Le puse nombre a los días, y verbo a las horas. Cantidades a todos. Creí poder seguir el mismo cómputo que los demás. Quienes vinieron antes. Pero apareciste para recordarte que existe otro calendario. Una nueva manera de aspirar. Otra forma de respirar. El objeto, la necesidad. Oxígeno.
Me recordaste que mis pasos no tienen porqué ser los suyos. Construimos la existencia de acciones y no de esperas. No existe la obligación de sumar. No en cantidades, solo en verdades. Me obligaste a la reflexión, fuiste contundente. Tal cual el filo de la navaja que muchas veces te impedí usar porque no estaba preparada para escuchar.
Ahora te oí. Estaba lista para la verdad. Para continuar el camino emprendido. No es cuestión de meses, es cuestión de autenticidad, me recordaste. Me pusiste de nuevo en el camino, un sendero del que me aparté por la necesidad imperiosa de vivir un presente.
¿Puede esa necesidad hacernos perder? Me acaban de recordar que sí. Posesión, nos reímos con ella, gran amiga. Y en verdad, no es cuestión de risa cuando de pérdida se trata. ¿Puede uno perderse tanto tiempo? ¿Puede dejar el horizonte por la necesidad apremiante de vivir un presente?
Puede. Puede absorber el presente los sueños. O confundirte con ellos. O vestirse de tal manera que sea parte del camino. No neguemos que hasta cierto punto así es. Pero asoma el péndulo, disminuye la intensidad. Y poco a poco los pasos ya no son firmes.
Interviene la duda. ¿Un abandono? ¿Un juego interrumpido? ¿Puede el des-amor haber conducido a la desidia?
Puede. O puede que se aliara con el destino para recordarte las señales. Tiempos son tiempos. Para cada quien distintos. Para uno firmes cuando aparecen de la mano de la necesidad de aire. Aire para respirar, aire para crear.
No son decisiones en vano. No las gobierna lo imprevisible. Meditadas desde lo profundo, toman más fuerza cuando te las escucho pronunciar con todo claridad. No se puede rechazar la luz entregada en forma de regalo. La autenticidad es un privilegio. Y el convencimiento su mejor aliado.
A D. H por recordarme siempre que la esencia es mejor apuesta que la comodidad. Por orientarme con firmeza cuando más lo necesitaba.
domingo, 20 de junio de 2010
martes, 15 de junio de 2010
La perfecta imagen
Acostumbraba a ser más alto, más fuerte, a brillar con mucha más fuerza. A inspirar a quien se atreviera a mirarlo. No era fácil. Cargaba tanta luz que solo algunos, de ojos penetrantes, podían aguantarle la mirada.
Era desafiante, orgulloso podría decirse. ¿O sería que así queríamos verlo?. Erguido, en las horas de su mayor inspiración, transmitía una fuerza comparable solo a la de las olas.
Capaz de opacar a cualquiera que se atreviera a enfrentarle la mirada. Hasta que de repente tembló. Se quebró algo, en lo más alto, en lo firme de su personalidad. Perdió fuerza, sutil al inicio, más grave con los minutos. Flaquearon las extremidades.
Se debilitó su respiración. Nada alarmante para quienes no lo conocieran. Incluso agradable tras las explosiones de su energía. Un mar en calma. Acompañado del suspiro de la brisa. Esa que le llegaba ahora tras horas de gloria.
Decaía. Ya nada procedía con lentitud. Perdía intensidad. No sin dignidad. Más bien al contrario, la nueva luz le daba un aire irreconocible. El rostro más fascinante de quien revela que el orgullo no era vanidad sino excelencia. Vigor en estado puro.
Belleza incluso. Últimos instantes. Reflejos de lo que fue no hacía tanto. La mirada flexibilizada. La sonrisa en paz. El merecido descanso. Un parpadeo que todo todo lo recorría. El mundo peinado. Una vida atrás. Y entonces…el último suspiro…
La última manifestación antes de una nueva luz...
La perfecta imagen del ocaso…
Era desafiante, orgulloso podría decirse. ¿O sería que así queríamos verlo?. Erguido, en las horas de su mayor inspiración, transmitía una fuerza comparable solo a la de las olas.
Capaz de opacar a cualquiera que se atreviera a enfrentarle la mirada. Hasta que de repente tembló. Se quebró algo, en lo más alto, en lo firme de su personalidad. Perdió fuerza, sutil al inicio, más grave con los minutos. Flaquearon las extremidades.
Se debilitó su respiración. Nada alarmante para quienes no lo conocieran. Incluso agradable tras las explosiones de su energía. Un mar en calma. Acompañado del suspiro de la brisa. Esa que le llegaba ahora tras horas de gloria.
