viernes, 19 de junio de 2009

Le llaman complicidad


Algunos libros duermen en el rincón de los recuerdos atados por un hilo con el escenario que cobijó su lectura. Y así tiempo, espacio y letras tejen un mismo cuadro imposible de dividir en el libro del pasado.

Figuran en esta zona del cerebro los trayectos en tren de un Interrail veraniego donde sufrí la búsqueda de identidad de la protagonista de “Un jardín en Badalpur”, la segunda parte de la obra de Kenizé Mourad que despertó mi apetito por Istanbul y Beirut. El sofá de mi casa albergó el envenenamiento de los niños de “Flores en el ático”, cuyo comentario de texto, escrito con menos de 20 años, sigo llevándome conmigo en las estancias largas al extranjero.

En el autobús de Barcelona, poco antes de partir a Perú, rompí la monotonía del trayecto hasta el Paseo San Juan con las historias de “La tía Julia y el escribidor”, las confesiones juveniles de Vargas Llosa. Y también en Barcelona, me hice adicta, para siempre, y otra vez en un tren, de la extravagante historia de amor entre Gala y Dalí, pareja excéntrica donde las haya.

Devoré sin pausa las páginas de la biografía de Gala, mujer ávida de vivencias, de sexo, inspiración eterna de Dalí, musa a veces y destructora en otras ocasiones. Amante de pescadores a quienes se llevaba mar adentro en Portlligat, eterna pasional que se hizo construir un cuarto oval donde recibir a “los otros”. Obsesiva por inspirar, por motivar la creación y por salvar a artistas. Mujer. Contradicción. Pasión. Crueldad.

La historia de Gala y Dalí despertó en mí, durante aquellos viajes en un tren de cercanías, algo que ha seguido seduciéndome con los años: la excentricidad de algunas parejas unidas por el arte. “Tengo una curiosidad, no sé si malsana, con las historias de amor fuera de lo convencional”, me decía hoy un amigo. Me adhiero a tu obsesión, pensé al instante.

La conversación tenía su origen en un artículo publicado hace unos meses en El País sobre Sylvia Plath y Anne Sexton, dos poetas unidas por la pasión literaria. Diferentes en cuanto a orígenes sociales, las norteamericanas se conocieron en un curso de escritura que impartía el poeta Robert Lowell en Boston. Desde entonces, las vinculó una fuerte amistad, quizás la rivalidad literaria y, sin duda, la admiración incondicional de Sexton a su compañera.

“Según Robert Lowell, maestro del confesionalismo, ‘Anne era más auténtica pero sabía menos. Sylvia aprendió de Anne’”, recoge el texto. Fuera cual fuera la dirección del aprendizaje poético, lo que nadie pone en tela de juicio es el dramatismo de la relación que se quebraría con el suicidio de Plath, en 1963. "Sylvia y yo hablábamos muchas veces y extensamente de nuestros intentos de suicidio, entrando en los detalles, con profundidad", relató Sexton en una de sus cartas. Años antes habían compartido veladas de martinis en el Ritz de Boston.

He acudido hoy a esa crónica a raíz de la visita en España de la fotógrafa Annie Leibovitz, quien ayer presentó la exposición “Vida de una fotógrafa. 1990-2005”. Y más que por sus imágenes, la visita me seduce por la relación que durante 15 años mantuvo con la escritora Susan Sontag, sobre quien ya he revelado mi interés varias veces en este blog.

Sencilla, poco amiga de las cámaras –como dicta el mito de quienes persiguen capturar al otro- Leibovitz declaró anoche que los retratos de Sontag le ayudaron a superar su muerte. La búsqueda de las imágenes para la exposición se convirtieron, así, en la catarsis de un amor quebrado por la enfermedad que persiguió durante años a Sontag.

En el inventario de relaciones artísticas que me han ido seduciendo no pueden faltar los mexicanos Diego Rivera y Frida Kahlo. Hará poco más de un año, cuando mi estancia en Lima llegaba a su fin, tuve la posibilidad de acercarme a su vida y obra en una exposición que daba cuenta de lo complejo y a la vez motivador de esas relaciones.

