domingo, 31 de octubre de 2010

Diario de Uganda: Personajes de resaca

Estoy resaqueada. Las cervezas Nile y la amanecida me han dejado el cuerpo molido. El baile y los tacones hicieron el resto. Estos aliados de la noche pasan factura siempre, sin escrúpulos, el día después de una juerga.

Y, sin embargo, seguimos manteniendo esas costumbres simplemente porque la vida no sería lo mismo sin esas bachatas de las tres de la mañana. Su ritmo nos proporciona, por igual, la posibilidad de movernos y de acercarnos al otro, en un sutil movimiento que algunos llaman seducción y que puede abrir las puertas del placer o quedarse en horas de diversión.

Ayer no bailamos bachata porque, a pesar de que fuimos a un club latino, era noche de Halloween y al DJ no le valió de nada mi súplica europea. Pero bailamos salsa. Aún cuando sonaba rap, bailamos salsa.

Dejándome llevar me di cuenta de que sigo prefiriendo los hombres buenos a los bellos. Me seduce la honestidad y la alegría. Hace poco leí que las mujeres tenemos el clítoris en los oídos. Somos menos visuales que los hombres. Nos enamoramos con las palabras. El baile suele ser un buen complemento.

Cuando regresé a casa, era tarde. Algunos negocios informales estaban apostados ya en la calle. Los miré montada en el boda-boda al que ordené no correr. En las seis semanas que llevo en Kampala he aprendido que una advertencia seria puede salvarte de morir aplastada entre dos camiones. Los conductores respetan una voz firme cuando la mirada es seria.

Seguí el mismo trayecto que recorro cada domingo al regresar de Entebbe. Y como cada fin de semana me encontré, en la primera cuesta después de dejar el centro de la ciudad, con esos dos personajes que me sedujeron desde la primera vez que los vi.

Se sientan en la calle, uno al lado del otro, a pocos metros de la puerta, con sus máquinas de coser. Y cosen. Inexorables. Mirando solo a través de las agujas que perforan. Ajenos a otra vida que no sea la que sucede entre tela y tela.

Visibles allí, en la calle, sacan a relucir una tarea que en Europa hacemos encerrados detrás de los muros. Dejando constancia, una vez más, de que en África la vida sucede, siempre, al aire libre.

sábado, 30 de octubre de 2010

Diario de Uganda: Un alisado, por favor

Conocí a Mel mientras leía el Daily Monitor ayer, en busca de los artículos de Robert Kalumba, que estaba especialmente irónico. Me había sentado en el único bar con terraza que hay en la rotonda de Kabuzu, muy cerca del albergue, cuando salió a hablarme.

Me preguntó el nombre y dos minutos después me invitó a entrar a su peluquería. “Te vas a asar de calor aquí, my friend”, me dijo. No gracias, “me encanta la sensación del sol de la mañana en la piel”, le respondí, riéndome en los adentros con esa muletilla de amistad improvisada que añaden a cualquier frase a los cinco minutos de haberte conocido.

Me habló un rato y luego me pidió el teléfono.

- “No tengo Mel, no uso aquí”.

La sorpresa habitual y luego un papel con sus tres números.

- Entonces, te doy mis contactos. ¿Me llamarás?
- No.
- Ok

Los ugandeses tienen una habilidad especial para conformarse. Una capacidad que no siempre resulta irritante. Al contrario le remite a uno a la posibilidad de vivir la vida tan solo fluyendo en ella.

Puede que al final, como leía hace unos días, la verdadera libertad se logre solo cuando carecemos de anhelos, de sueños. Cuando vivimos sin esperar nada del mañana, sin planes, sin ni siquiera imaginar un futuro. Algo que, por ahora, me resisto a aprender. Algo que quizás no podamos asimilar quienes nacimos en la cuna del bienestar. Porque solo quien no tiene nada no teme perderlo todo.

Mel vuelve a insistirme que entre a su peluquería. “Hoy yo pero puede que mañana sí, Mel”. Dije mañana como podía haber dicho en una semana. Al final esto es África y el mañana no siempre es el primer amanecer que sigue al día de hoy. Es un tiempo incierto en el largo horizonte del futuro.