Decaía. Ya nada procedía con lentitud. Perdía intensidad. No sin dignidad. Más bien al contrario, la nueva luz le daba un aire irreconocible. El rostro más fascinante de quien revela que el orgullo no era vanidad sino excelencia. Vigor en estado puro.
Belleza incluso. Últimos instantes. Reflejos de lo que fue no hacía tanto. La mirada flexibilizada. La sonrisa en paz. El merecido descanso. Un parpadeo que todo todo lo recorría. El mundo peinado. Una vida atrás. Y entonces…el último suspiro…
La última manifestación antes de una nueva luz...
La perfecta imagen del ocaso…
lunes, 14 de junio de 2010
Llegan
Difusos en formas diversas, escondidos entre el paisaje urbano, llegan. Vienen cuando más necesitas recordar el sabor del aire, cuando el camino se volvía tortuoso, cuando podía revivir el miedo. Aparecen. Se asoman casi sin pedir permiso, de la manera más sutil, sabiendo que no los llamaste. Y que por eso, los confías más.
Llegan para recordarte la mirada interna. Para asegurarte de que hace mucho que topaste contra la corriente. Para ayudarte a enfrentar el vértigo. Cascadas de sensaciones convertidas en orden en el momento que aparecen. La facilidad de transmitir. De admitir. Poder reconocer el miedo. Saber identificar el valor.
Llegan. Sin ningún llamado. Sin la garantía de quedarse. Más que el tiempo que los necesites. Usan las palabras como instrumento. La letra como excusa. Mientras de fondo, te remiten a la certeza de que conoces el camino. A la convicción de que algunos senderos son solo la forma de regresar más firme.
No dudan.
Escuchan.
Atentos.
Conocen la fórmula
Escondida solo tras la tormenta
Te sienten.
Te reviven.
Amigos...
Cómplices...
Desconocidos...
Llegan para recordarte la mirada interna. Para asegurarte de que hace mucho que topaste contra la corriente. Para ayudarte a enfrentar el vértigo. Cascadas de sensaciones convertidas en orden en el momento que aparecen. La facilidad de transmitir. De admitir. Poder reconocer el miedo. Saber identificar el valor.
Llegan. Sin ningún llamado. Sin la garantía de quedarse. Más que el tiempo que los necesites. Usan las palabras como instrumento. La letra como excusa. Mientras de fondo, te remiten a la certeza de que conoces el camino. A la convicción de que algunos senderos son solo la forma de regresar más firme.
No dudan.
Escuchan.
Atentos.
Conocen la fórmula
Escondida solo tras la tormenta
Te sienten.
Te reviven.
Amigos...
Cómplices...
Desconocidos...
martes, 10 de noviembre de 2009
La esencia de sorprenderse
Hoy he vuelto a la América Latina de la que me enamoré. La que se encuentra dibujada en entresijos de palabras capaces de construir vida a través del guiño de las letras. Descripciones tan penetrantes, tan perfectas que se saltan el necesario leer y van directamente a la imagen mental. He regresado, a través del texto de Alma Guillermoprieto en Gatopardo a sonreír mientras discurría la lectura.
Puede que fuera la inocencia de esa primera experiencia periodística, relatada por la autora a partir de su primera cobertura en Managua tras el derrocamiento de Somoza. O todo aquello que se esconde detrás de esa inocencia. La energía de la creencia desbocada, la necesidad de querer beber de las vidas de otros. Para así apaciguar tantas otras mentes que necesiten de ese veneno. El relato. La poesía robada a su género para construir historias. La crónica…
O puede que, además del como, me fascinara el qué. Esa conjunción entre el ímpetu por devorar el mundo y la decepción de que, a veces, el escenario traiciona el argumento. La dificultad por encontrar los guerrilleros admirados por la autora, escondidos tras la reja de una no-ciudad centroamericana. La decepción, descarada e injustificada, de que el mundo no siempre es lo que imaginamos. Y el miedo de que el tablero de la vida no siempre nos deje mover sus fichas con el simple vibrar de la pasión.
Y luego, la narcotización: ese estado en el que nos sumimos para no volar demasiado alto y evitar así la caída que lo aplaste todo. La precaución. El miedo, en realidad. La cautela desde la que rebajamos todos los sueños, sin ser rebasados, sin embargo, por la apatía. ¡Serpiente temible! Con el riesgo evidente de bajar tanto la tensión del vivir que la droga sea el estado mismo y no la condición a cambio de la cual estás a salvo.
Hasta que, de repente, te encuentras volviendo a buscar esas revistas que un día te fascinaron. Esos autores que te marcaron. Y aprovechas los momentos muertos para leer cualquier poema. Para conocer más Kabul de la mano de Ramón Lobo. Para preguntarte como andarán las inquietudes de Juan Cruz. Para descargarte las contras de La Vanguardia. Y curiosear entre las palabras de Saramago.
