle brillaba con los faroles del Centro.
Expectaciones quebradas. Ilusa. Nada había cambiado, las calles estaban desiertas, la luna era ahora de un tono más oscuro pero seguía iluminando una ciudad apática. En los árboles, en las ventanas, en las pocas luces de los bares todavía abiertos parecía asomar la cara de la desidia.
Me dirigí hasta el Sunset, el bar de moda. Al entrar me encontré con una imagen desoladora. Las luces estaban prendidas al mínimo, no lograba localizar los camareros detrás de la barra, el suelo repelía suciedad. Al fondo el billar parecía olvidado, como si años luz separaran el día de ayer en que el grupo de argentinos pasaron horas jugando en él, como cada martes.
Cuando ya casi me iba, intrigada porqué la puerta del establecimiento estaba abierta, lo vi. Era Tom, el canario que había llegado a la ciudad de joven. Desde hacía cinco años sufría cáncer y ya la última vez que lo vi asomaba en su rostro las señas de la muerte. Esta noche su cara tenía la misma tonalidad gris que la ciudad pero su boca dibujaba una sonrisa enorme. Miraba a su alrededor y sonreía, sin parar. Pensé que había cruzado el limbo de la locura, que entre la enfermedad y la incomprensión de lo que estaba pasando se había dejado, simplemente ir. Aproveché que no me había visto y me fui a casa.
Cuando llegué, comí algo, me senté un rato y después de haberlo dudado un buen rato, agarré la guía telefónica. Localicé el teléfono de la casa de Tom y lo llamé. Tardó en contestar pero al final descolgó:
- ¿Diga?
- Hola Tom, soy Mila, la hija de Mario.
- Ah hola , ¿Cómo estás?
- Mmm…bien, aunque un poco desconcertada
- ¿Por qué? ¿Qué pasó?
- Verás Tom, esta oscuridad. Y los vacíos, las ausencias… No nos conocemos mucho pero te acabo de ver en el Sunset riéndote y verás, eras el único al que he visto sonreír hoy. No sé, ¿Tu entiendes lo que está pasando?
- Ah, esooo. Sí, no te preocupes, me dijo con la más serena de las voces. Solo métete en la cama. Mañana cuando despiertes encontrarás una cortina justo en el momento preciso en que dejas los sueños y entras en la consciencia. A la derecha encontrarás una paleta de pintor: escoge el color que más te apetezca. Que tengas buenas noches…
Solo los escépticos viven ciegos al arcoiris del mundo
domingo, 8 de agosto de 2010
Africania
Sisoko escribe con dificultad su nombre. También con dificultad habla español, a pesar de que hace ya 10 años que pisó por primera vez Barcelona. Sereno, como buen embajador de este continente donde la prisa parece formar parte del cajón de los bienes escasos, vive desde hace media década en Ivars, una población de apenas 1.700 habitantes en la provincia de Lleida. Hijo de Mali, arrastra consigo gran parte de la esencia africana mientras otra parte de él se hace adepto, lentamente, a ese sistema denominado capitalismo.
Amante de su país, donde considera que la libertad es el bien mejor preciado, Sisoko llegó a Cataluña hace 10 años después de una larga travesía. “Viajé desde Mali a Marruecos en autocar. Una vez allí pagamos a un marroquí para que nos hiciera entrar a Ceuta”, relata este maliense, de 37 años. El pago no era otra cosa que la autorización a cruzar una frontera de alambre bajo la mirada permisiva de un militar.
Entonces, en 2000, la libertad le costó a Sisoko 140 dirhams, o lo que es lo mismo, 12.5 Euros. El precio por corromper o lo que es lo mismo el billete hacia otro continente. Entrar en Ceuta era el primer paso de una cadena de compra-venta de favores para poder llegar a España. “Teníamos un contacto en extranjería que nos ayudó con los papeles”. Papeles, la palabra que ilustra los nuevos tiempos, esos en los que el tejido humano parece importar menos que los documentos. Existen de varios tipos pero sobre todo prima una dualidad: los ‘Con papeles’ y los ‘Sin papeles’. Detrás de una cartilla…personas. ¿Personas?