Cuando al escribir de estas historias poco convencionales, me pregunto qué me atrapa tanto, me vienen a la mente dos palabras: extravagancia y complicidad. La primera entendida como la búsqueda de una forma de vida fuera de lo que ordenan las normas sociales, con el atrevimiento implícito de retar las convenciones a apartarse del camino.

La segunda, como la más gratificante de las sensaciones que puede unirnos a alguien. En el periplo de historias de amor vividas quedan atrás informáticos, comerciantes, profesores… Hoy, y cada vez más, estoy convencida que no puedo entregarme a alguien que no comparta un mínimo ese mundo de pasiones que acaba tejiendo nuestra vida. Esa necesidad de cuestionar y cuestionarnos. Ese apetito de conocimiento en la forma que sea. Esa necesidad de devorar letras, historias, vidas. VIDA. Le llaman complicidad. Y bajo su manto suele cobijarse el amor.


"Mis admiradores creen que me he curado; pero no, sólo me he hecho poeta", Anne Sexton.

domingo, 7 de junio de 2009

Licencia para escoger


Si me hicieran escoger de todos los obituarios que he leído en vida -escritos justo después de una muerte o tiempo más tarde en crónicas que sirven para devolver los muertos a los vivos por unos segundos- no tendría duda alguna de cuales citar.

El primero de ellos lo leí en La Vanguardia hará unos tres años. Era de una periodista de esa casa, probablemente poco conocida a nivel internacional, por lo que a simple vista no tenía porqué atraparme de forma especial. No tengo ninguna pasión secreta por los obituarios. Sin embargo, esa crónica, que poco tenía que ver con la muerte y mucho con la vida, logró atraparme desde el principio al final con la intriga que a uno le secuestran ciertas novelas.

No recuerdo el nombre de la tal periodista. Recuerdo, en cambio, y muy lúcidamente, el elogio a la forma como vivió que la autora describía. En esa vida, que acababa de terminar por un cáncer, no faltaron los viajes, la entrega, la amistad sincera, la necesidad de descubrir, el afecto desinteresado y sobre todo la pasión. La pasión por vivir, que al final y al cabo es la única que logra resumir todas las demás. Tanto y tan fuerte había golpeado ese modus vivendi que lejos de lamentar su muerte, la autora le hizo el último homenaje al celebrar su vida. Lo terminé de leer pensando que el día que me muera, quisiera poder inspirar un obituario así.

La otra crónica sobre una muerte –reproducida decenas de veces, analizada, leída y lamentada eternamente- es la de la escritora norteamericana Susan Sontag. Otro elogio de la vida en el sentido más franco. “La novelista y ensayista […] tuvo un apetito desbordante por la vida y una actitud intelectual independiente e irreverente”, decía de ella el escritor Tomás Eloy Martínez en un artículo en El País en febrero de este año poco antes de que su hijo, el periodista y editor David Rieff, publicara la obra “Reborn”.

Destacan en el texto del argentino frases como ésta. “Su apetito por la vida desbordaba las exigencias cotidianas. Se desvelaba anotando listas de las cosas que necesitaba vivir o conocer”. Alabanzas sin pretenderlo, estas observaciones siguen la misma línea que las de su hijo, que relata en “Reborn” como Sontag “amaba vivir, y tanto su sed de experiencias como sus expectativas de escritora habían aumentado con el paso del tiempo”.

Hace unos diez años, en plena efervescencia juvenil, se sucedieron varias muertes a mi alrededor, dos especialmente cercanas. Predecibles por esa enfermedad agónica que no anuncia cuando llegará pero sí que en algunos momentos es irreversible, viví esa época envuelta en tumultos de sensaciones. Se mezclaron de forma demasiado confusa la tristeza de unos con la valentía de otros. La aceptación, el dejar fluir hacia nuevos allás (existentes o no), el dolor y la desesperación.