Y un día sientes que tras leer sobre los muros que todavía quedan de pie, te queda indignación. Y respiras hondo al volver a descubrir esos escritores y actores a quienes más que la forma les interesa la denuncia. Y los lees para impregnarte. Porque temiste, durante ese tiempo en el que funcionaste como un robot que llenaba horas para llenar bolsillos, que le hubieras dado la mano a la inercia.
Hasta que de repente, hablando con esa otra amiga que está en El Salvador, te das cuenta de que sus relatos centroamericanos contiene mucha más sorpresa que los tuyos. Que es verdad que no son vírgenes tras el paso por Perú. Pero que ello no puede ser justificación. Y piensas en Kapuscinski y una de las frases que más descaradamente quisiste guardar bajo llave: “La técnica es nunca perder la capacidad de sorprenderse”.
Perdí durante algún tiempo esa capacidad. Tal vez porque dejé de creer. En la política, en los sistemas económicos, en las ONG,… Porque una parte de mi estaba sumisa en una crisis sobre qué significaba realmente denunciar. Planteándome qué quería realmente desde las palabras. Intentando poner sobre el papel ese impulso que me lleva a países menos desarrollados. Muy cerca de la violencia. Buscando en el saco de los derechos humanos qué vulneraciones quería reflejar. Y de qué forma.
Y hoy, después de esa búsqueda, de la mano del regreso al periodismo escrito, en medio de un entorno altamente violento, creo tener la respuesta. Ayudaron el estado de sorpresa en el que estaba esta amiga en El Salvador, las descripciones de Ghana y Nigeria de ese madrileño tan querido, la entrevista –más que el premio Nacional de Fotografía- a una grande, a Gervasio Sánchez, que aprendió que los que más te enseñan no son quienes vociferan, sino quienes no hacen ruido.
Justo en la misma medida en que los grandes pasos se dan en silencio, desde la constancia imperceptible. Como lo importante, invisible a los ojos, me recuerda muy a menudo Lidia, robándole la cita al Principito. Como ese logro tuyo ahora, niña, que tanto mereces. ¡Me alegro por ti y me alegro de nuestras crisis! Porque sin ellas no caminaríamos.
Pues aunque a veces sintamos que nos inmovilizan, en realidad nos permiten saltar montañas…
Puede que fuera la inocencia de esa primera experiencia periodística, relatada por la autora a partir de su primera cobertura en Managua tras el derrocamiento de Somoza. O todo aquello que se esconde detrás de esa inocencia. La energía de la creencia desbocada, la necesidad de querer beber de las vidas de otros. Para así apaciguar tantas otras mentes que necesiten de ese veneno. El relato. La poesía robada a su género para construir historias. La crónica…
O puede que, además del como, me fascinara el qué. Esa conjunción entre el ímpetu por devorar el mundo y la decepción de que, a veces, el escenario traiciona el argumento. La dificultad por encontrar los guerrilleros admirados por la autora, escondidos tras la reja de una no-ciudad centroamericana. La decepción, descarada e injustificada, de que el mundo no siempre es lo que imaginamos. Y el miedo de que el tablero de la vida no siempre nos deje mover sus fichas con el simple vibrar de la pasión.
Y luego, la narcotización: ese estado en el que nos sumimos para no volar demasiado alto y evitar así la caída que lo aplaste todo. La precaución. El miedo, en realidad. La cautela desde la que rebajamos todos los sueños, sin ser rebasados, sin embargo, por la apatía. ¡Serpiente temible! Con el riesgo evidente de bajar tanto la tensión del vivir que la droga sea el estado mismo y no la condición a cambio de la cual estás a salvo.
Hasta que, de repente, te encuentras volviendo a buscar esas revistas que un día te fascinaron. Esos autores que te marcaron. Y aprovechas los momentos muertos para leer cualquier poema. Para conocer más Kabul de la mano de Ramón Lobo. Para preguntarte como andarán las inquietudes de Juan Cruz. Para descargarte las contras de La Vanguardia. Y curiosear entre las palabras de Saramago.
Y un día sientes que tras leer sobre los muros que todavía quedan de pie, te queda indignación. Y respiras hondo al volver a descubrir esos escritores y actores a quienes más que la forma les interesa la denuncia. Y los lees para impregnarte. Porque temiste, durante ese tiempo en el que funcionaste como un robot que llenaba horas para llenar bolsillos, que le hubieras dado la mano a la inercia.
Hasta que de repente, hablando con esa otra amiga que está en El Salvador, te das cuenta de que sus relatos centroamericanos contiene mucha más sorpresa que los tuyos. Que es verdad que no son vírgenes tras el paso por Perú. Pero que ello no puede ser justificación. Y piensas en Kapuscinski y una de las frases que más descaradamente quisiste guardar bajo llave: “La técnica es nunca perder la capacidad de sorprenderse”.
