miércoles, 30 de septiembre de 2009

Llantos

Viajaba de vuelta. De regreso de un destino por el que pasé de forma transitoria, siempre siendo consciente que era eso, un soplo de experiencia en el tiempo, que nunca decidí vivir con la consistencia que he mordido otras ciudades. Un paso más en la búsqueda de...de un imaginario que existe en tanto que se sueña, que se contruye y se edifica con los párpados de esa visión que llamamos futuro.

Tan transitorio hasta que paré el fluir del tiempo y decidí mirar por la ventana. Incliné la cabeza para poder observar bien el paisaje que discurría ante mí. Y me atreví a mirar. Durante diez minutos. Veinte quizás. Quieta, apoyada la cabeza en mis manos, observada por quienes iban pasando por la cafetería de este tren que une dos ciudades principales. Sin ni siquiera darle importancia a las suposiciones que podría despertar entre aquellos que no entienden que a veces uno simplemente necesita mirar. Pararse y mirar. Percatarse. Frenar la velocidad con la que escojo vivir la mayoría del tiempo.

Luego regresé al asiento asignado. Intenté leer. Pero pudo más el llanto de esa niña que viajaba pocos metros más atrás. Así que cogí los audífonos y me dejé llevar por la película de turno. Podía haber sido cualquier historia banal pero resultó tratar sobre el valor, ése que lleva algunos seres humanos a decidir hacer algo por los demás. Aún cuando la excusa sea la más obvia de todas cuanto existan: el amor. No vería más de 15 minutos. Los últimos 15 minutos. Y aún así intensos. Más para quienes seguirían el argumento.

Poco antes de terminar percibí el gesto con el que algunos fanáticos de exhibir el dolor en salas oscuras intentamos disimulamos el llanto. Era consciente que la mínima distancia que nos separaba haría que me percatara. Y aún así, no disimuló. Más aún, en cuanto terminaron las últimas escenas, se giró, me miró directo a los ojos y me pidió que le dejara pasar. Al verle, ver ese hombre llorar con una imágenes fingidas sentí una profunda ternura mezclada de ironía.

Hacía tiempo que no veía a un hombre llorar. No es defensa del tópico. Tampoco apología de él. El último creo que fue mi hermano al verse obligado a despedirme antes de una partida inminente. ÉL (amor) no llora. Dice que no le surgen las lágrimas y nos bendice a los que podemos. Prefiere escribir poemas en un pañuelo. Y ÉL (amigo eterno de cines), simplemente se ríe de mí cada vez que suelto emociones entre espectadores que aguantan, más o menos, pero que no tiran tan rápido de kleenex.

Con los años a veces observo con pánico que lloro menos. Que aguanto más los adioses, las despedidas de amigos con los que he compartido épocas que, mejores o peores, pero que ante todo no se repetirán. Y no sé si alegrarme porque he aprendido a fluir en los mares de sentimientos a los que estamos condenados los que llegamos un día a sitios de los que somos conscientes que desertaremos pronto.

O, por el contrario, lamentarme de eso por lo que abogo desde que descubriera el sabor de la intensidad: la pasión. Por ellos (amores), por ellas (amistades), por los momentos, por algunas imágenes, por las ciudades, por los vientos que susurran misterios, por las noches, por las palabras...Por todo aquello que nunca se paga y que, sin embargo, atesora lo más esencial del vivir.

¿Será que aprendemos a cubrirnos las espaldas de las lágrimas que acechan con su libertad cuando y donde quieran? ¿O que debemos aceptar que la madurez es, también, sentir menos o más espaciado? ¿O que algunas épocas se tiñen de sobresaltos continuos mientras en otras necesitamos la apaciguada calma para hacer trabajar otros sentidos? ¿Y que siguen siento infinitas las sensaciones?