Y sin embargo, hoy sábado, terminé yendo a la peluquería de Mel. Hacía días que quería entrar a una pero no había establecido el día. Lo he decidido solo cuando al verme obligada a salir al supermercado he pasado delante de su establecimiento.

Negociamos el precio para un alisado. Saldré en la noche, de manera que el peinado me sirve de excusa para la experiencia de dejarme en manos africanas.

La peluquería de Mel es grande. Mientras me examina el pelo otras cuatro personas están siendo atendidas. Llama a Dennys, que se encargará de mí. Tras contarle lo que quiero, solicita la ayuda de dos chicas. Dennys no usa pinzas, de forma que ellas se encargarán de sujetarme el pelo mientras él va liberando pequeños mechones y los alisa.

¿Aceite? "No, no, nada, solo el pelo liso, gracias". Dejarse peinar siempre me ha parecido relajante. Aquí es además, exótico. Para mí, mzungu en una peluquería de barrio. Y para ellos, que raramente peinan a blancas. Que me tocan el pelo mientras se familiarizan con ese tacto nuevo.

Tomo algunas fotos, lo que hace reír a Mel. “Yo te tomo”, me dice. Disfruta registrando el momento desde diferentes ópticas. Cuando terminan de peinarme, Dennys quiere que le tome también a él. Y a sus dos ayudantes. Y a la peluquería. Y que se las mande por correo. Se ríen. Me río.

De regreso a casa pienso que los mejores momentos no son siempre aquellos que logran vencer el paso del tiempo. Son aquellos que nos hacen reír. Los que se esconden tras la sinceridad de las risas no contenidas. Instantes sencillos. Instantes de felicidad esporádica.

viernes, 29 de octubre de 2010

Diario de Uganda: Curvas de mentira

A menudo, paseando por el centro de la ciudad, me topo con un hombre cargando unas piernas de mujer. A primera vista, en medio del caos que caracteriza esa zona de la capital, la imagen confunde. Se necesitan cinco segundos para asimilar que la carga no es humana. Que se trata de una muñeca mutilada.

En el origen de la confusión está lo aproximado de las curvas de ese cuerpo a la realidad femenina. Kampala rebosa de maniquíes. Casi nunca las tiendas los exponen en mostradores. Los cuerpos de mentira, como tantas cosas en Uganda, toman las calles. Se exhiben en el exterior, a lado y lado de las puertas de las tiendas.

En las zonas más comerciales, donde abundan los negocios, cuelgan de las paredes. Cualquier mañana se pueden contar en el centro de la ciudad más de cien en un pequeño tramo de calle. El paisaje que conforman dispuestos todos juntos es un buen resumen de la hiperactividad que gobierna la capital. Un alboroto continúo.

Los maniquíes de las tiendas ugandeses son vistosos a distancia por los colores que exhiben. Pero sobre todo por su tamaño. Porque, lejos de la moda europea, los cuerpos de mentira en África son sinceros con la realidad.

No esconden las curvas femeninas, que constituyen parte de la estética de mujer. Al contrario. Los vestidos que optan a adquisición se muestran aquí en toda su dimensión. Estirados en las caderas por estructuras de hierro que molestarían en Europa a muchos compradores.

A clientas que nunca se identificarían con las curvas de ese cuerpo expuesto al aire libre. Que prefieren verse proyectadas en ideales estéticos de revista. Justo al contrario de lo que sucede en Uganda, donde las curvas –en los maniquíes y en las calles- son parte de la vida africana.

jueves, 28 de octubre de 2010

Diario de Uganda: Encuentros causales

Era un día cualquiera. Uno más de los que suceden en este continente, donde el simple hecho de levantarse estampa en el vivir una dosis de felicidad. Experiencia frágil esa de sentirse feliz. O quizás sea al revés y resulte la fragilidad la que esconde la felicidad.

Fugaces. Raramente los momentos de gloria son algo más que instantes cortos. Puede que la vida mesure nuestra habilidad en el arte de saber regalárnoslos. De saber vivir en una suma de instantes felices.

Te escribí un correo. No apareciste pero pediste perdón. Y te perdoné. Porque sé que aquí la vida gira al revés. Menos es más en África. Me pediste una segunda oportunidad. Y te la di. He aprendido solo a reírme cuando fallan a las citas. Esta es mi mejor prueba, un examen de serenidad a diario.