Perdí durante algún tiempo esa capacidad. Tal vez porque dejé de creer. En la política, en los sistemas económicos, en las ONG,… Porque una parte de mi estaba sumisa en una crisis sobre qué significaba realmente denunciar. Planteándome qué quería realmente desde las palabras. Intentando poner sobre el papel ese impulso que me lleva a países menos desarrollados. Muy cerca de la violencia. Buscando en el saco de los derechos humanos qué vulneraciones quería reflejar. Y de qué forma.
Y hoy, después de esa búsqueda, de la mano del regreso al periodismo escrito, en medio de un entorno altamente violento, creo tener la respuesta. Ayudaron el estado de sorpresa en el que estaba esta amiga en El Salvador, las descripciones de Ghana y Nigeria de ese madrileño tan querido, la entrevista –más que el premio Nacional de Fotografía- a una grande, a Gervasio Sánchez, que aprendió que los que más te enseñan no son quienes vociferan, sino quienes no hacen ruido.
Justo en la misma medida en que los grandes pasos se dan en silencio, desde la constancia imperceptible. Como lo importante, invisible a los ojos, me recuerda muy a menudo Lidia, robándole la cita al Principito. Como ese logro tuyo ahora, niña, que tanto mereces. ¡Me alegro por ti y me alegro de nuestras crisis! Porque sin ellas no caminaríamos.
Pues aunque a veces sintamos que nos inmovilizan, en realidad nos permiten saltar montañas…
martes, 27 de octubre de 2009
Desde el privilegio de las primeras impresiones
¿Se pueden imaginar la ciudad más anti-ciudad? Repleta de edificios sorpresivamente bajos en una urbe que es capital, sumida en un caos increíble aunque cada vez más familiar entre los ladrones de ciudades latinoamericanas, una metrópoli tan carente de glamour que ni los edificios gubernamentales pelean por querer destacar, una suma de edificios en apariencia organizados pero a la vez en absoluto desordenados. ¿Se imaginan el caos entre el caos? ¿La desidia escrita en las fachadas?
Ciudad donde no hace falta acudir a las cifras para detectar la alta presencia indígena, ciudad que llora pobreza por los poros de cada ciudadano apostado en paradas de comida itinerantes, en las manos castigadas de sus habitantes; ciudad de clases sociales demasiado fragmentadas que se leen en los rostros, en los vestidos y en las miradas. Esa mirada de quien te adula por la tela de tus ropas, por la blancura de la piel europea que uno quisiera a veces poder esconder…el odioso respeto por pertenecer a otra tierra, el irrenunciable halago hacia el blanco…Aquí antónimo de indio. De indígena.
La ciudad que respira gracias a sus árboles, a los bosques que la mecen en un abrazo por proteger lo débil entre lo más endeble, logrando así hacer de la pobreza –chozas entre vertientes de montaña- una miseria menos implacable. Vida vegetal donde escasea la dignidad humana. Verde para esconder el gris de las necesidades insatisfechas. Las más básicas hechas pedazos.
Esa es Ciudad de Guatemala. La tan temida urbe centroamericana, por acoger en su regazo a bandas juveniles cuyo nombre conoce el mundo entero. ¿Violenta? Hay quienes aseguran que sí, que acá la realidad no es mera ficción, otros que te hablan de la habitual precaución, españoles que nunca la sufrieron, guatemaltecos que han sido víctimas al menos una vez de asaltos. La realidad, como siempre, resulta ser el gran tesoro escondido en el manto de la experiencia personal. Sin la cual resulta imposible hablar con certidumbre.
Viajamos a estos países por esa necesidad imperiosa de ver con nuestros ojos las denuncias que queremos dejar escritas, en combinaciones de letras que pocas veces impactarán donde la voluntad política no quiera incidir. Huimos de la modernidad de países como Chile o Argentina por esa terquedad en conocer, de entre lo menos digno, lo más extremo. Y así, asegurarnos que cuando hablemos de derechos humanos tendremos grabados las imágenes de esas escenas donde el mero nombre es ilusión. De cuya ausencia queremos reportar, a menudo desde tronos de oro ¿Para qué engañarnos?
“Nos apasionan estos mundos pero en realidad cuando uno mira por la ventana ve un mundo tan decadente”, le comentaba a una compañera del periódico hace un rato. “Sí, pero te acostumbras”, me respondía. ¡Y cuanto te acostumbras! Pensaba. Te acostumbras des de antes de llegar, cuando dibujas en ese esquema mental de la ciudad el diseño de la peor urbe que podrías encontrarte. Esa ciudad, al lado de la cual, como muy bien me dijo una amiga hace un tiempo, Lima resulta ser un paraíso.