Tras seis meses en Ceuta, Sisoko logró que le dieran la residencia española. Fue un proceso largo durante el cual guardó su pasaporte bajo llave. “No lo enseñé porque el mío no era un país en guerra, por lo que hubiera sido más difícil conseguir salir”. Trucos, artimañas para lidiar con el sistema. “Una vez obtuve la residencia me preguntaron si tenía conocidos en España. Les dije que sí”. Como en tantos otros ejemplos de migraciones, la huida de Sisoko llegaba impulsada por contactos de familiares instalados ya en la península. Los pioneros suelen abrir puertas también en el extranjero.
“El Gobierno pagó para que nos llevaran hasta Barcelona. Una vez allí distribuyeron a la gente. Tú te vas a Almería, tú te quedas en Barcelona. Yo iba a Lleida, donde vivía mi hermano hacía cinco años. Nos dieron 5.000 pesetas a cada uno y nos dejaron libres”. Con una pequeña parte de esa cantidad logró llamar a su hermano, montarse en un autobús y llegar al centro de Cataluña.
Sin tener la mínima idea de español, Sisoko se atrevió a deambular por la provincia en búsqueda de un empleo. Llamó a varias puertas, muchas de las cuales se cerraron tras su paso. Otras le abrieron oportunidades de trabajo temporales. La fruta le dio de comer durante algunos meses. “Pero yo quería trabajar en una fábrica. Es importante trabajar en una fábrica”, revela convencido. Lo consiguió cinco años después de llegar a Cataluña. En Mali trabajaba en el campo y en ocasiones ayudaba a su padre. “Él tenía una granja de vacas. Vendí seis para poder pagarme el viaje hasta aquí”, relata.
Es domingo y Sisoko me cuenta todo esto mientras sus compañeros recién se levantan. Vive con otros colegas de trabajo. El balance de los últimos tiempos parece positivo para él en lo profesional. Ha logrado mantener su empleo, ganarse la confianza de los jefes y comprar dos pisos.
Acumula diariamente horas de trabajo que luego se transformarán en transferencias bancarias. Sabe que los periódicos hablan de una crisis que también a él le ha conseguido inyectar miedo. Un pánico capaz de aplazar la voluntad de traer a su familia.
En lo personal Sisoko forma parte de esa estirpe de individuos sumisos a la injusticia de nacer en un sitio y no en otro. Es afortunado porque pudo huir de un país pobre. Porque tuvo quien le orientara. Porque pudo pagarse el pasaje a la libertad. Y porque con las horas trabajadas hoy puede pagarse el sueño de ir mañana a visitar a su familia.
Su suerte, no obstante, es también su desdicha. Porque -a diferencia de quienes miramos por la ventana del avión con las ansias de experiencias- él no asimila el viajar con el placer. Porque los lazos familiares que algunos rompemos solo por voluntad se convierten en él en imposiciones de supervivencia. Porque se ha visto obligado a sustituir el afecto de los más cercanos por billetes. Papeles, de nuevo papeles. Símbolos de un nuevo nuevo (viejo) orden mundial donde las caricias se transmiten por teléfono.
Como Sisoko Ivars acoge más de una veintena de africanos, algunos de los cuales deambulan durante todo el día por el pueblo. De noche la brisa los lleva a retar el sueño en la plaza principal del pueblo, donde se encuentran nacionales y extranjeros. Los primeros sentados dentro, intercalan sonrisas con cervezas. Los últimos también sentados, se sitúan fuera. Igualmente acompañados de amigos. Casi nunca con bebida. Separados entre ellos.
Miro la escena mientras recuerdo el lamento de Sisoko al hablar de su vida en el pueblo. “Vas conociendo algunas personas pero hay mucha gente que no te habla, muchas personas que no te saludan. O lo hacen una vez y luego ya no vuelven a hacerlo”. Y añade contundente. “En África cuando saludas a una persona una vez ya es tu amigo”.
Desde que entrevisté a Sisoko algunos días observo detenidamente algunos de los inmigrantes que viven en el pueblo. A menudo hacen sonreír a Max, el pequeño de la casa. Miro en ese momento sus ojos, donde la ternura no entiende de diferencias culturales. Y me doy entonces cuenta que las fronteras jamás podrán borrar lo más inherente al ser humano…el impulso por regalar afecto, la necesidad de ser y de sentir…
Amante de su país, donde considera que la libertad es el bien mejor preciado, Sisoko llegó a Cataluña hace 10 años después de una larga travesía. “Viajé desde Mali a Marruecos en autocar. Una vez allí pagamos a un marroquí para que nos hiciera entrar a Ceuta”, relata este maliense, de 37 años. El pago no era otra cosa que la autorización a cruzar una frontera de alambre bajo la mirada permisiva de un militar.