Aunque si hay un sentimiento que hoy recuerdo al recuperar todos esos minutos de intensidad, escogería sin duda esa frase pronunciada por alguien muy cercano a una hija ante la pérdida inminente de su madre: “Déjala partir, dile que se vaya tranquila, que estarás bien”.

Amo tanto y tan intensamente esta vida que le temo profundamente a todo aquello que tenga que ver con el conformismo, la cobardía e incluso la mediocridad (asumiendo que los límites a cada una de ellos no los ponen los demás sino uno mismo). Y cuando cruzo etapas de crisis existencial, saben quienes me conocen bien que no entrañan desidia y abandono sino miedo a no ser lo que, racional pero también pasionalmente, ansío para el futuro. Es por ello que estos momentos concentran las etapas de más absoluta concentración y estudio.

Y eso, esa inquietud que me mueve a rebelarme, a exiliarme del entorno y ensimismarme en el futuro, encierra innumerables debates conmigo misma pero es, a la vez, el sendero hacia grandes satisfacciones. Y resulta que no concibo la vida de otra forma que no sea con sinceridad hacia mis sueños.

“Si no puedo ser lo que soy ahora prefiero que me dejen morir”, dijo en una ocasión la joven italiana Eluana a su padre Beppino Englaro. En una entrevista publicada ayer en El País, este hombre, desgraciadamente célebre por lograr que retiraran la hidratación artificial a su hija tras 17 años en estado vegetativo, recuerda exactamente los 6.233 días que Eluana NO vivió. Habla de ella como un “purasangre de la libertad”.

Y recuerda que tras el accidente de un amigo de la joven, que se quedó en el mismo estado, ella le declaró: “No quiero bajo ningún concepto permanecer en unas condiciones de este tipo”. Beppino y su esposa no hicieron más que obedecer su voluntad. Puede que la más lícita de las voluntades: decidir cuando y cómo morir. La pasión por la vida lleva implícito también el respeto por la muerte.

*A A.G. por las horas de escuchas, risas y debate existencial.

miércoles, 3 de junio de 2009

Trenes al destino


Era la primera vez que viajaba a Mailand. Desconocía incluso que ese pequeño país existiera en el mapa. Por eso cuando Víctor me dijo que se encontraba allí en misión humanitaria y me invitó a visitarle tuve que recurrir a ese pequeño atlas que arrastro donde sea que vaya para ubicarme en el planeta.

Viajé en avión hasta la capital. Y de allí cogí un tren hasta el pueblo donde Víctor llevaba tres meses trabajando para las autoridades locales, Turlen. Una joya en medio del continente africano. Incluso tras la reciente guerra civil que lo había desangrado. Tantas veces la historia repetida. Le llaman conflicto étnico. Para él, que había estado tantas veces en escenarios parecidos, no era más que otro puzzle de intereses regionales.

Nada nuevo bajo la capa del sol, diría Virgilio. "Nada nuevo", repetía Víctor decenas de veces. Para quienes le conocemos la mirada, sabemos que no puede resumir todo lo que guarda dentro. Por eso le disfrutamos sin preguntas y gozamos cada paraje en el que se encuentra. Hasta que termina el fin de semana. Entonces me deja en una estación de trenes (a veces aeropuertos asolados), me guiña el ojo y veo como sale por la puerta. Evita los despidos. Odia los sentimientos que huelen a negación.

Le conozco tanto que con un suspiro puedo leerle la ansiedad. La amistad es probablemente el más libre de los sentimientos. Perfecto cuando no acumula apegos. Cero exigencias. Sólo que esa vez, deseé profundamente que se hubiera quedado hasta que se fuera el tren. Pues fue partir Víctor, y enfrentar el más caótico de los avatares. En Turlen para acceder a los trenes hay que embarcar como en un avión. Es consecuencia de la herencia colonial, dicen algunos, que quisieron darle al pueblo el glamour de capital que no era.