Paraíso o no, acostumbrarse –antes o después- es tan sólo el marco necesario para vivir la experiencia escogida. Porque por ella sacrificamos la estética de la arquitectura. Sacrificamos el amor, la familia, algunos amigos, la tierra, algunas comodidades.
Y todo, todo….por la necesidad de conocer otros mundos. Realidades que, cuanto más duras, sabemos que más nos enriquecerán. Porque frente a las huellas que acá podamos dejar nosotros, se grabarán para siempre, en nuestra consciencia, las experiencias aquí vividas.
De su gente. Y de su realidad. …Esta que en esos días empiezo a degustar. Tan apasionante por enmarcarse en mi vuelta al periodismo escrito justo donde lo social es la prioridad. Tan transitable por gozar de la suerte de encontrarme con esas personas que se van cruzando en el camino muy pronto, muy amigablemente…sin dejar que la soledad asome entre los miedos. Con el apacible gozo del viaje más tranquilo.
Ciudad donde no hace falta acudir a las cifras para detectar la alta presencia indígena, ciudad que llora pobreza por los poros de cada ciudadano apostado en paradas de comida itinerantes, en las manos castigadas de sus habitantes; ciudad de clases sociales demasiado fragmentadas que se leen en los rostros, en los vestidos y en las miradas. Esa mirada de quien te adula por la tela de tus ropas, por la blancura de la piel europea que uno quisiera a veces poder esconder…el odioso respeto por pertenecer a otra tierra, el irrenunciable halago hacia el blanco…Aquí antónimo de indio. De indígena.
La ciudad que respira gracias a sus árboles, a los bosques que la mecen en un abrazo por proteger lo débil entre lo más endeble, logrando así hacer de la pobreza –chozas entre vertientes de montaña- una miseria menos implacable. Vida vegetal donde escasea la dignidad humana. Verde para esconder el gris de las necesidades insatisfechas. Las más básicas hechas pedazos.
Esa es Ciudad de Guatemala. La tan temida urbe centroamericana, por acoger en su regazo a bandas juveniles cuyo nombre conoce el mundo entero. ¿Violenta? Hay quienes aseguran que sí, que acá la realidad no es mera ficción, otros que te hablan de la habitual precaución, españoles que nunca la sufrieron, guatemaltecos que han sido víctimas al menos una vez de asaltos. La realidad, como siempre, resulta ser el gran tesoro escondido en el manto de la experiencia personal. Sin la cual resulta imposible hablar con certidumbre.
Viajamos a estos países por esa necesidad imperiosa de ver con nuestros ojos las denuncias que queremos dejar escritas, en combinaciones de letras que pocas veces impactarán donde la voluntad política no quiera incidir. Huimos de la modernidad de países como Chile o Argentina por esa terquedad en conocer, de entre lo menos digno, lo más extremo. Y así, asegurarnos que cuando hablemos de derechos humanos tendremos grabados las imágenes de esas escenas donde el mero nombre es ilusión. De cuya ausencia queremos reportar, a menudo desde tronos de oro ¿Para qué engañarnos?
“Nos apasionan estos mundos pero en realidad cuando uno mira por la ventana ve un mundo tan decadente”, le comentaba a una compañera del periódico hace un rato. “Sí, pero te acostumbras”, me respondía. ¡Y cuanto te acostumbras! Pensaba. Te acostumbras des de antes de llegar, cuando dibujas en ese esquema mental de la ciudad el diseño de la peor urbe que podrías encontrarte. Esa ciudad, al lado de la cual, como muy bien me dijo una amiga hace un tiempo, Lima resulta ser un paraíso.
Paraíso o no, acostumbrarse –antes o después- es tan sólo el marco necesario para vivir la experiencia escogida. Porque por ella sacrificamos la estética de la arquitectura. Sacrificamos el amor, la familia, algunos amigos, la tierra, algunas comodidades.
Y todo, todo….por la necesidad de conocer otros mundos. Realidades que, cuanto más duras, sabemos que más nos enriquecerán. Porque frente a las huellas que acá podamos dejar nosotros, se grabarán para siempre, en nuestra consciencia, las experiencias aquí vividas.
De su gente. Y de su realidad. …Esta que en esos días empiezo a degustar. Tan apasionante por enmarcarse en mi vuelta al periodismo escrito justo donde lo social es la prioridad. Tan transitable por gozar de la suerte de encontrarme con esas personas que se van cruzando en el camino muy pronto, muy amigablemente…sin dejar que la soledad asome entre los miedos. Con el apacible gozo del viaje más tranquilo.
sábado, 24 de octubre de 2009
La llegada inminente
Las 10.10h. Veinte minutos más tarde de lo previsto y aún así, muy pronto para tomar el segundo vuelo del día. El anterior, NY-Atlanta resultó tan sólo un mero tránsito, la confusión de un pasaje afrontado con mucho sueño y más cansancio. Pero ahora, aunque las horas no desvanecen el agotamiento, ahora todo tiene otro color.