Mientras intento resolver el enigma, recuerdo con curiosidad esa sensación que atravesó mi mente mientras le miraba a los ojos. Y el agradecimiento profundo de recordarme que algunos (hombres y mujeres) todavía lloran al perderse en una pantalla de imaginación que recrea el valor.

martes, 1 de septiembre de 2009

Mares


No nací al lado del mar, más bien al contrario, tierra adentro donde necesitabas al menos una hora para poder ver el inmenso espacio azul al que dejan lugar las arenas de nuestra costa. Fui sólo picoteando pedazos de su aroma, gotas de su sabor durante los años de mi juventud.

Guardo en la terraza costera del piso de un ex las mejores risas de ese momento, cuando las necesidades eran tan distintas y la materia indefinida. Lejos de lo que somos ahora. Atesoro también en un mar los recuerdos de otra costa, irlandesa, pisada a los 18 años con el hambre de vida cobijado en la mirada que todavía me persigue. Un año después lo tomaría por compañero. Era otro mar, más asequible. Más cercano. Igual sinónimo de libertad que todos los anteriores. Cobijaba los secretos de toda una ciudad: Barcelona.

Durante los seis años que pasé en la ciudad, entregué decenas de veces el secreto de lo interior a esas aguas. Era el baúl de los pensamientos regalados al aire que a menudo necesitamos soltar pero no demasiado alto. Él se los llevaba lejos, se iban sin destino. Me he pasado largas horas mirando el movimiento de las olas, observando la inmensidad de cada mar en el que me he asomado. En el Adriático, en el Pacífico, en el Mediterráneo o en el Atlántico, tan diferentes todos ellos, he olido con la misma furia la esencia de la inmensidad.

En los últimos meses he pensado y repensado el concepto de inmensidad. Y analizado si se encuentra mar adentro, donde todo es movimiento e intriga. Donde la constante es la búsqueda y la novedad. O por el contrario, en las aguas tranquilas de cerros vallados. Entre la calidez de quienes garantizan seguridad, donde nada se mueve demasiado si tú no lo autorizas. Y así no hay regresar que poner en orden, no hay vuelta que reparar. Puedes edificar dentro tu albergue de felicidad, que los aires de tormenta sólo mecerán lo mínimo de la estabilidad.

En estos días, que regreso a la casa y el pueblo donde nací, observo con extrema curiosidad la vida de aquellos que me rodean. Amigos y conocidos que han sentado ya las bases de los próximos años de su vida, los muros de la casa. Siempre tan en condicional como sorpresiva la vida, sin duda. Y al verlo, si bien pueden llamarme en un principio las tentaciones del confort, termino siempre huyendo de esa definida estabilidad.

Me miento a veces que quisiera mi hogar, mi alma gemela, tal vez, haber encontrado mi lugar en el mundo. Pero luego, al observar con los ojos de la sinceridad que todos poseemos, aunque a veces engañados, me encuentro en la misma necesidad de movimiento de hace 10 años cuando pisé las arenas de Rush, esa localidad irlandesa donde tantas veces me senté a mirar lo frenético de las olas. Y entonces me doy cuenta que mi estado es el movimiento y que el resto no es que uno no lo encuentra, sino que no lo quiere. Huir es la forma más fácil de rechazar lo que creemos querer pero en el fondo no deseamos.

Me muevo a menudo. Entre ciudades, entre amigos, entre páginas de libros sin los que no sé vivir, entre debates que enriquecen mi ser, entre calles y mares de ciudades con costa, entre dudas, entre peleas por el querer ser, entre sueños, entre palabras. Y por duro que a veces sea la incertidumbre que ese pasear conlleva, no podría vivir sin ello. Sin ese movimiento que a todo le da sentido. En su ausencia, se congela el júbilo, se congela el amor, la magia, el aire que mece los sentidos y la necesidad de vivir.

Se van las olas y llega el desierto…

domingo, 19 de julio de 2009

Prefiero La Duda


No tengo la solución al gran amor de mi vida. Siento, por un lado, que le amo como nunca he amado antes. Y aún así, me dejé seducir por una tierra desconocida antes que repetir esa su ciudad que me es ajena y triste la mitad del año. Me dejé fascinar antes por la curiosidad de nuevos mundos que caer rendida a los pies de otra parte de mí. La que siente, quiere, desea y se entrega al amor “¿Pero tú, donde quieres vivir?” , me preguntaba hace poco una amiga. “No lo sé, todavía no he encontrado mi lugar en el mundo”, le contesté con todo el sosiego que otorga la sinceridad.