Embarqué con normalidad pero al dejar una de las dos maletas, vi que seguía una dirección contraria a la que me acababan de sellar. Y segundos después, la mirada de ese señor. La alarma. Y mi obsesión por recuperarla. Algo olía mal. La cinta que llevaba esa segunda maleta no se dirigía a los compartimentos del tren sino que se alejaba de la estación. Miré durante unos segundos la dirección que tomaba antes de percatarme de que, evidentemente, algo estaba quebrando la normalidad. Luego salí corriendo a buscarla.

En segundos había desaparecido de mi vista. Husmeé entre la gente que estaba en la zona donde observé girar la cinta hasta que la divisé al fondo. Esa cinta recorría parte de la sección trasera de la estación. E iba rápido. Aceleraba su ritmo. A medida que me acercaba a ella parecía estar más lejos. Un completo surrealismo. La imagen de una mentira que se me dibujaba enfrente. A lo lejos, un reloj. Y la preocupación por el tiempo.

El tren hacia la capital salía en cinco minutos. La otra maleta debía estar ya en el compartimento asignado. Pero no podía dejar justo ésta en Turlen. Víctor me había entregado dos horas antes esos papeles que hacía tanto tiempo que le había pedido su hermana. Mientras perseguía ese bulto, convertido en obsesión, retumbaban en mi cabeza sus últimas palabras: “Dáselo en mano, le ilusionará que seas tu quien se lo entregue”.

No podía pensar. Sudaba de imaginar que podía fallarle a Víctor. Pero me preocupaba también porque ése era el último tren que salía en dirección a la capital ese día. Y mi vuelo despegaba de madrugada. Si seguía buscando la maleta, perdería el tren, el avión y de rebote la ilusión de Víctor y de Ana, mi jefa, que confiaba en que el lunes se sellara el acuerdo con Campbell, la nueva editora de la empresa.

Faltaban 3 minutos para que cerraran las puertas del tren. Hice como si no viera aquel reloj. Seguí corriendo tras la cinta. Veloz, mucho más que aquella correa que me retaba. No puede uno sentir que le roba la razón un presente surrealista. Las agujas del reloj. La desesperación. Miré a mi alrededor y vi que me encontraba fuera de la estación. Lejos, casi en las afueras del pueblo. Sonrisas a mi alrededor.

Y de repente, la maleta. Apoyada en una mesa con dos señores al lado. La cogí sin pensármelo y miré hacia atrás. Quedaba un minuto para que se fuera el tren. Era imposible llegar a la estación. Estaba demasiado perdida y tenía poco tiempo... Deshacer el camino andado me tomaría al menos 10 minutos... Cuando de repente, alguien me cogió del brazo, me indicó una puerta y me acompañó a cruzarla.

Enfrente estaba el tren que salía hacia la capital. Miré sin comprender nada. Volteé de nuevo la cabeza en un intento desesperado por llamar a la lógica pero detrás no quedaba nadie. Crucé la puerta, caminé despacio hacia el tren y justo cuando iba a partir uno de los revisores abrió la puerta, me miró y me dio la mano para que subiera. Me tomó la maleta que acababa de recuperar y la dejó justo al lado de la que se había facturado. Sonrió y me invitó a sentarme. "Le estábamos esperando", me dijo.

* A D.B por prometerme que los trenes que se llevan dentro nunca se pierden.

lunes, 25 de mayo de 2009

Error de cálculo


Se mezclan en mi escritorio de este Madrid pasajero dos estelas de mi vida: por un lado el siempre eterno Kapuscinski, quien me llega a modo de biografía de la mano de esa edición tan especial que hizo de su obra Agata Orzeszek. Y por otro, esa cantautora que me acompañó en tantas noches de adolescencia: Rosana, la mujer que todavía hoy logra arrancarme energía al escucharla. La canaria que viene de ese Lanzarote del que me enamoré un verano y que hoy evoco.