Emerjo de la somnolencia que me llevó de Times Square al aeropuerto de Newark y de ahí a Atlanta en un vuelo no poco accidentado. Despierto de ese estado de resistencia al cansancio que te permite estar vivo sin sentirte con vida. Tal cual el piloto automático de ese avión en el que me siento rodeada por dos graciosas abuelas que se dedican a escribir impresiones en un bloque a rallas mientras abren la guía de Guatemala.
Quedan atrás los esfuerzos por arrastrar maletas, la vista de Manhattan en plena madrugada –tan épica, tan inacabable aunque se observara mil veces- la absurda pelea de un sobrepeso insignificante que me obligó a exhibir mis ropas ante otros viajeros, la despedida a la que empezamos a estar familiarizados –no porque sean menos dolorosas sino porque sabemos que cada vez que nos encontramos trazamos más vínculos comunes-, los controles policiales –más exhaustivos de lo habituales en ese país obsesionado por las fronteras-, el tren que tomé en una carrera por no perder el enlace con este último avión.
Todo queda atrás ahora. Todo lo angustiante. El deseo de aterrizar en esta nueva tierra se lo ha llevado todo por delante. Es el último trazo de un dibujo ideado a mediados de agosto. El último vuelo. Antes de resolver la incógnita sobre cómo será este nuevo destino. Guatemala. Llego ahí después de dos intensas semanas en otra tierra, Occidental como la mía pero sorprendente y alentadora. Regazo donde puede que esté escrito el jeroglífico de nuestro destino común. Y las puertas de una formación exclusiva. Los quizás. Los ansiados. Los mensajes que nos hacen caminar.
Nueva York nos recibió con un golpe de aire. Fueron días gélidos en los que la ciudad nos mostró el temprano rostro del frío que azota la City en invierno. Y aún así, ni el frío ni la lluvia, compañera de viaje durante la primera semana, nos impidieron caminar por algunos de los barrios más significativos de esa ciudad, eternamente inmortalizada a través de las pantallas.
Des de la céntrica Times Square hasta el financial district, pasando por Soho –cuna de las grandes firmas-, Chinatown –la ciudad donde uno puede olvidarse que está en NY-, Litlle Italy,… fueron decenas de horas las paseadas en calles siempre sorprendentes. Cruzamos el puente de Brooklyn, tan rememorado a través de las palabras. Caminamos galerías y galerías de museos: el inacabable Metropolitan y el saturado MOMA en una tarde de viernes.
Rozamos el Guggenheim tan sólo con la mirada exterior después de habernos deslumbrado ante la exquisita vista del NY escondido tras los parques del Central Park. Un must en la visita a la City. Un respiro entre tanto edificio desafiante, inalcanzable con la mirada. Techos, los que allí retan el visitante, que dibujan figuritas en lugar de personas. Vistas que proporcionan esa única escena que es Manhattan. Desde donde es posible, y sólo así, entender ese entramado de rascacielos que trazan el skyline de la ciudad. Imágenes que entendimos con el ascenso –mítico pero obligado- al simbólico Empire State.
Sólo desde ahí es posible entender que en esta ciudad todo mira hacia arriba. Más y más arriba. Y por eso, esta es la cuna de la música, del teatro, de la literatura….Del arte, en definitiva, aunque también de la multiculturalidad, donde una llamada puede ser atendida en más de 140 idiomas. Esta es la ciudad de todos aquellos que quieren abandonar el anonimato. La ciudad de los sueños. De las aspiraciones. Donde todo ocurre, lo bueno y lo malo, en cantidades australes.
Y así, paralelos a los sueños, corren ríos de deshechos en las calles, enjambres de personas recorren las venidas atados al vaso de café de una famosísima marca, corren las ratas en las infinitas bifurcaciones de un metro muchas veces confuso, demasiado antiguo, demasiado descuidado…
…Contradicciones…
…En una ciudad que recordaré por esa imagen de un skyline extrañamente familiar y a la vez tan desconocido, tan nuevo, tan explorable…aunque más que sus edificios será la música ahí escuchada la que decore el recuerdo de Nueva York. La sesión de jazz africano en un bar no tan perdido de Harlem y los ritmos, las voces, la emoción sentida escuchando Gospel entre tantos fanáticos entregados a la religión. Esa que sin compartir nos llevó a dejarnos arrastrar por los cantos, a formar parte –por unos minutos- de este entusiasmo compartido.