A la segunda apareciste. Te había amenazado con pagar el almuerzo si no llegabas, así que saltaste de tu silla, me mandaste el último correo antes de encontrarme y saltaste a tomar el boda-boda. Amas este medio de transporte. Aunque a veces te haga desear huir de tu país, hay algo en la forma como te golpea el aire, que te hace agradecer el día en que decidiste regresar de Londres.

Me reconoces muy pronto. ¿Angels? Yo misma. Más tarde me contarás que me imaginabas morena y que esperabas que quisiera hablar de política. Me reiré cuando me confieses que no sabías si debías aceptar ese almuerzo y que le pediste consejo a tu editora. No hablamos de política, ni de periodismo, ni siquiera de África. Hablamos de tu y de mí. Me hiciste reír desde el primer momento en que abriste la boca.

Y yo me sentí tan cómoda que no pude sino ir desgranándote momentos de mi pasado. Tu estancia londinense te hizo crecer, aprender a romper tabúes que en Uganda todavía son el día a día de muchos de tus compatriotas. Me cuentas de tu ex, esa que te dio una gran lección. Y yo te escucho divertida. No es para menos la escena.

Pasan los minutos. Son de esos que se han compinchado con los interlocutores para hacer desaparecer la noción real del tiempo. Va creciendo la confianza hasta que te admito aquello que me indigna y me apasiona de tu país. Te ríes. Puedes reírte porque eres de los que has pudiste ver Uganda a través del cristal de la distancia.

Escribes no porque te apasione sino porque un día, por casualidad, mandaste un texto. A un editor le gustó y te propuso escribir para ellos. Luego, cuando todavía estabas en Gran Bretaña, tus palabras llegaron a Uganda. Lo usaste para explicarle a quienes sueñan con pisar tierras lejanas, que Londres no era un paraíso y que el camino hasta arriba está construido de múltiples peldaños. Y que en los primeros jamás asoma el sol.

Te ríes contándolo pero tu risa no es inocente. Me revelas los errores del pasado. Yo te escucho y me río, porque aún cuando la vida es dura, hay que saber reírse. Sí, mientras podamos contarlo. Sí, mientras nos ayude a ser mejores. Te escribí por la claridad de tus pensamientos. Eres esa mente lúcida. Pero también irónico, divertido y amante de la vida como yo misma.

Más tarde me contarás que estás decepcionado. Que ya no crees en las palabras para cambiar el mundo. Que en realidad tus sueños son dos: ser un hombre de negocios y ser pastor. Te miro confundida. Me cuentas que aunque parece contradictorio no lo es. Quieres poder subvencionar proyectos y alentar la espiritualidad.

Te miro escéptica y te resumo, como puedo, los sentimientos que me genera tu confesión. No sé hasta donde es aconsejable y útil ayudar con dinero. Tampoco soy una ferviente seguidora de la fe. Te esfuerzas en contarme tu creencia en Jesús, que rechazo con una sonrisa. Déjalo. Yo te dejo creer en ello pero no te tortures intentando que asuma tus creencias. No lo lograrás.

Miro el reloj. No lo mires, me dices. Lo miro porque sabes que debo irme. Te digo que un día de estos saldremos a tomar una cerveza. No, cada día. Cada día saldremos, me dices. Me río a lo grande. Estás como una cabra, literalmente. Te ríes tú, ahora. Cierras el encuentro con una pregunta. ¿Sinceramente, qué crees de mí?

Creo que eres divertido como pocos aquí, irónico, inteligente y que no puedes dejar de escribir solo para dedicarte a los negocios y a dar sermones. Te ríes. Y me dices que soy increíblemente transparente. Una ráfaga de aire fresco en un país donde escasea.

Cásate conmigo, suelta loco como está. Me río y te digo que no porque eres el reflejo de mi misma. Eres un amante de la vida. Y los amantes n o aprendemos a atarnos a los sitios y a las cosas hasta muy tarde. Nos gusta demasiado degustar destellos de vida. Caminar para relatar. O relatar cada pasa que caminamos. Acumular antes de saciarnos.

Pero un día de estos compartiremos una cerveza, te prometo. No, cada día, insistes de nuevo. Cada día hasta que te vayas. Nooooo. Sonrisas, un beso en la mejilla y un adiós.