Entonces, en 2000, la libertad le costó a Sisoko 140 dirhams, o lo que es lo mismo, 12.5 Euros. El precio por corromper o lo que es lo mismo el billete hacia otro continente. Entrar en Ceuta era el primer paso de una cadena de compra-venta de favores para poder llegar a España. “Teníamos un contacto en extranjería que nos ayudó con los papeles”. Papeles, la palabra que ilustra los nuevos tiempos, esos en los que el tejido humano parece importar menos que los documentos. Existen de varios tipos pero sobre todo prima una dualidad: los ‘Con papeles’ y los ‘Sin papeles’. Detrás de una cartilla…personas. ¿Personas?
Tras seis meses en Ceuta, Sisoko logró que le dieran la residencia española. Fue un proceso largo durante el cual guardó su pasaporte bajo llave. “No lo enseñé porque el mío no era un país en guerra, por lo que hubiera sido más difícil conseguir salir”. Trucos, artimañas para lidiar con el sistema. “Una vez obtuve la residencia me preguntaron si tenía conocidos en España. Les dije que sí”. Como en tantos otros ejemplos de migraciones, la huida de Sisoko llegaba impulsada por contactos de familiares instalados ya en la península. Los pioneros suelen abrir puertas también en el extranjero.
“El Gobierno pagó para que nos llevaran hasta Barcelona. Una vez allí distribuyeron a la gente. Tú te vas a Almería, tú te quedas en Barcelona. Yo iba a Lleida, donde vivía mi hermano hacía cinco años. Nos dieron 5.000 pesetas a cada uno y nos dejaron libres”. Con una pequeña parte de esa cantidad logró llamar a su hermano, montarse en un autobús y llegar al centro de Cataluña.
Sin tener la mínima idea de español, Sisoko se atrevió a deambular por la provincia en búsqueda de un empleo. Llamó a varias puertas, muchas de las cuales se cerraron tras su paso. Otras le abrieron oportunidades de trabajo temporales. La fruta le dio de comer durante algunos meses. “Pero yo quería trabajar en una fábrica. Es importante trabajar en una fábrica”, revela convencido. Lo consiguió cinco años después de llegar a Cataluña. En Mali trabajaba en el campo y en ocasiones ayudaba a su padre. “Él tenía una granja de vacas. Vendí seis para poder pagarme el viaje hasta aquí”, relata.
Es domingo y Sisoko me cuenta todo esto mientras sus compañeros recién se levantan. Vive con otros colegas de trabajo. El balance de los últimos tiempos parece positivo para él en lo profesional. Ha logrado mantener su empleo, ganarse la confianza de los jefes y comprar dos pisos.
Acumula diariamente horas de trabajo que luego se transformarán en transferencias bancarias. Sabe que los periódicos hablan de una crisis que también a él le ha conseguido inyectar miedo. Un pánico capaz de aplazar la voluntad de traer a su familia.
En lo personal Sisoko forma parte de esa estirpe de individuos sumisos a la injusticia de nacer en un sitio y no en otro. Es afortunado porque pudo huir de un país pobre. Porque tuvo quien le orientara. Porque pudo pagarse el pasaje a la libertad. Y porque con las horas trabajadas hoy puede pagarse el sueño de ir mañana a visitar a su familia.
Su suerte, no obstante, es también su desdicha. Porque -a diferencia de quienes miramos por la ventana del avión con las ansias de experiencias- él no asimila el viajar con el placer. Porque los lazos familiares que algunos rompemos solo por voluntad se convierten en él en imposiciones de supervivencia. Porque se ha visto obligado a sustituir el afecto de los más cercanos por billetes. Papeles, de nuevo papeles. Símbolos de un nuevo nuevo (viejo) orden mundial donde las caricias se transmiten por teléfono.
Como Sisoko Ivars acoge más de una veintena de africanos, algunos de los cuales deambulan durante todo el día por el pueblo. De noche la brisa los lleva a retar el sueño en la plaza principal del pueblo, donde se encuentran nacionales y extranjeros. Los primeros sentados dentro, intercalan sonrisas con cervezas. Los últimos también sentados, se sitúan fuera. Igualmente acompañados de amigos. Casi nunca con bebida. Separados entre ellos.