No. No sé aún el nombre de la ciudad que cobija el secreto de mi permanencia. Ni conozco el hombre que se sentará un día a mi lado a narrarme historias y se quedará para siempre, robándome las ansias de volar hacia otras partes. O si ya lo encontré y simplemente lo dejé volar yo a él. Tampoco tengo identificado, en la incierta bola de cristal del futuro, el sitio donde quedarán escritos mis análisis, mis textos, mis crónicas. Todas esas historias que quiero volcar en un papel.

Pero sé aquello que no quiero. Y tal vez por ello, aún cuando mi interior me inquieta con eternos cuestionamientos, mi exterior, reflejado en la voz de aquellos que me conocen, se tiñe de afirmaciones de seguridad insensata. Y así, sigo escuchando en todas las ciudades por las que paso esa frase de la que, cada vez más, me río: “¡Es que tu sabes tan claro lo que quieres!”. No, señores, no sé todo lo que quiero. Ni estoy convencida de acertar cuando dejo huir algo o alguien que tal vez forme parte de mí más que cualquier otra cosa.

Pero sé lo que me mueve. Conozco el hilo de la pasión porque es el único que me gobierna, cuando no apremia la economía, que al final, no es más que un sendero que hay que conocer para saber huir de él. O para aprender que, en paralelo, se pueden recorrer otros caminos. Los verdaderamente importantes. He aprendido a identificarlos. A capturar las letras y las discusiones que me dan vida. Y desecho, así, todas las cárceles que podrían capturarme con fáciles tentaciones. Prefiero la aventura. La vida sincera. Sincera a los deseos y a las creencias. Porque es la que hace que aparezcan gusanos en el estómago.

No sé porque es todo tan difícil”, me decía hace poco una buena amiga. La familia al otro lado del Atlántico, la pareja que le es compañía pero no amor, los amigos que se alejan, las ciudades que no siempre llenan. “No sé porque todo es tan difícil a veces pero sé que tenemos aquello que a tantos les falta: motivación”, le contesté.

Y sí, resulta que el camino que casa la sinceridad con las pasiones presenta más obstáculos que la rendición a un modelo. Pero no, querida, esa no es nuestra forma de vivir. Y tal vez por ello, aún cuando nuestro camino sea el más incierto –porque está desposeído de propiedades, de parejas, de países a los que establecerse, de trabajos permanentes- nuestra idea de lo que queremos es la más firme. Aunque nazca sólo de la base de aquello que no queremos.

De las tantas frases de ese idolatrado Kapuscinski al que este año me he acercado más que nunca, permanece en mi mente una idea: la de la fascinación constante ante la novedad. Él, que tantas guerras recorrió y tantos mundos conoció, escribía una vez “Cuando estoy entre los nómadas del Sáhara les muestro todo mi respeto, pues si yo, sin conocer su cultura y sin saber eso que les permite sobrevivir, me encontrara en su lugar, simplemente me habría muerto”.

Esa frase, un alegato absoluto a la pasión por descubrir, me viene a la mente después de recordar la frase de un amigo que me ha repetido, en las últimas semanas, la palabra “aburrimiento”. Tan fuerte me golpeó la declaración de que se aburría en la vida, que tuve que pedirle, hace poco, una aclaración. Porque lejos de asociarlo con la apatía, lo que me despertaba su declaración era una profunda tristeza. Bañada por el miedo de quien ya no va a volver a sentir nada con intensidad nunca más. “¿Y…la vida es eso? Me pregunto si la vida es sólo eso”, me contaba en un entorno nocturno que representaba la antítesis total a la desidia.