¿Y mañana? No hay mañana que pueda robar la esencia del presente.

A Rosario, que me habló del espacio mínimo que separa la casualidad de la causalidad. Que me enseñó a escri-vivir. Por compartir los 'cauces subterráneos' en los que 'transcurre la vida'

miércoles, 27 de octubre de 2010

Diario de Uganda: Un hasta pronto literario

He compartido un tercio de este viaje con Javier Reverte y su “Sueño de África”, uno de estos libros con los que uno se alía en un avión y quisiera no abandonar nunca jamás. De alguna forma no los abandonamos. Porque, como las personas excepcionales, tienen el privilegio de entrar a formar parte de nosotros sin retorno posible al anonimato.

Son los libros que marcan nuestra vida. Escrito con una majestuosidad increíble, repleto de perfectas descripciones y análisis históricos, capaz de transmitir toda la magia de este continente, “Sueño de África” ha sido probablemente el mejor compañero de viaje en esta aventura.

Kapuscinski solía defender el derecho y la necesidad de viajar solo. Sabía que al obligarnos a estar pendientes del otro perdemos, a menudo, la capacidad de observar el entorno. La posibilidad de aspirar tierra en lugar de escuchar personas.

A menudo al pisar esta tierra siento un anhelo profundo de que seres cercanos pudieran sentir lo mismo. Sé, sin embargo, que al hacerlo perdería el nexo que me une a la experiencia. Sentir el viaje en soledad no es un lujo aquí. Es una necesidad que quizás solo podamos compartir con las palabras.

Escribo sobre palabras mientras abandono palabras. Mientras dejo atrás la última página de ese “Sueño de África” que ha sido compañero fiel. No es un adiós. Es un hasta pronto literario que ha calado en lo más hondo del trayecto. Y que quedará en la memoria con párrafos como estos:

“Ya no se puede viajar para explorar. Se viaja ahora, en todo caso, para perseguir una idea que alentaste, o para sentirte a ti mismo pisando el lugar que has soñado ver. Pero el viaje puede seguir siendo aventura porque aventura es el recorrido de los sueños. Y el sueño es la naturaleza que conforma el corazón del hombre. Su destino es cumplirlos”.

Creo, como Javier Reverte, que hay que viajar para “ver y sentir sobre lo que hemos leído, sobre lo que nos han contado” pero sobre todo porque “el ojo del hombre debe ver las cosas por sí mismo, respirar con sus propias narices los aromas de las plantas, de los animales y de los otros hombres […]. Pisar, con sus propios pies las tierras más lejanas".

A mis padres, que se han convertido en los seguidores más fieles de esta experiencia. Por la libertad con la que me permitieron crecer y el apoyo incondicional en todos los tramos del camino.

martes, 26 de octubre de 2010

Diario de Uganda: Tintes políticos

Kampala vive hoy la resaca de la nominación de los candidatos que optarán a la presidencia el próximo año. El acto, con el que se oficializaba el principio de la campaña electoral, se realizó ayer en las afueras de Kampala. Era el inicio de una carrera que algunos prevén que tendrá un final violento y que muchos consideran que no cambiará el panorama político de Uganda, marcado por 25 años de presidencia de Yoweri Museveni.

Observo el acto de nominación en la televisión de la oficina, alrededor de la cual se juntan algunos de mis compañeros. Las cámaras enfocan la llegada de los candidatos mientras los comentaristas analizan los rostros y las vestimentas de quienes recorrerán el país en las próximas semanas en busca de votos. Repartiendo promesas que los más inocentes asumirán como hechos. Al finalizar el día seis candidatos serán nombrados por la Comisión Electoral.

En Europa la desidia política ha calado tan profundamente en los ciudadanos que el vencedor de muchos comicios parece recaer en la abstención. En África, donde todo se vive de forma extrema, la nominación de los candidatos presidenciales llena las calles de fanáticos.

“Hoy no es recomendable salir a caminar”, me dice un amigo comentarista, poco antes de que salga a comer. Sabe que aprovecho los mediodías para explorar pedazos de capital. Adoro esas caminatas en las que me dejo acariciar por la ferocidad del sol africano. “No salgas, hoy las calles están repletas de gente”, me advierte de nuevo.