Miro la escena mientras recuerdo el lamento de Sisoko al hablar de su vida en el pueblo. “Vas conociendo algunas personas pero hay mucha gente que no te habla, muchas personas que no te saludan. O lo hacen una vez y luego ya no vuelven a hacerlo”. Y añade contundente. “En África cuando saludas a una persona una vez ya es tu amigo”.
Desde que entrevisté a Sisoko algunos días observo detenidamente algunos de los inmigrantes que viven en el pueblo. A menudo hacen sonreír a Max, el pequeño de la casa. Miro en ese momento sus ojos, donde la ternura no entiende de diferencias culturales. Y me doy entonces cuenta que las fronteras jamás podrán borrar lo más inherente al ser humano…el impulso por regalar afecto, la necesidad de ser y de sentir…
lunes, 2 de agosto de 2010
Espectadores nocturnos
Ella era mujer de hábitos. Tomaba cada mañana café con leche, servido con crema y sin calentarlo en exceso. Pedía siempre el periódico. A horas diferentes porque su trabajo le regalaba esa genialidad de vivir sin horarios establecidos, a expensas del día a día, según la dirección en la que soplara el aire cada mañana. Vivía sonriendo. Aún cuando dentro a veces se quebrara esa convicción de que el mundo –como su mundo- tenía que seguir evolucionando.
Él sonreía mucho menos. Prefería suspirar. Y mover la cabeza en señal de irónica confirmación de los hechos. Aunque quien sabía leerle entendía que en cada uno de esos suspiros había una sonrisa escondida. A diferencia de ella, no era hombre de hábitos. Se acercaba al bar solo ocasionalmente. Huía de las masas, esas que hacían que ella llevara colgada la etiqueta de la sociabilidad. Característica de quienes aman la soledad solo cuando el mundo se mueve demasiado rápido. No son solitarios, se lo hacen a ratos para compensar los excesos. Para reglarse espacios de romance con las palabras. Y encontrar así el ansiado equilibrio.
A pesar de lo diferentes, no obstante, a veces ella lograba abandonar su mundo expansivo y él se regalaba a los próximos. No con palabras. Su lenguaje eran las ventanas. Quería sin decirlo. Hablaba sin palabras. Escuchaba sin mirar. Era auténtico en lo más profundo de la sinceridad.
El primer día que los vi juntos andaban en ese juego de complicidades. Habían retrasado hacía mucho esa amistad, enredados en creerse transparentes el uno al otro, convencidos de mantenerse unidos tan solo por la cordialidad. Hasta que la curiosidad se hizo protagonista. Fueron cayendo entonces las barreras. Apremiaba la noche. Apremiaban los días.
Sus ojos reflejaban esa consciencia, a pesar de que solo ella se atreviera a pronunciarlo. Él usaba a los demás de escudo. Evitar el contacto directo es su mejor manera de esconder el exceso de sensibilidad. Una timidez insaciable. Por eso ama robarles la vida a los demás. Por eso busca ser protagonista de otras vidas más que de la suya. Por eso a veces se pierde en el camino del querer ser.
Jugaron a evitarse durante largas noches. Siempre en compañía. Siempre deseándose en alguna parte y de alguna manera que no logré descifrar. La mía era la mirada de quien observa porque le toca ser espectador inconsciente. Testigo de todo lo que pasa detrás de una barra, camarero de amores y des-amores.
Buscaban una nueva forma de vivir las noches. Sin prisas, sin expectaciones. Experimentando sin ser conscientes que las degustaciones nunca nos sacian del todo. Andaban des-narrando pasados. Buscando tejer presentes más que futuros. Viviendo la inmediatez. Conscientes, como pocos, de que no existe más límite que el día siguiente. Superando miedos, gozándose con solo compartir el mismo punto de luz.
Durante días los vi irse por separado. Llegué a imaginar que se trataba de una simple amistad. Que había leído complicidad donde otros entendían un cariño in crescendo. Hasta el día en que –de pronto, sin siquiera poderme imaginar que aparecerían por allí- les vi llegar de la mano en el cementerio central. Depositaron las flores encima de una tumba, se besaron y salieron caminando con la misma serenidad escondida en las miradas ocultas tras una barra de bar.
Poco tiempo después ella se mudó a provincias. Él siguió viniendo a beber de su vacío. Siempre acompañado. Siempre escondido tras los demás. Alguien, cercano casualmente a ambos, me contó tiempo después que se amaron en silencio. No por el miedo a ser juzgados ante tantos ojos observantes. Tampoco por el vértigo –siempre tan temible- a dejarse ir. Sino por el simple placer de vivir un presente que no entiende de compromisos.