No conozco exactamente los detalles de su vida –por evidencias históricas más compleja que la mía- ni el porque exacto de ese aburrimiento, “temporal”, me confesó después. Podría asociarlo, como le dije, con su edad, más avanzada que la mía. Y darle razón, así, a todos aquellos que nos quieren alumbrar con el encaje perfecto entre juventud e inocencia. O la sensación esa, que tan bien resumió Picasso al recurrir en sus últimos días al mismo estilo que tenía en su adolescencia. Y aceptar así, que la rebeldía es pasajera. Y la pasión se pierde con los años.

Pero resulta que, aunque dude de muchas cosas, huyo más de ciertas ideas. Y si bien a menudo no sepa porque rechazo esa nuestra visión euro céntrica con la que adoptamos el juicio de lo bueno y lo malo de otras culturas; o me crispe con los análisis tan politizados bajo los cuales se ejerce el periodismo; o me indigne con todos aquellos que critican la inmigración sin conocer la desesperación del hambre; o evite las críticas de quienes confunden manipulación con desconocimiento,…Aunque desconozca porque sucede todo eso, hoy sé que prefiero la duda. Porque es ella quien me lleva al cuestionamiento. A la rebeldía en forma de conocimiento. A la búsqueda –finalmente- por intentar comprender.

Por eso cuando ese amigo me receta tranquilidad ante la incomprensión –a veces del mundo exterior, otras de los propios sentimientos- le respondo con todo el afecto: “No quiero esa tranquilidad”. Prefiero la duda que me hace sentir viva.

A X.F. amiga sincera y “compañera” de rebeldía, por tantos momentos de indignación y de análisis. Por las risas desmadradas que protegieron la desesperación del momento y la complicidad de saber que nunca estamos solos.

jueves, 9 de julio de 2009

Décimas de segundo


El sonido del teléfono móvil. Un número que revela intención. El pálpito de la espera al borde del final. La tecla verde. El “dígame”. La frase que resguarda un destino. Mi próximo destino. Escrito en la voz de alguien. Y hecho público…en décimas de segundo.

O tal vez un correo. Enviado desde una dirección usual. La clave del futuro encriptada mientras se abre esa bandeja. La pulsación de saber que aguarda el misterio de un país. El nombre del próximo billete de avión. La cuenta atrás. En segundos, décimas de segundos. Y después, la consciencia…el final de la espera.

La mirada intensa, la sonrisa, un juego, la autorización a acercarse. El beso que abre un camino al amor. La historia más mágica…O el rechazo. Escrito en el gesto hacia atrás. Una débil negación. Historias que podrían ser. O historias que se niegan. Y la decisión tomada…en décimos de segundo.

La apuesta por el éxito en manos de tres personas. Un jurado a quien convencer. Un propósito del que no se puede dudar. El convencimiento de que las maletas esperan allí, al otro lado del océano. El discurso convincente. Las preguntas. A veces más interrogativas. Un reto por superar. Un rail que dirigir. El tren…ese que nunca se desvía. Pero que puede hacerse más sólido hoy o fluir hacia más adelante. Sólo…en décimas de segundo.

El temblor de la tierra. Sentido como nunca antes percibí el gruñido de esa nuestra pachamama. Sin tiempo a reaccionar. Sin la oportunidad de entender la gravedad del momento. Temblores. A ratos más fuertes. La amenaza escrita en las ondas de un movimiento. Las calles peleando por romperse. El equilibrio de los edificios donde nada puede equilibrar un miedo. Los breves instantes de un terremoto. Acumulación de segundos que llevan a la desaparición de una ciudad. El terror y las secuelas. En tan sólo un breve, brevísimo espacio de tiempo.

Lentos parpadeos que batallan por comunicar. Una sensación de ahogo. El último suspiro a punto de brotar. La alerta del adiós forzado. Últimas comunicaciones. Con la paz de saberse a tiempo de despedirse. La elección de dejarla ir. Con el consentimiento de que así, será libre más tiempo. Y que aquí, también podremos vivir sin ellos, los que se van. Más allá. Y cruzan esa puerta…en décimas de segundos.