Quería hablar de África. Y sin querer, ambos me llevan a ella. Esa tierra que me atrevo a pronunciar sin haber mordido más que el pedazo de costa que me regaló un reciente viaje a Marruecos. Tan fascinante por renovador, por enamorador, por distinto y por darle la trascendencia para que fuera así. Dicen que las cosas son sólo aquello que queremos que sean.

Y yo me pregunto ¿y las tierras, son también aquello que queremos que sean? ¿De quienes son? ¿Nos pertenecen a aquellos que las soñamos o son propiedad exclusiva de quienes la pisan diariamente? En estos días me planteo mi regreso a un país que me fascinó y me asustó a la vez. Que me enfrentó por primera vez a la identidad. O a una parte de ella que andaba desconcierta. Esperando saber donde ubicarse cuando llegara el momento de salir. Pues sólo los experimentados y los valientes logran persistir en lo que mentalmente idearon antes de llegar a los más desconcertantes países.

¿El resto? El resto no tenemos ni idea de cómo actuaremos cuando pisemos esa nueva tierra. Nuestra idea euro centrista y primer mundista nos habrá bautizado con excitación. Veremos sólo la ilusión óptica de la experiencia nueva y fascinante, sin pensar que lo más increíble sólo se capta desde dentro y no en el muro que separa los dos mundos, donde se ubica todavía la diferencia. Y dentro…dentro resulta que las cajas no hacen música sino que suenan a truenos.

Leía recientemente a Albert Sánchez Piñol en el prólogo de “Yo fui un niño soldado”, el duro relato de Lucien Badjoko sobre su participación en las guerras de Congo. Y cuando ya temía que no se tratara del siempre cruel y estigmatizado cuento sobre la violencia, llegaron esas palabras tan reveladoras. Decían algo parecido a que no tenemos ni idea de los conflictos africanos pero que los necesitamos para justificar nuestra industria de la bondad, nuestros misioneros, nuestros cooperantes.

Y así, viajamos a ese sitio que hemos denominado “el terreno”, demasiadas veces envueltos en la manta térmica de la ayuda, que tiene poderes para solucionar unos conflictos que la mitad de las veces llevan un nombre erróneo. Porque ni son étnicos, ni históricos, ni los sabemos contar. Pero qué creemos tener la llave para resolver. Y así pecan cooperantes y pecamos periodistas.

Solo algunos, concienzudos y atrevidos, logran burlar el desafío –que no es más que la obsesión por conocer la realidad- y adentrarse en los mundos reales, donde las etiquetas a menudo no han llegado. Lejos del Sheraton del que siempre huyó Kasuscinsky para separarse de esos colegas que “parten en misión diplomática”, sin interesarse en cómo se vive y “se las apaña la gente en un país determinado”. Buscando encontrar esa gente a quien uno “debe permitirles que me permitan entrar en su país, en lugar de, como antes, llegar y ponerme a mandar”

Seamos sinceros, todos fuimos visitantes de un Sheraton. Vivimos en el barrio bien de la bien situada Miraflores, creímos ser embajadores de la pobreza, tener las llaves del conflicto israelí-palestino, soñamos con la India mística y rechazamos la admiración europea con la que nos miraron en el otro lado del mundo. Pero lo hicimos sentados en tronos de oro sin ver que algunos metales que parecen relucir originan decenas de guerras. Sin ver que le llamamos mística a la pobreza y la muerte. Sin ser conscientes de que los mundos imaginados no siempre son imaginables.

martes, 19 de mayo de 2009

Benedetti, más que palabras


He leído decenas, centenares de palabras tuyas. A veces servían para secar una tarde demasiada llena de lágrimas. Y darle, así, ese toque de alegría, que tu –también en exceso sensible- defendías. Otras noches era justo lo contrario, aquella dosis de magia que necesitamos que alumbre algunos atardeceres. Que nos susurre al oído justo antes de dormirnos que sí, hay esperanza.

Decenas, centenares de palabras. Escritas con la perfección que sólo el fluir de las sensaciones puede otorgar. Con esa validez tan universal que sólo los eruditos que buscan encontrarse en los pedestales han negado. Decenas de palabras. Hasta que un día encontré el revelador, ese poema que apareció gracias a un regalo y que se ha convertido un lema de vida.