Me río. Que te adviertan en Uganda de las acumulaciones de gente no deja de sonar a chiste. Salgo a la calle, donde la política efectivamente se ha infiltrado en la vida diaria. Muchos ugandeses visten hoy una camiseta amarilla con el rostro de Museveni mientras en Kampala Road los partidarios de la oposición reparten folletos al ritmo de la música que sale de una camioneta atrofiada.

El amarillo con el que se identifica el NRM, el partido presidencial, no solo está presente en las camisetas. Impregna las calles, que hoy han amanecido repletas de carteles con la cara de Museveni. En las esquinas, hombres y mujeres distribuyen propaganda política. En los caminos lo hacen equipos de skaters formados por 4 o 5 personas. No le temen a la lluvia, ni a los baches. En ocasiones se agarran detrás de los matatus para ir más rápido.

Los miro con el habitual asombro con el que me he acostumbrado a leer este país. Tan brutal y tan seductor a la vez. Tan contradictorio. Medito en ello mientras pienso que probablemente Museveni sea el único candidato capaz de financiarse publicidad sobre ruedas. Su gobierno, que muchos occidentales consideran una dictadura, tiene en Uganda infinidad de seguidores.

Puede que, a pesar de la longevidad de su gobierno, de verdad haya contribuido a mejorar la vida de sus ciudadanos, como piensan algunos. Puede que ello no justifique el derecho a auto-elegirse por el que otros centenares de ugandeses le señalan.

Puede que los que no formamos parte de este mundo no logremos entender nada. Puede que no tengamos ni siquiera el derecho a interpretarlo. Porque al final somos tan solo turistas en esta tierra. Simples pasajeros que nunca conocimos la pobreza ni la injusticia. Meros observadores.

lunes, 25 de octubre de 2010

Diario de Uganda: El goce de la música africana

De todos los países que he visitado Uganda es el que cumple más a rajatabla el prejuicio de los tópicos. Los vivos colores de los vestidos, el transporte de mercancías sobre la cabeza, el perfil de los bananos en el horizonte, la carne expuesta al aire libre en improvisados mostradores, la belleza femenina…todo cumple en Uganda la imagen previa que nos hemos hecho del continente.

También la música, el elemento sin el cual no se puede entender esta tierra. Los tambores, con los que se asocia África, acostumbraban a servir para reunir a los habitantes de las comunidades. Hoy forman parte en Uganda, no solo de la bandera, sino de la esencia callejera.

En las noches, cuando la ciudad muere, algunos rincones se llenan de ritmos. Empieza la otra vida. La nocturna. En Kampala el Teatro Nacional acoge cada lunes Jam Sessions, las míticas actuaciones en las que puede participar todo aquel que quiera. Son maratones de improvisación en las que se alternan diferentes estilos. Sesiones donde uno puede gozar, en directo, de las increíbles voces de los africanos.

Acabo de llegar de presenciar una de estas sesiones. Ha sido, como tantas cosas en Uganda, tal y como uno podrían imaginarlo antes de pisar esta tierra. Mezcla de ritmos, de voces, improvisadas apariciones de cantantes, remixes de temas conocidos, fusión de estilos, de continentes. Una experiencia de casi tres horas que solo tiene hora de inicio. Nunca hora de clausura.

Mientras estoy allí sentada, dejándome llevar por la fuerza del momento, me acuerdo que hace exactamente un año estaba en Nueva York. También era octubre, quizás un par de semanas antes de las actuales fechas. Hacía frío, llovía mucho pero el clima no nos impidió acercarnos una noche a Harlem. Allí, tan lejos de esta tierra, en un país que apadrinó los ritmos africanos, gozamos también de una Jam Session.

Hay quienes creen que los que viajamos a países en desarrollo afrontamos mayores riesgos que el resto de la población. El temor de la muerte parece que nos sea más próximo a los viajeros. Puede que tengan razón. O puede que sea el simple miedo a lo desconocido.

A quienes me plantean el tema les digo que si algún día la experiencia del viajar me conlleva la muerte, moriré feliz, satisfecha de haber hecho, hasta el momento, gran parte de lo que anhelé. Cada experiencia, cada viaje y cada destino me han aportado infinitas sensaciones. Incluidos los duros, que me hicieron más resistente, no cambiaría ninguno de ellos. Si muero, improvisen un baile.