Y en el mismo breve espacio de tiempo, incalculable para los sentidos, abandona él su confort. El refugio de una alimentación satisfecha, el afecto garantizado, la consciencia evitada por los ojos cerrados. Nueve meses de escondite. Nueve meses de confort. Hasta que –de repente- en el último esfuerzo de ese largo dolor, rompe el muro del abrigo. Su saludo es el llanto. Su manto el abrazo. Grandes emociones condensadas …en décimas de segundos.

Instantes que esconden la esencia del todo, de lo verdaderamente importante. Instantes que a menudo perdemos mientras corremos hacia otra dirección. No siempre conocida. Menos todavía predecible. Pensando que los días son tan efímeros que es mejor aprovecharlos corriendo. ¿Y si las mejores cosas sucedieran mientras estamos sentados?

viernes, 19 de junio de 2009

Le llaman complicidad


Algunos libros duermen en el rincón de los recuerdos atados por un hilo con el escenario que cobijó su lectura. Y así tiempo, espacio y letras tejen un mismo cuadro imposible de dividir en el libro del pasado.

Figuran en esta zona del cerebro los trayectos en tren de un Interrail veraniego donde sufrí la búsqueda de identidad de la protagonista de “Un jardín en Badalpur”, la segunda parte de la obra de Kenizé Mourad que despertó mi apetito por Istanbul y Beirut. El sofá de mi casa albergó el envenenamiento de los niños de “Flores en el ático”, cuyo comentario de texto, escrito con menos de 20 años, sigo llevándome conmigo en las estancias largas al extranjero.

En el autobús de Barcelona, poco antes de partir a Perú, rompí la monotonía del trayecto hasta el Paseo San Juan con las historias de “La tía Julia y el escribidor”, las confesiones juveniles de Vargas Llosa. Y también en Barcelona, me hice adicta, para siempre, y otra vez en un tren, de la extravagante historia de amor entre Gala y Dalí, pareja excéntrica donde las haya.

Devoré sin pausa las páginas de la biografía de Gala, mujer ávida de vivencias, de sexo, inspiración eterna de Dalí, musa a veces y destructora en otras ocasiones. Amante de pescadores a quienes se llevaba mar adentro en Portlligat, eterna pasional que se hizo construir un cuarto oval donde recibir a “los otros”. Obsesiva por inspirar, por motivar la creación y por salvar a artistas. Mujer. Contradicción. Pasión. Crueldad.

La historia de Gala y Dalí despertó en mí, durante aquellos viajes en un tren de cercanías, algo que ha seguido seduciéndome con los años: la excentricidad de algunas parejas unidas por el arte. “Tengo una curiosidad, no sé si malsana, con las historias de amor fuera de lo convencional”, me decía hoy un amigo. Me adhiero a tu obsesión, pensé al instante.

La conversación tenía su origen en un artículo publicado hace unos meses en El País sobre Sylvia Plath y Anne Sexton, dos poetas unidas por la pasión literaria. Diferentes en cuanto a orígenes sociales, las norteamericanas se conocieron en un curso de escritura que impartía el poeta Robert Lowell en Boston. Desde entonces, las vinculó una fuerte amistad, quizás la rivalidad literaria y, sin duda, la admiración incondicional de Sexton a su compañera.

“Según Robert Lowell, maestro del confesionalismo, ‘Anne era más auténtica pero sabía menos. Sylvia aprendió de Anne’”, recoge el texto. Fuera cual fuera la dirección del aprendizaje poético, lo que nadie pone en tela de juicio es el dramatismo de la relación que se quebraría con el suicidio de Plath, en 1963. "Sylvia y yo hablábamos muchas veces y extensamente de nuestros intentos de suicidio, entrando en los detalles, con profundidad", relató Sexton en una de sus cartas. Años antes habían compartido veladas de martinis en el Ritz de Boston.