“No te salves” son más que cuatro estrofas literales que me acompañan en la encrucijada por encaminar en el mismo raíl los sueños, la lucha y los ideales. Son el faro de una forma de vida, el camino hacia la búsqueda escrito por el mismo esbozo de tierra por el que pedaleamos. Pero sobre todo el mayor alegato a la esencia, ese espíritu rebelde que parece destinado a que lo capturen, pero que –persistente- a veces se hace indomable. Y sólo entonces, no nos salvamos. En medio el precio no importa.

Me llegó la noticia de tu muerte justo cuando regresaba del tren, camino a casa. Sonó tu nombre en la radio de un taxista que intentaba explicarme el descaro del Barça en un avión. Y de repente empezó a fluir en el fondo una biografía demasiado conocida. Y la claridad. Tu muerte. Y el primer mensaje, de esa compañera tuya de tierra que tantas veces me dice que soy una latina escondida en piel de europea. Y el reenvío de mensajes. Y la pena. La aceptación y la resignación de que, al menos, quedarán tus palabras.

Al llegar a casa tu foto era la primera imagen de un periódico digital. Escribía Juan Cruz. Una crónica que hablaba del compromiso, de esa tuya sensibilidad, de tus ciudades, de la defensa de la democracia que te llevó al exilio, de la dura muerte de tu esposa, y de encuentros con autores que te daban las gracias. Por escribir. Por ser como eras y seguirás siendo en las palabras inmortales que logran evitar la fugacidad de la que no escapan los cuerpos.

Hoy en un taller de radio con un corresponsal de años en México, una compañera uruguaya te dedicó su pieza. Empezó con un poema y terminó autorizándose a certificar tu grandeza. Dos días antes una compañera, esa venezolana que comparte pasión por tus versos, las palabras de Galeano y las frases de Saramago, me decía: ¿sabes qué me da profundamente miedo? Que llegue un momento que ya no quede nadie de toda esa generación de grandes escritores. Y no saber si llegará a haber jamás otra generación que les iguale.

Yo le dije que sí, que Latinoamérica es y será la tierra de la crónica. Y que hoy nacen y crecen algunos autores de gran talento. Pequeños rebeldes que prefieren la autenticidad a la marca. Que desisten de grandes sueldos en oficinas estáticas por amor a las palabras escritas con mayor libertad. Que buscan no salvarse en un mundo donde cada vez más personas buscan cobijo. Que huyen de la estabilidad por el reto. Ellos son la voz de tus poemas. El espejo en el que me miro.

Y tal vez, el recuerdo de que hoy, también yo, debo escapar antes de quedarme inmóvil, sin júbilo, con desgana, sin labios, sin sueño, sin sangre y sin tiempo. Inmóvil, al borde de ese camino donde no quiero quedarme contigo. No me salves...Ni hoy ni nunca

sábado, 2 de mayo de 2009

Más de tres meses después del ataque en Gaza


El 18 de enero finalizó la denominada “operación Plomo Fundido”, el ataque israelí más violento de los últimos años contra la población palestina, que se saldó con más de 1.300 muertos y miles de heridos. Poco después de que se cumplan tres meses del final de esa incursión en la Franja de Gaza, la situación sigue siendo “catastrófica”, según Raquel Martí, la directora ejecutiva del Comité Español de la UNRWA, el organismo de Naciones Unidas para los Refugiados Palestinos, que este año cumple 60 años.


¿Cual es la situación actual en la franja de Gaza?
Teniendo en cuenta que Gaza vivía ya una crisis muy aguda como consecuencia de los 22 meses de bloqueo, tras la incursión israelí, la situación es catastrófica. Tres meses después no se ha avanzado mucho. Según la Oficina para la Coordinación de Asuntos Humanitarios de Naciones Unidas (OCHA) hay más de 70.000 personas desplazadas, que han perdido sus hogares. Además, mucha de la ayuda humanitaria necesaria no puede entrar debido al cierre de fronteras. Israel ha prohibido, entre otras cosas, que entre material para la reconstrucción de infraestructuras, lo que impide que se reconstruyan, entre otras, las viviendas de los campamentos de refugiados.