Despega el avión de Atlanta. Escucho el ruido de las ruedas replegarse. Se dibuja en las ventanas la imagen vertical de cuando el avión se dirige muy arriba, más allá de las nubes. Vuelvo a viajar sola. Aunque su recuerdo es tan fuerte que casi puedo hablarle. Está sentado en cada momento que vivo.
Debo dormir. Aprovechar la somnolencia generada por el vuelo para robarle espacio al cansancio. Y así vivir de veras la llegada. Cierro los ojos. Sé que cuando los abra se abrirá ante mí un nuevo mundo. Una nueva vida. Experiencias…
Emerjo de la somnolencia que me llevó de Times Square al aeropuerto de Newark y de ahí a Atlanta en un vuelo no poco accidentado. Despierto de ese estado de resistencia al cansancio que te permite estar vivo sin sentirte con vida. Tal cual el piloto automático de ese avión en el que me siento rodeada por dos graciosas abuelas que se dedican a escribir impresiones en un bloque a rallas mientras abren la guía de Guatemala.
Quedan atrás los esfuerzos por arrastrar maletas, la vista de Manhattan en plena madrugada –tan épica, tan inacabable aunque se observara mil veces- la absurda pelea de un sobrepeso insignificante que me obligó a exhibir mis ropas ante otros viajeros, la despedida a la que empezamos a estar familiarizados –no porque sean menos dolorosas sino porque sabemos que cada vez que nos encontramos trazamos más vínculos comunes-, los controles policiales –más exhaustivos de lo habituales en ese país obsesionado por las fronteras-, el tren que tomé en una carrera por no perder el enlace con este último avión.
Todo queda atrás ahora. Todo lo angustiante. El deseo de aterrizar en esta nueva tierra se lo ha llevado todo por delante. Es el último trazo de un dibujo ideado a mediados de agosto. El último vuelo. Antes de resolver la incógnita sobre cómo será este nuevo destino. Guatemala. Llego ahí después de dos intensas semanas en otra tierra, Occidental como la mía pero sorprendente y alentadora. Regazo donde puede que esté escrito el jeroglífico de nuestro destino común. Y las puertas de una formación exclusiva. Los quizás. Los ansiados. Los mensajes que nos hacen caminar.
Nueva York nos recibió con un golpe de aire. Fueron días gélidos en los que la ciudad nos mostró el temprano rostro del frío que azota la City en invierno. Y aún así, ni el frío ni la lluvia, compañera de viaje durante la primera semana, nos impidieron caminar por algunos de los barrios más significativos de esa ciudad, eternamente inmortalizada a través de las pantallas.
Des de la céntrica Times Square hasta el financial district, pasando por Soho –cuna de las grandes firmas-, Chinatown –la ciudad donde uno puede olvidarse que está en NY-, Litlle Italy,… fueron decenas de horas las paseadas en calles siempre sorprendentes. Cruzamos el puente de Brooklyn, tan rememorado a través de las palabras. Caminamos galerías y galerías de museos: el inacabable Metropolitan y el saturado MOMA en una tarde de viernes.
Rozamos el Guggenheim tan sólo con la mirada exterior después de habernos deslumbrado ante la exquisita vista del NY escondido tras los parques del Central Park. Un must en la visita a la City. Un respiro entre tanto edificio desafiante, inalcanzable con la mirada. Techos, los que allí retan el visitante, que dibujan figuritas en lugar de personas. Vistas que proporcionan esa única escena que es Manhattan. Desde donde es posible, y sólo así, entender ese entramado de rascacielos que trazan el skyline de la ciudad. Imágenes que entendimos con el ascenso –mítico pero obligado- al simbólico Empire State.
Sólo desde ahí es posible entender que en esta ciudad todo mira hacia arriba. Más y más arriba. Y por eso, esta es la cuna de la música, del teatro, de la literatura….Del arte, en definitiva, aunque también de la multiculturalidad, donde una llamada puede ser atendida en más de 140 idiomas. Esta es la ciudad de todos aquellos que quieren abandonar el anonimato. La ciudad de los sueños. De las aspiraciones. Donde todo ocurre, lo bueno y lo malo, en cantidades australes.
Y así, paralelos a los sueños, corren ríos de deshechos en las calles, enjambres de personas recorren las venidas atados al vaso de café de una famosísima marca, corren las ratas en las infinitas bifurcaciones de un metro muchas veces confuso, demasiado antiguo, demasiado descuidado…
…Contradicciones…
…En una ciudad que recordaré por esa imagen de un skyline extrañamente familiar y a la vez tan desconocido, tan nuevo, tan explorable…aunque más que sus edificios será la música ahí escuchada la que decore el recuerdo de Nueva York. La sesión de jazz africano en un bar no tan perdido de Harlem y los ritmos, las voces, la emoción sentida escuchando Gospel entre tantos fanáticos entregados a la religión. Esa que sin compartir nos llevó a dejarnos arrastrar por los cantos, a formar parte –por unos minutos- de este entusiasmo compartido.