He acudido hoy a esa crónica a raíz de la visita en España de la fotógrafa Annie Leibovitz, quien ayer presentó la exposición “Vida de una fotógrafa. 1990-2005”. Y más que por sus imágenes, la visita me seduce por la relación que durante 15 años mantuvo con la escritora Susan Sontag, sobre quien ya he revelado mi interés varias veces en este blog.

Sencilla, poco amiga de las cámaras –como dicta el mito de quienes persiguen capturar al otro- Leibovitz declaró anoche que los retratos de Sontag le ayudaron a superar su muerte. La búsqueda de las imágenes para la exposición se convirtieron, así, en la catarsis de un amor quebrado por la enfermedad que persiguió durante años a Sontag.

En el inventario de relaciones artísticas que me han ido seduciendo no pueden faltar los mexicanos Diego Rivera y Frida Kahlo. Hará poco más de un año, cuando mi estancia en Lima llegaba a su fin, tuve la posibilidad de acercarme a su vida y obra en una exposición que daba cuenta de lo complejo y a la vez motivador de esas relaciones.

Cuando al escribir de estas historias poco convencionales, me pregunto qué me atrapa tanto, me vienen a la mente dos palabras: extravagancia y complicidad. La primera entendida como la búsqueda de una forma de vida fuera de lo que ordenan las normas sociales, con el atrevimiento implícito de retar las convenciones a apartarse del camino.

La segunda, como la más gratificante de las sensaciones que puede unirnos a alguien. En el periplo de historias de amor vividas quedan atrás informáticos, comerciantes, profesores… Hoy, y cada vez más, estoy convencida que no puedo entregarme a alguien que no comparta un mínimo ese mundo de pasiones que acaba tejiendo nuestra vida. Esa necesidad de cuestionar y cuestionarnos. Ese apetito de conocimiento en la forma que sea. Esa necesidad de devorar letras, historias, vidas. VIDA. Le llaman complicidad. Y bajo su manto suele cobijarse el amor.


"Mis admiradores creen que me he curado; pero no, sólo me he hecho poeta", Anne Sexton.

domingo, 7 de junio de 2009

Licencia para escoger


Si me hicieran escoger de todos los obituarios que he leído en vida -escritos justo después de una muerte o tiempo más tarde en crónicas que sirven para devolver los muertos a los vivos por unos segundos- no tendría duda alguna de cuales citar.

El primero de ellos lo leí en La Vanguardia hará unos tres años. Era de una periodista de esa casa, probablemente poco conocida a nivel internacional, por lo que a simple vista no tenía porqué atraparme de forma especial. No tengo ninguna pasión secreta por los obituarios. Sin embargo, esa crónica, que poco tenía que ver con la muerte y mucho con la vida, logró atraparme desde el principio al final con la intriga que a uno le secuestran ciertas novelas.

No recuerdo el nombre de la tal periodista. Recuerdo, en cambio, y muy lúcidamente, el elogio a la forma como vivió que la autora describía. En esa vida, que acababa de terminar por un cáncer, no faltaron los viajes, la entrega, la amistad sincera, la necesidad de descubrir, el afecto desinteresado y sobre todo la pasión. La pasión por vivir, que al final y al cabo es la única que logra resumir todas las demás. Tanto y tan fuerte había golpeado ese modus vivendi que lejos de lamentar su muerte, la autora le hizo el último homenaje al celebrar su vida. Lo terminé de leer pensando que el día que me muera, quisiera poder inspirar un obituario así.

La otra crónica sobre una muerte –reproducida decenas de veces, analizada, leída y lamentada eternamente- es la de la escritora norteamericana Susan Sontag. Otro elogio de la vida en el sentido más franco. “La novelista y ensayista […] tuvo un apetito desbordante por la vida y una actitud intelectual independiente e irreverente”, decía de ella el escritor Tomás Eloy Martínez en un artículo en El País en febrero de este año poco antes de que su hijo, el periodista y editor David Rieff, publicara la obra “Reborn”.