¿Cuáles son las prioridades de la población de la Franja, según la UNRWA?
Tras los ataques se elaboró una lista con los 250 items más necesarios para atender a la población de Gaza, entre los cuales figuran medicamentos, comida, papel, plástico, etc. Sin embargo, Israel sólo permite la entrada de 12 de estos, de forma completamente aleatoria. Ciertos productos, como la pasta o el chocolate no los dejan entrar porque los consideran de lujo y no material de ayuda humanitaria. Tampoco se permite entrar papel para elaborar libros educativos que la UNRWA edita en la Franja y que contienen aspectos relacionados con los derechos humanos y la resolución pacífica de conflictos.

Los niños han sido, sin duda, los más afectados por la denominada “Operación Plomo Fundido”. ¿Cómo está trabajando la UNRWA con ellos?
Después de los ataques se lanzó el Plan de rehabilitación de la franja de Gaza” lo que denominamos “Plan del día después” con un presupuesto de 365 millones de dólares, que precisamente tiene como prioridad atender a la población infantil. En este sentido, se abrieron de inmediato las 224 escuelas que gestiona la UNRWA y se está proporcionando asistencia psicológica post-conflicto. Otra de las prioridades del plan es proporcionar ayuda alimentaria a un millón de refugiados, de los 1.265.000 que lo necesitan. El Programa Mundial de Alimentos (PMA) se encarga de subministrar alimentos a la población no refugiada, es decir a los 265.000 que no atiende la UNRWA. Y lo tercero es distribuir ayuda sanitaria en las 18 clínicas de la UNRWA.

Al igual que la UNRWA, muchas ONGs se encuentran con ayuda humanitaria bloqueada en las fronteras con Gaza. ¿Cuál es la recomendación que les hace la Agencia para poder entregar los subministros?
La UNRWA denuncia constantemente el cierre de fronteras aleatorio de Israel, sin embargo no tenemos una solución para ello. De los seis pasos fronterizos que existen para entrar en la Franja, el de Karni es el de mayor capacidad y hace tiempo que está cerrado. Los pasos más utilizados por la UNRWA para entrar la ayuda humanitaria son los de Rafah (Egipto) y Kerem Shalom pero ni se abren todos los días ni todas las horas. Debemos coordinar diariamente con Israel qué pasos van a abrirse durante el día.

El paso de Rafah es uno de los puntos donde se está acumulando más ayuda humanitaria, lo que ha levantado críticas contra el gobierno egipcio. ¿Cuál es la opinión de la UNRWA en este sentido?
Egipto tiene la responsabilidad de gestionar ese paso, con la supervisión de observadores de la UE. El impedimento de entrada de ayuda humanitaria supone una vulneración a los derechos humanos y al artículo 55 de la cuarta convención de Ginebra.

Tras la incursión, el relator especial de la ONU, Richard Falk, anunció que se investigarían los ataques a infraestructuras de Naciones Unidas y la posibilidad de que Israel hubiera cometido crímenes de guerra. ¿En qué estado se encuentran estas investigaciones?
La investigación para analizar los ataques a las sedes de la UNRWA fue encargada por el secretario general de la ONU, Ban Ki-Moon, en febrero y llevada a cabo por una comisión de cuatro personas, encabezada por el ex presidente de Amnistía Internacional (AI), Ian Martín. El pasado 9 de abril se entregaron a Ban las conclusiones de este informe y se prevé que se haga público en los próximos días.

Por otro lado, el 3 de abril la ONU designó al sudafricano Richard Goldstone para investigar los posibles crímenes de guerra cometidos por Israel en la franja de Gaza. Goldstone ha sido fiscal del Tribunal Penal Internacional para la ex Yugoslavia y Ruanda y encabeza una comisión formada por otras tres personas. La aprobación de este equipo fue decidida el 12 de enero en sesión extraordinaria del Consejo de Derechos Humanos.