A veces, sentado en casa, a segundos de dormirme me los imagino abrazados en la cama de ella. Compartiendo sábanas, con los cuerpos entrecruzados, casi sin hablarse. Protagonistas de la más perfecta escena de amor sin saber si vivían una historia de amor. O ansias de compañía. O instantes de complicidad. O el más bello gesto de amistad. Y me pregunto, justo cuando dejo caer las pestañas, en qué momento le puso nombre la humanidad a los sentimientos…
A todos aquellos que me enseñaron a vivir en libertad
Él sonreía mucho menos. Prefería suspirar. Y mover la cabeza en señal de irónica confirmación de los hechos. Aunque quien sabía leerle entendía que en cada uno de esos suspiros había una sonrisa escondida. A diferencia de ella, no era hombre de hábitos. Se acercaba al bar solo ocasionalmente. Huía de las masas, esas que hacían que ella llevara colgada la etiqueta de la sociabilidad. Característica de quienes aman la soledad solo cuando el mundo se mueve demasiado rápido. No son solitarios, se lo hacen a ratos para compensar los excesos. Para reglarse espacios de romance con las palabras. Y encontrar así el ansiado equilibrio.
A pesar de lo diferentes, no obstante, a veces ella lograba abandonar su mundo expansivo y él se regalaba a los próximos. No con palabras. Su lenguaje eran las ventanas. Quería sin decirlo. Hablaba sin palabras. Escuchaba sin mirar. Era auténtico en lo más profundo de la sinceridad.
El primer día que los vi juntos andaban en ese juego de complicidades. Habían retrasado hacía mucho esa amistad, enredados en creerse transparentes el uno al otro, convencidos de mantenerse unidos tan solo por la cordialidad. Hasta que la curiosidad se hizo protagonista. Fueron cayendo entonces las barreras. Apremiaba la noche. Apremiaban los días.
Sus ojos reflejaban esa consciencia, a pesar de que solo ella se atreviera a pronunciarlo. Él usaba a los demás de escudo. Evitar el contacto directo es su mejor manera de esconder el exceso de sensibilidad. Una timidez insaciable. Por eso ama robarles la vida a los demás. Por eso busca ser protagonista de otras vidas más que de la suya. Por eso a veces se pierde en el camino del querer ser.
Jugaron a evitarse durante largas noches. Siempre en compañía. Siempre deseándose en alguna parte y de alguna manera que no logré descifrar. La mía era la mirada de quien observa porque le toca ser espectador inconsciente. Testigo de todo lo que pasa detrás de una barra, camarero de amores y des-amores.
Buscaban una nueva forma de vivir las noches. Sin prisas, sin expectaciones. Experimentando sin ser conscientes que las degustaciones nunca nos sacian del todo. Andaban des-narrando pasados. Buscando tejer presentes más que futuros. Viviendo la inmediatez. Conscientes, como pocos, de que no existe más límite que el día siguiente. Superando miedos, gozándose con solo compartir el mismo punto de luz.
Durante días los vi irse por separado. Llegué a imaginar que se trataba de una simple amistad. Que había leído complicidad donde otros entendían un cariño in crescendo. Hasta el día en que –de pronto, sin siquiera poderme imaginar que aparecerían por allí- les vi llegar de la mano en el cementerio central. Depositaron las flores encima de una tumba, se besaron y salieron caminando con la misma serenidad escondida en las miradas ocultas tras una barra de bar.
Poco tiempo después ella se mudó a provincias. Él siguió viniendo a beber de su vacío. Siempre acompañado. Siempre escondido tras los demás. Alguien, cercano casualmente a ambos, me contó tiempo después que se amaron en silencio. No por el miedo a ser juzgados ante tantos ojos observantes. Tampoco por el vértigo –siempre tan temible- a dejarse ir. Sino por el simple placer de vivir un presente que no entiende de compromisos.
A veces, sentado en casa, a segundos de dormirme me los imagino abrazados en la cama de ella. Compartiendo sábanas, con los cuerpos entrecruzados, casi sin hablarse. Protagonistas de la más perfecta escena de amor sin saber si vivían una historia de amor. O ansias de compañía. O instantes de complicidad. O el más bello gesto de amistad. Y me pregunto, justo cuando dejo caer las pestañas, en qué momento le puso nombre la humanidad a los sentimientos…
A todos aquellos que me enseñaron a vivir en libertad
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