Destacan en el texto del argentino frases como ésta. “Su apetito por la vida desbordaba las exigencias cotidianas. Se desvelaba anotando listas de las cosas que necesitaba vivir o conocer”. Alabanzas sin pretenderlo, estas observaciones siguen la misma línea que las de su hijo, que relata en “Reborn” como Sontag “amaba vivir, y tanto su sed de experiencias como sus expectativas de escritora habían aumentado con el paso del tiempo”.

Hace unos diez años, en plena efervescencia juvenil, se sucedieron varias muertes a mi alrededor, dos especialmente cercanas. Predecibles por esa enfermedad agónica que no anuncia cuando llegará pero sí que en algunos momentos es irreversible, viví esa época envuelta en tumultos de sensaciones. Se mezclaron de forma demasiado confusa la tristeza de unos con la valentía de otros. La aceptación, el dejar fluir hacia nuevos allás (existentes o no), el dolor y la desesperación.

Aunque si hay un sentimiento que hoy recuerdo al recuperar todos esos minutos de intensidad, escogería sin duda esa frase pronunciada por alguien muy cercano a una hija ante la pérdida inminente de su madre: “Déjala partir, dile que se vaya tranquila, que estarás bien”.

Amo tanto y tan intensamente esta vida que le temo profundamente a todo aquello que tenga que ver con el conformismo, la cobardía e incluso la mediocridad (asumiendo que los límites a cada una de ellos no los ponen los demás sino uno mismo). Y cuando cruzo etapas de crisis existencial, saben quienes me conocen bien que no entrañan desidia y abandono sino miedo a no ser lo que, racional pero también pasionalmente, ansío para el futuro. Es por ello que estos momentos concentran las etapas de más absoluta concentración y estudio.

Y eso, esa inquietud que me mueve a rebelarme, a exiliarme del entorno y ensimismarme en el futuro, encierra innumerables debates conmigo misma pero es, a la vez, el sendero hacia grandes satisfacciones. Y resulta que no concibo la vida de otra forma que no sea con sinceridad hacia mis sueños.

“Si no puedo ser lo que soy ahora prefiero que me dejen morir”, dijo en una ocasión la joven italiana Eluana a su padre Beppino Englaro. En una entrevista publicada ayer en El País, este hombre, desgraciadamente célebre por lograr que retiraran la hidratación artificial a su hija tras 17 años en estado vegetativo, recuerda exactamente los 6.233 días que Eluana NO vivió. Habla de ella como un “purasangre de la libertad”.

Y recuerda que tras el accidente de un amigo de la joven, que se quedó en el mismo estado, ella le declaró: “No quiero bajo ningún concepto permanecer en unas condiciones de este tipo”. Beppino y su esposa no hicieron más que obedecer su voluntad. Puede que la más lícita de las voluntades: decidir cuando y cómo morir. La pasión por la vida lleva implícito también el respeto por la muerte.

*A A.G. por las horas de escuchas, risas y debate existencial.

miércoles, 3 de junio de 2009

Trenes al destino


Era la primera vez que viajaba a Mailand. Desconocía incluso que ese pequeño país existiera en el mapa. Por eso cuando Víctor me dijo que se encontraba allí en misión humanitaria y me invitó a visitarle tuve que recurrir a ese pequeño atlas que arrastro donde sea que vaya para ubicarme en el planeta.

Viajé en avión hasta la capital. Y de allí cogí un tren hasta el pueblo donde Víctor llevaba tres meses trabajando para las autoridades locales, Turlen. Una joya en medio del continente africano. Incluso tras la reciente guerra civil que lo había desangrado. Tantas veces la historia repetida. Le llaman conflicto étnico. Para él, que había estado tantas veces en escenarios parecidos, no era más que otro puzzle de intereses regionales.

Nada nuevo bajo la capa del sol, diría Virgilio. "Nada nuevo", repetía Víctor decenas de veces. Para quienes le conocemos la mirada, sabemos que no puede resumir todo lo que guarda dentro. Por eso le disfrutamos sin preguntas y gozamos cada paraje en el que se encuentra. Hasta que termina el fin de semana. Entonces me deja en una estación de trenes (a veces aeropuertos asolados), me guiña el ojo y veo como sale por la puerta. Evita los despidos. Odia los sentimientos que huelen a negación.