El cambio de gobierno en Israel tras las elecciones del pasado mes de marzo pueden condicionar el futuro de Palestina. ¿Cómo ve la UNRWA este cambio?
Nos tiene bastante preocupada la posición del ministro de Relaciones Exteriores israelí, Avigdor Lieberman, que ha señalado que “habría que echar al mar a todos los árabes” o la del primer ministro, Benjamin Netanyahu, que considera que los palestinos deben reconocer el carácter judío del Estado de Israel para iniciar una nueva ronda de negociaciones de paz. Creemos que se está produciendo un retroceso y eso nos tiene bastante preocupados.

Parece que la figura de Barack Obama va a ser transcendental para mejorar la situación en Oriente Medio ¿Ven en él las esperanzas para la paz?
Obama está abogando por la creación de dos Estados, y así lo ha transmitido su secretaria de Estado, Hillary Clinton. Además, se ha mostrado preocupado por las demoliciones de casa y ha manifestado la necesidad de paz en la región. Sin embargo, todavía no ha llevado a cabo ninguna acción al respeto.

sábado, 25 de abril de 2009

Des-prostitúyeme

No dejes que la miel de este mundo me atrape. Que los sabores de la comodidad abrasen mi nervio. Ni que la primavera me absorba con sus tentáculos. Es el dulce paisaje que acompaña la lucha, pero déjala solo en eso. Que no me conquiste. Ni su sol ni tus calles. Nada de ofertas culturales. Nada de fascinaciones arquitectónicas. Busco la otredad que reivindica Kapuscinski.

Devolví hace poco el Ébano que me acercó a tí por primera vez. Hace menos te evoqué de nuevo a través de Heródoto. Esas tierras que a tí te fascinaron se acercan a mí a través de la llama del más allá. Puedo analizar los porqués. Del Madrid que no terminar de llenarme. De una vida ya llevada a la que me resisto a caer de nuevo. Aunque a veces me pregunte si con ello dejo escapar una parte de esa mi época capitalina.

Mi fascinación va de la mano del otro. Otros mundos, otras lenguas -cada vez más-, otras experiencias. Más y más fuertes. Tan duras que a veces sienta que deberé volver para tomar aire. No me fascines. Occidente, que horriblemente te llaman, líberame. Suéltame de esos pensamientos de querer un hogar. De querer la estabilidad. ¿Y la soledad? ¿Qué haremos con ella?

Tan necesaria para escribir, para estudiar, para sanarse de las heridas de conocimientos que se escapan al tiempo que deberíamos dedicarles. ¿Qué hacemos para manejarte? Te necesito tanto como resultados necesito abarcar. Y sin embargo, puede que tu tentación suponga el rechazo de cantos de sirena. ¿Cómo hago para darte sitio en esa necesidad mía de sentir? Si sólo las personas brindan, de mano de las letras, la esencia de ese don?

No he llegado todavía a comprenderte. Tu peso por ahora certifica una opción. Una época y una elección. Siento miedos. A no ser, a dejar escapar. Aunque menos. Rebajados a los de hace un tiempo. Brindo por la apuesta. Aunque la apuesta sea un pasaje. El billete a algo. ¿Y si mientras espero esté prostituyendo mis ideales? Quisiera rozar el techo de los sueños. Quiero hacer el camino más fructífero. Las cosechas son simplemente esto. Sólo que no estoy segura de que haya una fecha para los frutos.

Se me cruzan los cables de la confianza y del miedo. Decido que no puedo decidir. Por ahora. ¿Será eso prostituirse? ¿dejará huellas la subsistencia? Reivindico la esencia del aroma que me llevó aquí. Y cuando le doy un espacio, siento que llena mis pulmones. No te vayas. Recuérdame siempre que me acompañarás. Y que lo otro...es sólo camino que debe recorrerse...