Despega el avión de Atlanta. Escucho el ruido de las ruedas replegarse. Se dibuja en las ventanas la imagen vertical de cuando el avión se dirige muy arriba, más allá de las nubes. Vuelvo a viajar sola. Aunque su recuerdo es tan fuerte que casi puedo hablarle. Está sentado en cada momento que vivo.
Debo dormir. Aprovechar la somnolencia generada por el vuelo para robarle espacio al cansancio. Y así vivir de veras la llegada. Cierro los ojos. Sé que cuando los abra se abrirá ante mí un nuevo mundo. Una nueva vida. Experiencias…
miércoles, 7 de octubre de 2009
Refugio de paz
Tendría 16 años cuando cada mañana, al despertar, él prendía la radio, ponía play en el mismo CD, la misma canción y sonaba la misma frase: ‘Cumbia, cumbia…’. El ritmo conocido, repetitivo día tras día, hacía que mi hermana y yo nos miráramos y sonriéramos. Era la tortura musical de cada día, la canción con la que nos despertábamos a propósito de otro. Un episodio que hoy recordamos cuando reivindicamos aquella época en que los tres vivíamos todavía en casa
Hoy, cuando la vida nos ha llevado algunos a volar muy lejos de vez en cuando y a otros, a privilegiar lo cotidiano, cercano y familiar, rescato a menudo ese momento, al empezar el día, para brindar un alegato no a favor de esos tiempos pero sí de ese espacio que me vio nacer. Porque, a diferencia del pasado, que nunca regresa, algunos lugares permanecen a pesar de los días, convirtiéndose así en el mejor refugio de paz.
En ese baúl, donde no se esconden tesoros pero sí piedras preciosas de una infancia y una juventud, analizo las pasiones, apaciguo la nostalgia y aliento el camino del porvenir, redibujando hoy puentes de madera que un día construí con aire de las nubes. Camino sin más mirada observadora que la que está endeudada conmigo misma. Y duermo, en semanas como ésta, con la luz de la luna mucho más cerca que donde los rascacielos recortan pedazos de su imagen.
Aquí descanso, cuando me lo permite la obsesión por conocer. Y respiro, un aire mucho más puro que el que enturbia las calles de las ciudades. Tomo el fresco, como lo suelen decir en esos rincones de comarca, cada verano cuando el sol castiga demasiado de día. Y pongo a prueba la paciencia mientras otros dan rienda suelta a la curiosidad. ¿Esa es Slegna? ¿La hija de tal y cual? ¿La de can…? ¿Y a qué se dedica ahora? ¿Donde vive?
Esa soy yo, señores vecinos de mi pueblo. Apasionada por lo diferente, por eso que algunos han venido a denominar la alteridad. El ingrediente intrínseco de algunos que, con los años, vimos disminuir el sentido de nacionalidad porque, como bien me recordaran hace poco, un día nos dimos cuenta que ciudadanos ciudadanos sólo lo somos del mundo. Aunque suene a tópico.
Más tópico resulta hacernos creer que pertenecemos a un espacio delimitado por algo físico llamado fronteras, cambiante con los años y donde pueden salir cuantos quieran pero entran a cuenta gotas los otros, demasiado pobres, demasiado distintos. O pretender hacernos sentir iguales a los miembros de una unión política que en nada se conocen porque comparten poco más que intereses comerciales.
Sucede, creo, que el sentido de pertenencia, la patria, el amor por lo propio, no se compran con discursos políticos. Se sienten y se viven desde la bandera de la libertad. Y tampoco de la libertad que nos venden sino de esa que escogemos cada uno. La que nos permite elegir, a cada uno, de donde somos, cual es nuestra tierra y, sobre todo, donde nos sentimos en casa.
Y eso sí, no presenta duda alguna. Nos lo susurran los recuerdos, una calidez inexplicable, la necesidad de regresar –aunque partamos mil veces-, la naturalidad del vivir. Ésta, la casa que es hogar, es la verdadera patria. Ése, el pueblo que nos vio nacer, aún cuando rechacemos ser parte de él, es el verdadero refugio.
Allí están los nuestros: conocidos y familiares pero sobre todo recuerdos. Y las imágenes, que tan pronto se grabaron en nuestro inconsciente, haciéndonos quienes somos por haber jugado al aire libre y haber surcado con motos los caminos sin asfaltar. Y haber nacido cerca de animales, entre árboles y descampados, en medio de una libertad que tal vez, muy paradójicamente, nos diera las alas para abandonar esta tierra e irnos lejos, muy lejos de aquí. Donde siempre regresamos…
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