Le conozco tanto que con un suspiro puedo leerle la ansiedad. La amistad es probablemente el más libre de los sentimientos. Perfecto cuando no acumula apegos. Cero exigencias. Sólo que esa vez, deseé profundamente que se hubiera quedado hasta que se fuera el tren. Pues fue partir Víctor, y enfrentar el más caótico de los avatares. En Turlen para acceder a los trenes hay que embarcar como en un avión. Es consecuencia de la herencia colonial, dicen algunos, que quisieron darle al pueblo el glamour de capital que no era.

Embarqué con normalidad pero al dejar una de las dos maletas, vi que seguía una dirección contraria a la que me acababan de sellar. Y segundos después, la mirada de ese señor. La alarma. Y mi obsesión por recuperarla. Algo olía mal. La cinta que llevaba esa segunda maleta no se dirigía a los compartimentos del tren sino que se alejaba de la estación. Miré durante unos segundos la dirección que tomaba antes de percatarme de que, evidentemente, algo estaba quebrando la normalidad. Luego salí corriendo a buscarla.

En segundos había desaparecido de mi vista. Husmeé entre la gente que estaba en la zona donde observé girar la cinta hasta que la divisé al fondo. Esa cinta recorría parte de la sección trasera de la estación. E iba rápido. Aceleraba su ritmo. A medida que me acercaba a ella parecía estar más lejos. Un completo surrealismo. La imagen de una mentira que se me dibujaba enfrente. A lo lejos, un reloj. Y la preocupación por el tiempo.

El tren hacia la capital salía en cinco minutos. La otra maleta debía estar ya en el compartimento asignado. Pero no podía dejar justo ésta en Turlen. Víctor me había entregado dos horas antes esos papeles que hacía tanto tiempo que le había pedido su hermana. Mientras perseguía ese bulto, convertido en obsesión, retumbaban en mi cabeza sus últimas palabras: “Dáselo en mano, le ilusionará que seas tu quien se lo entregue”.

No podía pensar. Sudaba de imaginar que podía fallarle a Víctor. Pero me preocupaba también porque ése era el último tren que salía en dirección a la capital ese día. Y mi vuelo despegaba de madrugada. Si seguía buscando la maleta, perdería el tren, el avión y de rebote la ilusión de Víctor y de Ana, mi jefa, que confiaba en que el lunes se sellara el acuerdo con Campbell, la nueva editora de la empresa.

Faltaban 3 minutos para que cerraran las puertas del tren. Hice como si no viera aquel reloj. Seguí corriendo tras la cinta. Veloz, mucho más que aquella correa que me retaba. No puede uno sentir que le roba la razón un presente surrealista. Las agujas del reloj. La desesperación. Miré a mi alrededor y vi que me encontraba fuera de la estación. Lejos, casi en las afueras del pueblo. Sonrisas a mi alrededor.

Y de repente, la maleta. Apoyada en una mesa con dos señores al lado. La cogí sin pensármelo y miré hacia atrás. Quedaba un minuto para que se fuera el tren. Era imposible llegar a la estación. Estaba demasiado perdida y tenía poco tiempo... Deshacer el camino andado me tomaría al menos 10 minutos... Cuando de repente, alguien me cogió del brazo, me indicó una puerta y me acompañó a cruzarla.

Enfrente estaba el tren que salía hacia la capital. Miré sin comprender nada. Volteé de nuevo la cabeza en un intento desesperado por llamar a la lógica pero detrás no quedaba nadie. Crucé la puerta, caminé despacio hacia el tren y justo cuando iba a partir uno de los revisores abrió la puerta, me miró y me dio la mano para que subiera. Me tomó la maleta que acababa de recuperar y la dejó justo al lado de la que se había facturado. Sonrió y me invitó a sentarme. "Le estábamos esperando", me dijo.

* A D.B por prometerme que los trenes que se llevan dentro nunca se pierden.